A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 16
Capítulo 16: Tienes que acostumbrarte
Pasamos los primeros días de casados en la Hacienda San Ignacio, en Valle de Bravo, lejos del ruido de la ciudad.
Max me había regalado, la primera mañana, un estuche con un juego de aretes y un anillo de diseñador, carísimos, perfectos. Y yo, en lugar de deshacerme en agradecimientos, hice algo que a mí misma me sorprendió: lo cerré con cuidado y se lo devolví.
—Son hermosos —dije—. Pero no van conmigo. Y tampoco contigo. —Junté valor—. Déjame hacerte algo yo. Con mis manos. Algo que de verdad sea nuestro, no de una vitrina. ¿Me dejas?
Max me miró un largo rato, con esa quietud suya, y por un momento pensé que lo había ofendido. Pero entonces, despacio, asintió.
—Está bien —dijo—. Hazme algo tú.
Y guardó el estuche caro sin volver a mirarlo, como si de pronto no valiera nada al lado de la promesa de algo hecho por mí. Nadie me había dejado nunca darle algo. En casa de los Bracamonte, mis regalos terminaban en un cajón; Patricio devolvía con una mueca lo que yo elegía, porque "tenía mejor gusto". Que este hombre prefiriera algo torpe hecho por mis manos a una joya de vitrina me dijo más de él que cualquier palabra. Esa noche empecé a dibujar en mi cuaderno, a escondidas, los primeros trazos de una idea: dos aros entrelazados, como enredaderas, como dos cosas que crecen juntas sin saber ya dónde empieza una y termina la otra.
La tarde siguiente, en la terraza, mientras el sol caía dorado sobre el lago, Max se acercó por detrás de mi silla. Apoyó las manos en el respaldo, a los lados de mis hombros, y se inclinó hasta que su aliento me rozó el oído bueno.
—Tienes que acostumbrarte —murmuró.
—¿A qué? —Se me secó la boca.
—A mí. A esto. —Me apartó el pelo con un dedo, despacio—. Llevas toda la vida lista para salir corriendo. Conmigo no hace falta. Acostúmbrate a que me acerque. A que te toque. A que no me vaya.
Sentí la cara arderme entera, hasta las orejas, ese calor delator que no podía esconder. Me puse roja como un tomate, lo sé, porque él se rio bajito —una risa que casi nunca le salía— al verme así.
—¿Ves? —dijo, divertido—. Te pones colorada hasta del lado del oído malo. Me gusta.
—No se burle —protesté, tapándome la cara con las manos, lo que solo lo hizo reír más.
Pero me apartó las manos de la cara con suavidad, una por una, y se puso en cuclillas frente a mí para quedar a mi altura. De cerca, sus ojos no tenían nada del hielo que le mostraba al mundo.
—No me burlo —dijo, ya sin reír—. Es la primera vez que te veo ponerte así por algo bonito y no por miedo. Toda la vida te enseñaron a esconder lo que sientes, ¿verdad? A no ponerte roja, a no llorar, a no necesitar a nadie. —Me pasó el pulgar por la mejilla caliente—. Conmigo puedes. Ponerte colorada. Equivocarte. Necesitar. No se me va a ocurrir usarlo en tu contra.
Se me cerró la garganta. Porque tenía razón, y porque nadie me había dado nunca permiso de ser, simplemente, una mujer que se sonroja. Quise decir algo y no pude; solo asentí, con los ojos picándome, y él me sostuvo la mirada un segundo más, serio, antes de que el momento se rompiera.
Porque justo entonces, un escándalo de motores y bocinas rompió la tarde. Por el camino de la hacienda entraba una camioneta tocando el claxon como en carnaval: Santiago, al volante, gritando que veníamos a interrumpir la luna de miel "porque para eso son los amigos". Atrás venían Adrián, serio como siempre, y —para mi sorpresa y mi alegría— Vale, a quien Santiago había ido a recoger al café porque "la señora no puede estar sin su comadre".
Max suspiró con resignación, pero no los echó. Eso también me gustó de él: que aguantara a sus amigos ruidosos por mí, que entendiera que yo necesitaba a Vale cerca.
—¡Comadre! —Vale me abrazó como si lleváramos un año sin vernos, aunque habían pasado días—. A ver, déjame verte la cara de casada. —Me tomó por los hombros, me examinó, y bajó la voz solo para mí—: Te ves distinta. Más… tranquila. ¿Te está tratando bien el témpano?
—Me trata bien —admití, y se me calentó otra vez la cara.
—Ay, no. —Vale entrecerró los ojos, encantada—. Esa cara la conozco. Esa es cara de "ya me gusta y no sé qué hacer". —Soltó una carcajada cuando le tapé la boca—. ¡Lo sabía!
Santiago, mientras tanto, ya había invadido la cocina de la hacienda buscando mezcal, y Adrián, el callado, se había sentado en la terraza a ver el lago, ajeno al escándalo, como quien está acostumbrado a observar desde la orilla. Me fijé en cómo Max, sin decir nada, le acercaba a Adrián una copa y se quedaba un momento de pie a su lado, los dos en silencio, mirando el agua. Había una historia ahí, una vieja, que yo todavía no conocía.
Vale me arrastró a un rincón a contarle "todo, con lujo de detalle", y yo le conté lo del beso en el oído, lo del "acostúmbrate", lo del estuche que devolví para hacerle yo algo con mis manos. Vale me escuchó con la barbilla apoyada en las manos, suspirando como en telenovela.
—Rena —dijo al final, seria de repente—, ten cuidado. No con él. Contigo. Te estás enamorando de verdad, y tú, cuando quieres, quieres con todo. Solo… no te olvides de cuidarte tú también, ¿sí?
No le hice mucho caso entonces. Después me acordaría de esas palabras.
Decidimos pasar la tarde en el temazcal y las aguas termales de la finca. Mientras los hombres discutían quién traía el mezcal y Vale me arrastraba a contarle "todo, con detalles", yo me adelanté sola por el sendero hacia las pozas, para tener un minuto de aire antes de la bola.
El sendero bajaba entre árboles, en silencio, con olor a tierra húmeda y a ocote. El sol entraba en franjas entre las ramas. Iba pensando en Max, en el "acostúmbrate", en cómo en pocas semanas había pasado de tenerle miedo a buscar su cercanía, en lo peligrosamente fácil que se estaba volviendo todo. Me asusté de mí misma. Una aprende, después de tantos golpes, a desconfiar de la felicidad: cuando todo va demasiado bien, una espera el tropiezo. "No te confíes", me dije. "La última vez que te creíste querida, te mandaron la transmisión de una boda."
Y sin embargo, pensé también, este era distinto. Este me había puesto guardaespaldas sin decírmelo, me había besado el oído malo, me preguntaba qué quería. Quizás —solo quizás— esta vez sí podía bajar la guardia.
Iba en eso cuando oí pasos detrás de mí. Pensé que era Vale.
No era Vale.
Una mano me agarró del brazo y me hizo girar. Patricio. Despeinado, con los ojos enrojecidos, con una sombra de barba de varios días. Había seguido el rastro de la luna de miel hasta el corazón de la hacienda de los Lazcano.
—Por fin te encuentro sola —dijo, apretándome el brazo—. Tú y yo tenemos que hablar, Renata. Ahora.
yo si quiero...no sé tú 😂😂