Jimena Rivas pasó cinco años siendo la esposa secreta de Sebastián Alcázar. Lo amó en silencio, cuidó su casa, soportó su frialdad y creyó que algún día él aprendería a mirarla.
Pero la noche en que descubrió que estaba embarazada, también vio a Sebastián anunciar ante todos a otra mujer: Sofía, joven, dulce, embarazada... y dueña de toda la ternura que él jamás le dio.
Sebastián le pidió el divorcio con desprecio, la obligó a cuidar a su amante y usó la enfermedad de su madre para mantenerla atada. Jimena decidió irse. Sin escándalos. Sin rogar. Sin mirar atrás.
Lo que Sebastián no sabía era que ella también esperaba un hijo suyo.
Y cuando por fin quiso recuperarla, Jimena ya había aprendido algo que él nunca imaginó:
amarlo no era destino.
Era una condena de la que estaba dispuesta a escapar.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Santiago eligió un restaurante reservado.
No había música fuerte ni mesas pegadas. Solo luz baja, meseros discretos y gente acostumbrada a no mirar de más.
Mateo me presentó sin adornos.
—Jimena quiere divorciarse.
Santiago cortó un trozo de carne.
—Casi todos quieren divorciarse cuando llegan enojados. Luego se les pasa.
—A mí no se me va a pasar.
—Eso dicen también.
Le conté lo necesario: el embarazo de Sofía, las amenazas con mi madre, el dinero, el hospital, el convenio roto.
Santiago escuchó sin interrumpir. Al final se limpió la boca con la servilleta.
—No voy a tomarlo todavía.
Sentí que el aire se me iba.
—¿Por qué?
—Porque no está lista para pelear con alguien como Sebastián Alcázar. Pero le puedo recomendar a una abogada que sí se ensucia las manos al inicio.
Mateo quiso protestar. Santiago lo detuvo con un gesto.
—Si sobrevive a la primera ronda, hablamos.
Antes de que pudiera responder, Sofía apareció del brazo de Sebastián.
—Qué casualidad —dijo ella.
Ya no creía en casualidades.
Sebastián miró a Mateo, luego a Santiago, luego a mí.
—Cena concurrida.
Sofía sonrió con dulzura.
—Sebastián me dijo que pronto va a arreglar lo de su matrimonio. Su esposa se aferra mucho al dinero, pobre. A veces una mujer se acostumbra a vivir de alguien y ya no quiere soltar.
Santiago dejó la copa.
—Interesante forma de describirse.
Sofía parpadeó.
Mateo añadió:
—La esposa se llama Jimena. Está sentada aquí. La otra palabra todos la conocemos.
La sonrisa de Sofía se deshizo.
—Yo no vine a que me insulten.
Sebastián la tomó del hombro.
—Vamos.
Me miró antes de irse.
—Luego hablamos.
—No hace falta.
Se fue con Sofía porque ella empezó a llorar.
Santiago observó la puerta.
—Tiene buen gusto para escoger problemas.
—No lo escogí así.
—Nadie lo escoge así. Por eso hay abogados.
Cuando llegué a casa, unos trabajadores bajaban cuadros de la pared.
Mi foto con Sebastián en la ceremonia falsa. Una comida familiar. Una imagen vieja donde yo sonreía sin saber.
—¿Qué hacen?
Uno de ellos se quedó incómodo.
—Orden del señor Alcázar.
En la sala ya colgaban fotos nuevas.
Sebastián con Sofía en un jardín. Sebastián tocándole el vientre. Sofía riendo con una mano sobre su pecho.
Mi casa se había vuelto vitrina de su otra vida.
El dolor en el vientre me dobló.
Me apoyé en la pared.
Sebastián bajó la escalera.
—No hagas escándalo.
—Me duele.
—¿Ahora qué?
—Es... mi periodo.
La mentira salió por instinto.
Él se acercó, pero no para ayudar.
—Te ofende ver fotos, pero no te ofende salir con Mateo y Santiago.
—Ellos no colgaron su adulterio en mi sala.
—No te hagas la víctima. Te quedas por dinero. Siempre ha sido eso.
Lo miré.
—Eres tan pobre cuando hablas así.
Su rostro cambió.
—¿Qué dijiste?
El timbre sonó. Clara entró con una bolsita de medicinas y una cara de pocos amigos.
—Le traje lo que pidió.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Qué medicinas?
—Para dolor —dije rápido.
Clara me sostuvo la mirada.
Cuando Sebastián se fue a contestar una llamada, ella se acercó.
—Vete de esta casa.
—No puedo.
—Sí puedes. Lo que no puedes es seguir desangrándote por gente que no va a mirar el piso.
Esa noche tuve fiebre.
Entre sueños, alguien me levantó la cabeza. Una taza tibia rozó mis labios.
—Toma un poco.
El olor era a canela.
La voz de Sebastián sonaba como antes, cuando todavía sabía decir mi nombre sin convertirlo en reproche.
—Mi esposa solo me quiere a mí.
Quise abrir los ojos.
No pude.
Por la mañana, Carmen dijo que no sabía nada de ningún té. Sebastián ya se había ido. En la cocina había desayuno preparado para Sofía.
Me senté, comí una cucharada, vomité en el fregadero, me enjuagué la boca y volví a comer.
No por hambre.
Por el bebé.
En el hospital, el rumor ya corría como incendio.
“La amante del doctor Mateo.”
“La hija del investigador fraudulento.”
“La esposa que no se quiere ir.”
Sofía entró a mi oficina llorando.
—¿Por qué la gente dice que yo soy la otra? Tú sabes que Sebastián y yo nos amamos.
—La realidad tiene esa mala costumbre.
Sebastián me llamó. Colgué. Volvió a llamar. Lo bloqueé.
El rumor subió a internet antes del mediodía. Fotos mías con Mateo. Fotos con Santiago. Comentarios sobre mi padre. Insinuaciones sobre mis estudios.
Durante una cirugía, Mateo me asistió sin hablar del tema. Al terminar, me tomó la muñeca.
—Tu pulso está mal.
—Estoy cansada.
—Jimena.
Me llevó a su oficina y vio la receta de las vitaminas que aún no podía reponer.
—¿Dónde están las que compraste?
—Sebastián se las dio a Sofía.
Mateo cerró los ojos un segundo.
—Si tienes una pérdida, el riesgo no es solo este embarazo. Puede afectar tu fertilidad.
—Ya no quiero sacrificar nada más por hombres que siempre salvan a otra.
Un vaso se volcó sobre la mesa. Mateo se acercó con servilletas. Yo también. Su mano quedó sobre la mía.
La puerta se abrió.
Camila estaba ahí.
Elegante. Fría.
Y con una sonrisa que no prometía nada bueno.
Rico conocer el final