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El precio de desafiar al heredero

El precio de desafiar al heredero

Status: Terminada
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.

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Capítulo 11

Sebastián la llevó a Guande un sábado de febrero sin previo aviso.

—¿A dónde vamos? —preguntó Emilia en el auto, todavía con el café a medio terminar.

—A un pueblo. Se llama Guande.

—¿Por qué?

—Porque no has salido del departamento en dos semanas.

Era cierto. Entre la ANBA y el taller, Emilia no había pisado una calle que no fuera el camino entre ambos. Sebastián lo había notado. Sebastián notaba todo.

Guande era un pueblo de calles empedradas y fachadas coloniales pintadas de ocre y terracota, con balcones de hierro forjado donde colgaban macetas de geranios y bugambilias. Tenía una iglesia del siglo XVII con una torre inclinada que nadie se molestaba en corregir y un mercado que olía a pan recién horneado, a copal y a fruta madura.

Caminaron sin rumbo. Emilia se detenía cada tres pasos a mirar algo — una puerta tallada, un mosaico de talavera, una señora que hacía tortillas a mano sobre un comal de barro. Sebastián la esperaba sin prisa, un paso atrás, con las manos en los bolsillos y la paciencia de alguien que no tiene otro lugar donde estar.

En un puesto de esquites, Emilia se pidió uno con chile y limón. Le cayó salsa en la comisura de la boca. Sebastián extendió la mano y se la limpió con el pulgar. El gesto fue tan natural, tan automático, que ninguno de los dos lo procesó hasta que ya había pasado. Emilia siguió comiendo. Sebastián se limpió el pulgar en un pañuelo. No hablaron de ello.

A media tarde, doblaron una esquina y encontraron cables, reflectores y un equipo de producción bloqueando la calle principal.

—¿Están filmando algo? —dijo Emilia, poniéndose de puntas para ver por encima de la multitud.

—Eso parece.

—¡LA ENANA!

Nicolás Velasco salió de entre el equipo técnico como una aparición en traje de época — camisa blanca, chaleco bordado, botas de montar — y cruzó la calle en cinco zancadas. Levantó a Emilia del suelo y la giró una vuelta completa.

—¡Nico! ¡Bájame!

—¿Qué haces aquí? ¿Viniste a verme filmar? ¿Quieres un papel de extra? Puedo hablar con el director—

—Vine de paseo. No sabía que estabas filmando aquí.

Nicolás la bajó. Miró a Sebastián por encima de la cabeza de su hermana. La sonrisa se mantuvo pero los ojos se enfriaron medio grado — la versión Velasco de una inspección de seguridad.

—Cuñado.

—Nicolás.

Se dieron la mano. Nicolás apretó más de lo necesario. Sebastián no se inmutó.

—Si la haces llorar —dijo Nicolás, sin soltar la mano—, yo te hago llorar a ti.

—Nico —dijo Emilia, jalándolo del brazo—. No empieces.

—¿Qué? Es mi deber de hermano. —Le besó la frente—. Ven, te presento al equipo.

El set era un caos organizado: cables en el suelo, marcas de cinta adhesiva en el piso, un asistente corriendo con un espejo de maquillaje y un director con audífonos al cuello gritando indicaciones que nadie parecía escuchar. Nicolás los llevó entre la multitud con la facilidad de alguien que se movía en ese mundo como pez en el agua.

—¡Lorena! —llamó—. Ven, te presento a mi hermana.

Lorena Vega se acercó con un vaso de café en la mano y una sonrisa calibrada. Era guapa — el tipo de guapa que se nota sin esfuerzo pero que requiere mucho esfuerzo para mantener. Cabello negro liso, ojos claros, pómulos que parecían diseñados para la cámara. Llevaba un vestido de época similar al de Nicolás, con encajes en los puños y un peinado de trenzas que le daba un aire de heroína de telenovela del siglo XIX.

—Tú debes ser Emilia —dijo, estrechándole la mano—. Nico habla mucho de ti. Dice que eres la única persona en la familia que sabe usar las manos para algo útil.

Emilia se rio. Le cayó bien — la sonrisa era cálida, la voz amable, el apretón de manos firme. Solo Sebastián, que observaba desde un paso atrás, notó que los ojos de Lorena lo buscaron una fracción de segundo antes de volver a Emilia. Él no respondió la mirada.

—Lorena es prima lejana de Marcos —explicó Nicolás—. Segundo papel en la serie. Interpreta a la hermana del hacendado.

—El tercer papel era de otra actriz, pero la cambiaron la semana pasada —dijo Lorena, encogiéndose de hombros—. Cosas de producción. Ya sabes cómo es esto.

Emilia asintió, aunque no sabía. Pero algo en la ligereza con que Lorena lo mencionó — la naturalidad de quien conoce el mecanismo detrás de la decisión — le dejó una nota disonante que no supo ubicar.

Nicolás los llevó a ver la filmación de una escena. Emilia se sentó en un banco detrás del monitor del director, fascinada por el proceso. Sebastián se quedó de pie detrás de ella, con los brazos cruzados, tolerando el caos con la misma expresión que le habría dedicado a una reunión de consejo que se alargaba demasiado.

—No te diviertes —le dijo Emilia, mirándolo por encima del hombro.

—Me divierto viéndote a ti.

Lo dijo sin énfasis. Como si fuera una declaración meteorológica — hace calor, me divierto viéndote. Emilia se volteó hacia el monitor para que él no viera el rubor que le subía por el cuello.

Al atardecer se despidieron de Nicolás. Lorena los observó desde la puerta del tráiler de maquillaje con su café ya frío entre las manos y una expresión que ninguno de los dos registró.

En el auto de regreso, la carretera se volvió recta y oscura. La pantalla del teléfono de Sebastián brillaba con notificaciones que no abría. Emilia iba en silencio, con la ventana entreabierta y el olor a campo entrando mezclado con el aire frío de la noche.

A la altura de un tramo sin iluminación, Emilia recostó la cabeza en el hombro de Sebastián. No lo pensó. No lo decidió. Su cabeza se movió sola, buscando el hueco entre el cuello y el hombro como si ya conociera la forma exacta de ese espacio.

Sebastián no se movió. No dijo nada. La pantalla de su teléfono se apagó. En la oscuridad del auto, con el zumbido del motor y el viento entrando por la ventana, su mano izquierda se levantó del asiento y se detuvo a un milímetro de la cabeza de Emilia.

No la tocó.

Volvió a bajar la mano.

Emilia se durmió sin saber lo que él no se había atrevido a hacer.

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Mirta Bernaccki
no entiendo bien. ambos padres decidieron por ellos a casarlos y de pronto están viviendo en el mismo techo, q paso con Beatriz y Patricia? media descabellada está novela. leo un poco más pero creo q la corto. no entiendo está trama rara
Gladys Medina
me disculpan pero no entiendo porque tiene que pegarle como si fuera una niña y el su papá, me lo podría alguien explicar por favor
Gladys Medina
que me disculpe la escritora pero todavía no entiendo la novela ni la actitud de Emilia no se la leo pero sigo en las nebulosas, hay cosas que no me cuadran, logico, no escribe solo para mi pero no sé
Gladys Medina
no entiendo, porque se fue a vivir con el, no se han casado, que paso quede en las nebulosas sinceramente, me salte alguna hoja, Dios
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