dónde estés siempre serás tu
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17
Trato de acordarme de cómo carajos llegué al elevador, pero mi memoria ha borrado ese trayecto de forma deliberada. No sé en qué momento caminé hacia él, cómo puse un pie dentro del cubículo metálico o de qué manera mis dedos encontraron el botón del piso ejecutivo. Solo sé que ahora las puertas se han cerrado y voy subiendo. Me sudan las manos de una manera casi humillante, mi respiración va muchísimo más rápido de lo normal y escucho los latidos de mi corazón retumbar directamente en mi oído, como un tambor de guerra que marca el inicio de mi propia ejecución.
—A ver, ok. Respira, Azul —me ordeno a mí misma en voz baja, clavando la mirada en los números digitales que cambian a toda velocidad—. Solo es el papá de tu hija. Sí, ese mismo que en la pantalla de la computadora se veía que está buenísimo, el condenado, y que ahora que lo viste de cerca en las fotos se nota que se puso muy, muy comestible. Pero recuerda lo importante, Azul: te dejó. Te abandonó en una fría habitación de hotel. Se largó sin decir una sola palabra justo después de prometerte, mirándote a los ojos, que jamás te dejaría sola.
Me acomodo con furia el abrigo negro y estiro la tela del vestido rojo, usando la rabia del pasado como un escudo protector.
—Así que serena, tranquilízate y aprieta las piernas —me regaño en un monólogo interno desesperado—. Mantén tu distancia, pon una barrera de hielo, porque estás aquí en calidad de madre, no de enamorada. Porque si te descuidas, si dejas que se acerque un solo centímetro y te toque con esos brazos de acero, eres tan débil que permites que te haga un hermanito para Camila ahí mismo sobre su escritorio. Firme, Azul. Firme.
Mientras el elevador recorta la distancia , el ambiente en la oficina , es todo menos calma. Dmitriy ha perdido por completo la rigidez . Sostiene entre sus dedos un vaso cristalino de corte pesado que contiene vodka puro. Bebe un trago largo, permitiendo que el licor queme su garganta, buscando desesperadamente que el fuego del alcohol calme el incendio interno que le provocó escuchar ese nombre.
«Es ella. Azul está aquí», se repite en un eco mental que le destroza los nervios. Camina de un lado a otro del imponente despacho, desabotonándose el saco del traje porque siente que el aire no le alcanza en sus propios pulmones. «¿Cómo la veré a la cara? ¿Cómo voy a mirarla a los ojos después de lo que hice? Tal vez… tal vez si le explico el porqué me fui, si le confieso las amenaza y las obligaciones que me arrastraron de vuelta a Rusia, ella logre entenderlo. Dios, estoy seguro de que debe estar igual de hermosa que la última vez que la vi».
Las manos de Dmitriy tiemblan tanto que el hielo choca contra el cristal del vaso, produciendo un tintineo agudo en medio del silencio del despacho. Su cabeza está hecha un auténtico lío, un nudo indescifrable de culpa, añoranza y un deseo reprimido durante sesenta meses. Él sabe perfectamente que una mujer como Azul, con ese orgullo y esa dignidad que le conoció en México, no cruzaría el océano Atlántico solo para reclamar un viejo amor de cuento de hadas. Si ella había llegado hasta ahí, si había decidido presentarse en el corazón de su fortaleza , sería por algo sumamente importante. Algo muy grande, algo trascendental tuvo que haber pasado para hacer que ella volara directamente hacia sus manos.
Sumergido en medio de su propio monólogo interno, debatiéndose entre el impulso de correr hacia la puerta o esconderse detrás de su escritorio, el nítido e implacable timbre del elevador privado de su piso lo regresa a la realidad de golpe. El sonido anuncia que el cubículo ha llegado a su destino. Las puertas metálicas comienzan a abrirse lentamente en la ante sala de la oficina, cortando el tiempo de espera. El pasado y el presente acaban de chocar en el piso más alto de Moscú, y ninguno de los dos está listo para lo que viene detrás de esa puerta.