NovelToon NovelToon
Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Venganza / Juego de roles / Completas
Popularitas:152.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Cap 6: Examen de fuego

No dormí.

No por nervios, sino por terquedad. Me pasé la noche repasando todo lo que sabía y todo lo que no sabía, llenando los huecos con artículos que descargué de la base de datos de la universidad, y a las cinco de la mañana ya estaba en la cocina de la casa Valdés con mi tercer americano sin azúcar y un cuaderno lleno de fórmulas.

Gabriel apareció a las seis, descalzo y despeinado, con la cara de alguien que escuchó ruido y bajó a investigar.

—¿Llevas toda la noche despierta?

—Sí.

Me miró. Miró el cuaderno. Miró las tazas vacías de café.

—¿Es por el trabajo nuevo?

—Es por un examen. Mañana. Digo, hoy. En dos horas.

Gabriel se sentó frente a mí, se sirvió un vaso de jugo y esperó. No preguntó nada. Solo esperó, como hace siempre, hasta que yo decidiera hablar.

—El director del instituto me puso un examen de ingreso. Trescientos puntos. La línea de aprobación es doscientos ochenta. Su récord personal es doscientos noventa y seis.

—¿Y tú quieres aprobar o quieres ganarle?

Lo miré. Gabriel sonrió, esa sonrisa de medio lado que heredó de mamá.

—Ya me contestaste. Anda, ve a bañarte. Yo te preparo el desayuno.

Llegué al instituto a las siete cincuenta.

El examen se hacía en un auditorio del tercer piso, un espacio frío y rectangular con mesas individuales, luz blanca de hospital y una pizarra donde alguien había escrito con letra impecable: «Examen de ingreso, Programa de Farmacología Avanzada. Tiempo máximo: 3 horas. Materiales permitidos: ninguno».

No era la única examinada. Había otras dos personas: un hombre de unos cuarenta años con lentes gruesos que se secaba las manos en el pantalón cada diez segundos, y una chica más o menos de mi edad que miraba la pizarra como si las letras fueran a morderla.

Ninguno de los dos sobrevivía al primer mes. Lo supe con la misma certeza con la que sé que el ácido clorhídrico reacciona con el zinc.

A las ocho en punto, la puerta del auditorio se abrió. Montero entró sin saludar, dejó tres sobres sellados sobre la mesa del frente y se sentó en la última fila con los brazos cruzados.

Iba a quedarse a mirar.

—Tres horas. Parte teórica: cien preguntas, tres puntos cada una. Respuestas incorrectas no restan. Al final hay una sección de análisis opcional que no tiene puntaje oficial, pero la leo. —Pausa—. Pueden empezar.

Abrí el sobre.

Las primeras treinta preguntas eran farmacología clínica estándar, mecanismos de acción, interacciones medicamentosas, farmacocinética de absorción. Las resolví en veinte minutos sin levantar el lápiz. Eran preguntas de examen universitario, no de instituto de investigación.

Las siguientes treinta fueron otra cosa. Biología molecular aplicada a la formulación de fármacos. Diseño de excipientes para liberación controlada. Polimorfismo cristalino y su impacto en la biodisponibilidad. Cada pregunta tenía cuatro opciones, y en al menos cinco de ellas, dos opciones eran técnicamente correctas, había que elegir la más eficiente, no la más obvia.

Las últimas cuarenta preguntas eran problemas. Cálculos de dosificación, análisis de curvas de concentración plasmática, predicción de metabolitos secundarios a partir de estructuras moleculares. El tipo de ejercicios que requieren no solo conocimiento sino intuición, la capacidad de ver una molécula y saber cómo se va a comportar dentro de un cuerpo humano.

Terminé en una hora y cuarenta minutos.

Quedaba la sección opcional. Una sola pregunta, abierta: «Proponga una mejora al siguiente esquema de formulación y justifique su elección».

Debajo, un diagrama de un compuesto antiinflamatorio. No cualquier compuesto, el mismo de la pizarra de Montero. El inhibidor de COX-2 con el problema del metabolito hepático.

Sonreí. Me estaba poniendo a prueba con su propio trabajo.

Escribí durante cuarenta minutos. No solo la solución del pH a 6,8 que le había mencionado ayer, fui más lejos. Propuse un sistema de liberación con nanopartículas lipídicas que encapsulara el compuesto fluorado, protegiéndolo del ambiente gástrico y permitiendo una dosis un treinta por ciento menor con la misma eficacia clínica. Incluí los cálculos termodinámicos, una curva de liberación estimada y una nota al pie señalando que el enfoque era compatible con producción a escala industrial, no solo de laboratorio.

Cuando levanté la vista, el hombre de lentes gruesos seguía en la pregunta sesenta y dos. La chica joven estaba mordiendo su lápiz con la mirada perdida en el techo.

Me levanté, caminé hasta el escritorio del frente y dejé mi examen boca abajo.

Montero, desde la última fila, no se movió. Pero lo vi seguirme con los ojos mientras caminaba hacia la puerta.

No dije nada. Salí del auditorio con una hora y veinte minutos de sobra.

La parte práctica fue por la tarde.

Un laboratorio del quinto piso, aislado del resto del instituto, con equipo de análisis que yo solo había visto en catálogos. Un cromatógrafo de última generación, un espectrómetro de masas, tres campanas de flujo laminar y un estante con reactivos ordenados alfabéticamente con la obsesión de alguien que no tolera el caos.

El ejercicio: preparar una formulación de liberación prolongada a partir de un principio activo proporcionado, en noventa minutos.

Había una trampa. El principio activo que me dieron, un derivado de benzodiazepina, tenía una inestabilidad fotosensible que no aparecía en la ficha técnica adjunta. Si lo manipulabas bajo la luz directa del laboratorio durante más de veinte minutos, la degradación volvía inservible la formulación final.

Lo noté a los tres minutos. La textura del polvo tenía esa granulación fina que delata la presencia de un grupo fotolábil. Moví toda mi estación de trabajo a la campana más alejada de la ventana, reduje la iluminación directa y cubrí el recipiente con papel aluminio entre cada paso.

Cuando terminé, el resultado era una cápsula de liberación controlada con una pureza del 99,2 por ciento.

Dejé la muestra en la bandeja de evaluación, me quité los guantes y salí del laboratorio. En la puerta, me crucé con Montero, que entraba con una carpeta en la mano. No me miró. O al menos fingió no mirarme.

Los resultados llegaron a las seis de la tarde.

Julia vino a buscarme a la cafetería del primer piso, donde estaba leyendo un artículo sobre polimorfismo cristalino y comiéndome el segundo sándwich del día. Tenía la expresión de alguien que acaba de ver un fantasma.

—Valdés. Los resultados están en el tablero del sexto piso.

—¿Y?

—Yo no te voy a decir el número. Tienes que verlo tú misma.

Subimos juntas. En el pasillo del sexto piso había un grupo de cuatro investigadores congregados frente a una hoja pegada en el tablero de anuncios. Se apartaron cuando me vieron llegar, no con desprecio, como ayer, sino con algo que se parecía al respeto.

La hoja tenía tres nombres. Tres puntajes.

El hombre de lentes gruesos: 187.

La chica joven: 203.

Alegra Valdés: 298.

Doscientos noventa y ocho.

Dos puntos más que el récord de Damián Montero.

Julia me agarró del brazo.

—¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? Nadie, nadie, ha superado el puntaje de Montero desde que fundó el programa. Trescientas personas han tomado este examen en los últimos cinco años. El máximo anterior era doscientos sesenta y ocho.

No respondí. Estaba mirando la hoja, procesando el número, cuando escuché pasos detrás de mí.

Montero.

Se detuvo junto al tablero. Miró la hoja. Su expresión no cambió, seguía siendo la misma máscara de hielo que usaba para todo. Pero noté que sus ojos se quedaron un segundo de más en el número 298. Un segundo de más en mi nombre.

—Aprobaste —dijo. La voz plana, sin inflexión—. Mañana a las ocho. Empieza tu trabajo de verdad.

Se dio la vuelta y caminó hacia su laboratorio.

No dijo «felicidades». No dijo «impresionante». No dijo absolutamente nada que una persona normal diría al ver que alguien acaba de romper su récord personal.

Pero cuando pasó junto a mí, por un instante, un instante tan breve que podría haberlo imaginado, su mano rozó la mesa y sus dedos se detuvieron sobre el borde de la hoja de resultados. Solo un segundo. Después siguió caminando.

Julia me miró con los ojos enormes.

—¿Lo viste?

—¿Ver qué?

—Se detuvo. Montero nunca se detiene frente al tablero de resultados. Pone la hoja, se va y no vuelve a mirar. Esta vez se detuvo.

—A lo mejor solo quería verificar los números.

Julia sacudió la cabeza.

—No. Quería verte a ti leyéndolos.

Esa noche, en su oficina vacía, Damián Montero abrió una carpeta encriptada en su computadora.

No lo supe entonces. Lo supe mucho después, meses después, cuando ya era demasiado tarde para fingir que entre nosotros no había nada. Pero esa noche, según me contó él mismo con esa voz baja que solo usaba cuando decía la verdad, abrió la carpeta y miró una foto vieja.

Una niña de trece años, parada en la puerta de un laboratorio universitario, con una cola de caballo despeinada y una sonrisa que iluminaba el pasillo entero. Al pie de la foto, una fecha. Y una línea escrita a mano:

«La encontré».

Cerró la carpeta. Miró por la ventana del sexto piso hacia la ciudad que se encendía abajo.

Y dijo una sola palabra, tan baja que nadie la escuchó.

Nadie excepto la noche.

Continuará...

1
María Guadalupe Cabello Serrano
me gustó , aunque fueron muchos cambios Damian era tambien científico y luego abogado temas como eso necesitas mucha coherencia pero atrapa
Rosanna Valdez Gutierrez
Hacer como que no leí esa parte, porque se supone que la mamá fue quien le regaló la pulsera
Rosanna Valdez Gutierrez
Autora recuerda que al inicio decían que tenían una relación antes de casarse y que el mismo año en que se casó retomó su relación manteniendo la mentira por 30 años
Rosanna Valdez Gutierrez
La historia está super interesante, pero querida autora, sería recomendable que revise las fechas y los años de los personajes, ya que Rubí tiene 3 edades diferentes y eso afecta la cronología de como sucedieron los hechos, no es a modo de crítica destructiva, es para que la historia tenga la milla extra de la excelencia.
Alba Dany Marroquin
por que pregunto la hipnotista por Rubi si esa chica es hermana de.ella no de el?
Alba Dany Marroquin
Rubi ? la de 18 años enfermera hija de su padre con la amante? ME CONFUNDES
Alba Dany Marroquin
como pasó Rubí de 18 años y enfermera a una niña.de.8 años???
Alicia Rodríguez
escritora que pena seguir insistiendo en las edades de los hijos de Nieves ya que dice que hace veinte años que se casó entonces Roberto que es el hijo mayor tendría unos 19años
Marilu Garcia
estimada aurora posiblemente este escribiendo 2 novelas a la vez de ahí la confusión en las edades 😑😑😑
Sylvia Iusin Borensztejn
Escribiste muy bien y tenes que ser más coherente con los personajes, si es epidemioooho no es abogado
si la hermana tiene 23 años no tiene 8.
Capaz que alguien lo puede leer antes de que lo publiques para ver estas contradicciones.
Gracias pir escribir
PD Si alguien muere en una epidemia el cadáver se trata como contaminado, no se expone a personas a ese cadáver.
Alicia Rodríguez
la historia esta muy interesante pero lo que no entiendo son las edades de cada uno de los hijos ya que tienen veinte años de casados y no mas aleria tiene más de veinte y la niña de la otra mujer nació dos años después del matrimonio entonces cuántos años tienen los hijos del matrimonio si son mayores que Alegra
Sylvia Iusin Borensztejn
rdzdz9dd7d7
Nancy Castro Castillo
demasiados vacíos, cambio en los personajes, en las edades, en los parentescos, en las profesiones
María de jesus Zepeda: así es bonita historia pero demasiadas notas cambiadas que al momento de leer cambian los datos , pero bonita historia..
total 1 replies
Nancy Castro Castillo
a qué horas Hugo llegó a los 63, y ahora los hijos del general resultaron nietos, pues con ese montón de años que le puso, 85
Nancy Castro Castillo
No Dios que locura, ahora Rodrigo resultó ser sobrino de la mamá, antes era hijo de Nieves.
Nancy Castro Castillo
ahora dizque Ignacio y Gabriel son hijos de Paloma, Ignacio era la mano derecha de Damián y Gabriel hermano de Alegra, que locura con la escritora, será que la cápsula le borro a ella los recuerdos 🤭🤭🤭
Nancy Castro Castillo
cuáles tres hijos de Paloma, acaso no era solo Damián?
Alicia Rodríguez
quien será j que tendrá que ver con la familia de Alegra?
Nancy Castro Castillo
ahora dizque la herida de Damián es en la mano porque golpeó una mesa, y antes era en la espalda porque alguien lo hirió
Adriana Elvi Hadeler
Es inconsistente primero dormían en habitaciones separadas después ya habían compartido la cama 🥴😵‍💫
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play