Es una cumbre empresarial internacional de alto nivel.
Él espera ver a otra ejecutiva manipulable o intimidada por su presencia.
Ella llega con su armadura de hierro, luciendo impecable, sin dejar que nadie pase por encima de ella.
La chispa: Cuando él intenta imponer su poder o coquetear de forma dominante, ella lo frena en seco y lo pone en su lugar frente a otros magnates. Nadie le ha hablado así jamás. Por primera vez, "El Demonio" encuentra a una mujer que no solo lo aguanta... sino que desafía su autoridad.
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LA CAÍDA DEL REY
El silencio en el piso noventa de la torre de Grupo Kronos Capital se volvió insoportable.
Kael contemplaba las rosas blancas y la caja de diamantes devueltas sobre la mesa de cristal. Cada segundo que pasaba, el rechazo de Isabella calaba más profundo en su ego, resquebrajando la coraza de invencibilidad que había construido durante más de una década.
—Recoge eso, Héctor —dijo Kael con una voz desgarrada por la furia contenida, sin mirar a su asistente—. Y tira las flores a la basura.
—Kael... —empezó Fabián, acercándose con gesto cauteloso—. Tienes que parar esta obsesión. Tu presión arterial está por las nubes, no estás durmiendo y estás perdiendo la cabeza por una mujer que dejó claro que no quiere saber nada de ti. Si los capos de las familias rivales o tus socios en Europa se enteran de que estás desestabilizado por una ejecutiva, van a oler sangre.
—¡Me da igual lo que huelan! —estalló Kael, volviéndose hacia Fabián con los ojos inyectados en sangre—. ¡Nadie me trata como un apestado! ¡Nadie me devuelve un regalo ni me da la espalda en mi propia cara!
—Pues ella lo hizo —sentenció Fabián con frialdad médica, sosteniéndole la mirada—. Y lo hizo porque para ella no eres "El Demonio" ni el magnate intocable del país. Para Isabella Rivas solo eres un hombre soberbio que cree que puede comprar el mundo con un cheque o intimidar con la mirada. Mientras no entiendas eso, va a seguir aplastándote el orgullo todas las veces que te le acerques.
Kael apretó los puños, pero no respondió. Por primera vez en su vida, no tenía una réplica afilada. Las palabras de su amigo dolió porque sabían a verdad pura.
Mientras Kael se ahogaba en su propia frustración, la vida en la residencia Rivas mantenía una armonía casi perfecta.
Era sábado por la tarde. El sol iluminaba el amplio jardín de la casa familiar, donde Don Gonzalo y Gabriel preparaban una barbacoa. En el césped, Bruno y Mía corrían tras una pelota entre las risas de Doña Leonor. Sentadas en las tumbonas de la terraza, Isabella, Camila, Giselle y Sabrina disfrutaban de limonadas frescas mientras revisaban los informes trimestrales de Aero-Logix Global.
—La devolución de las flores y las joyas se filtró entre el personal de seguridad de Kronos —comentó Giselle con una sonrisa traviesa—. Mi contacto en la bolsa me dijo que Montero suspendió tres reuniones ejecutivas esa misma tarde. Dicen que el aire en su oficina se podía cortar con un cuchillo.
—Se lo buscó por arrogante —añadió Sabrina, pintándose las uñas de los pies—. Creyó que con un par de diamantes mi hermana se iba a derretir. No sabe con quién se metió.
Isabella no reía. Sostenía su vaso de cristal mirando hacia el jardín, donde Bruno acababa de marcar un "gol" y corría a abrazar a su tío Gabriel.
—No me alegra humillar a nadie —dijo Isabella con voz tranquila pero firme—. Solo quiero que entienda que hay límites que no se cruzan. Mis hijos y mi trabajo son mi prioridad. No tengo tiempo para los juegos de ego de un hombre que no sabe recibir un 'no' por respuesta.
—Pues parece que por fin entendió la lección —comentó Camila, hojeando su tableta—. No ha habido llamadas, ni abogados de Kronos merodeando, ni intentos de compra de nuestras acciones en las últimas cuarenta y ocho horas. El León se fue a lamer las heridas a su cueva.
Isabella asintió en silencio, aunque muy en el fondo, una extraña e inexplicable intuición le decía que la calma no duraría para siempre. Kael Montero era un depredador, y los depredadores heridos solían ser los más peligrosos.
Esa misma noche, en la residencia tradicional de la familia Montero, el ambiente era cálido y lleno de vida.
Doña Carmen Sotomayor y Don Santiago Montero recibían a sus hijas, Mariana y Valeria, junto a sus esposos e hijos pequeños para la cena familiar de los sábados.
Kael llegó tarde, vistiendo un traje oscuro sin corbata y con el rostro visiblemente demacrado por el insomnio. Apenas cruzó la puerta, Doña Carmen lo abordó con un abrazo materno que casi aflojó la rigidez de sus hombros.
—Kael, mi amor... te ves agotado —dijo Doña Carmen, acariciándole el rostro con ternura—. Estás trabajando demasiado. Le pido a Dios todas las noches para que te mande descanso y una buena mujer que te cuide el corazón, hijo. Estás cargando demasiado peso solo.
—Estoy bien, mamá —murmuró Kael, forzando una sonrisa suave que solo reservaba para ella y sus hermanas—. Solo ha sido una semana difícil en la empresa.
—No es solo la empresa, hermano —intervino Mariana desde el comedor, sosteniendo a su bebé en brazos—. Tienes una cara de frustración que no te la quita ni el mejor negocio de tu vida. ¿O es que por fin encontraste a alguien que no se doblega ante tus órdenes?
Kael se congeló a mitad de camino. La broma de su hermana tocó una fibra expuesta. Don Santiago, desde el sillón central, lo observó con la sabiduría de los años.
—El orgullo es un mal consejero, hijo —dijo Don Santiago en voz baja pero serena—. Un hombre de verdad no se mide por las empresas que compra o por la gente que le teme, sino por saber cuándo agachar la cabeza y reconocer sus límites.
Esa noche, mientras sus hermanas reían con sus esposos y sus sobrinos jugaban en la alfombra, Kael se sintió más solo que nunca.
Tenía un imperio multimillonario, el control de las sombras de la mafia y el temor de cientos de hombres... pero no tenía nada real. La imagen de Isabella Rivas —intachable, orgullosa, protegiendo a sus hijos y mirándolo con absoluto desprecio— no salía de su cabeza.
Por primera vez, "El Demonio" entendió que no estaba frustrado solo porque ella lo hubiera rechazado. Estaba desesperado porque Isabella Rivas era la única mujer en el mundo que lo veía tal como era: un hombre poderoso, pero terriblemente vacío. Y la sola idea de no poder tenerla comenzaba a consumirlo por dentro.