En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
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El Observador de las Sombras
La figura permanecía inmóvil al otro lado de la calle.
Oculta entre las sombras de un edificio abandonado.
Observando.
Esperando.
Y cuando el reloj marcó las siete de la tarde...
Hana desapareció.
Como siempre.
Sin dejar rastro.
Sin embargo, aquella vez ocurrió algo diferente.
La figura sonrió.
Como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.
Akira regresó a casa con la mente hecha un caos.
Los recuerdos seguían apareciendo.
Fragmentos desordenados.
Momentos felices.
Promesas infantiles.
Risas.
Y cada recuerdo hacía más dolorosa la verdad.
Hana había muerto.
Y aun así seguía allí.
Esperándolo.
Durante doce años.
Aquella noche volvió a soñar.
Pero esta vez no fue un fragmento.
Fue un recuerdo completo.
Se vio a sí mismo con apenas seis años.
Corriendo junto a Hana por un campo lleno de flores.
Ella llevaba una corona hecha de margaritas.
Reía.
Siempre reía.
—¡Akira!
—¿Qué?
—¿Crees que después de morir seguimos existiendo?
El pequeño Akira hizo una mueca.
—Qué pregunta más rara.
—Respóndeme.
—Claro que sí.
—¿Y si uno de los dos desaparece?
—Entonces lo encontraré.
—¿Aunque esté muy lejos?
—Aunque esté en el fin del mundo.
Hana sonrió.
Y luego dijo algo que hizo estremecer al Akira actual.
—Entonces te esperaré.
Despertó sobresaltado.
Eran las tres de la madrugada.
Su corazón latía con violencia.
Y por primera vez comprendió algo.
Hana siempre había sabido que él regresaría.
Siempre.
Al día siguiente, las clases fueron imposibles.
Su mente estaba completamente ocupada por una sola pregunta.
¿Cómo salvar a alguien que ya estaba muerto?
Cuando sonó la última campana, salió corriendo hacia el puente.
Necesitaba verla.
Necesitaba hablar con ella.
Necesitaba respuestas.
Pero al llegar encontró algo inesperado.
No estaba solo.
Un hombre observaba el río.
Vestía un largo abrigo negro.
Cabello oscuro.
Aspecto elegante.
Y unos extraños ojos plateados.
El mismo hombre que los había observado la noche anterior.
Akira lo reconoció de inmediato.
—¿Quién es usted?
El desconocido sonrió.
—Así que puedes verme.
—¿Qué significa eso?
—Significa que los recuerdos están regresando más rápido de lo esperado.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Akira.
—¿Cómo sabe eso?
El hombre lo observó durante varios segundos.
Como si estuviera evaluándolo.
Finalmente habló.
—Porque llevo mucho tiempo observando a Hana.
La sangre de Akira se congeló.
—¿Qué quiere decir?
—Doce años exactamente.
El mismo tiempo que ella lleva negándose a partir.
Akira apretó los puños.
—¿Quién es usted?
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Mi nombre es Kuro.
Y he venido a terminar lo que debió ocurrir hace mucho tiempo.
En ese instante una voz resonó detrás de ellos.
—¡No!
Akira giró de inmediato.
Hana acababa de aparecer.
Pero algo era diferente.
Estaba pálida.
Mucho más de lo habitual.
Y sus ojos reflejaban un miedo que él jamás había visto.
—Hana...
Ella no apartaba la mirada de Kuro.
—¿Cómo me encontraste?
Kuro suspiró.
—No fue difícil.
La barrera que ocultaba tu existencia se está rompiendo.
—Todavía no es el momento.
—Ya pasó tu momento hace doce años.
El silencio se volvió insoportable.
Akira observó a ambos.
No entendía nada.
Pero una cosa estaba clara.
Hana conocía a aquel hombre.
Y le tenía miedo.
—Explícame qué está pasando —exigió Akira.
Kuro lo observó.
—Muy bien.
Mereces saberlo.
El viento comenzó a soplar con fuerza.
Las nubes cubrieron lentamente el sol.
Y por primera vez, el hombre reveló la verdad.
—Hana no es un fantasma común.
Ella es una anomalía.
Una existencia que jamás debió permanecer en este mundo.
—¿Qué?
—Las almas deben seguir adelante.
Pero ella rompió las reglas.
Esperó.
Año tras año.
Negándose a desaparecer.
Negándose a marcharse.
Solo para verte otra vez.
Akira sintió un nudo en la garganta.
Miró a Hana.
Ella no podía negar nada.
Porque era cierto.
—Entonces ayúdala —dijo Akira.
Kuro negó lentamente.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque cada día que permanece aquí, otra alma pierde la oportunidad de cruzar al otro lado.
Akira quedó paralizado.
—¿Qué estás diciendo?
La respuesta llegó como una sentencia.
—El precio de la existencia de Hana es la desaparición de otras almas.
El mundo pareció detenerse.
Hana cerró los ojos.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Porque aquello era verdad.
Y era el secreto que había intentado ocultarle desde el principio.
Akira sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Todo aquello era mucho peor de lo que imaginaba.
Porque salvar a Hana podría significar condenar a otros.
Y dejarla ir significaba perderla para siempre.
Una decisión imposible.
Un amor imposible..
Exactamente como el destino había planeado.