A sus veintiocho años, Valeria Montero tiene todo bajo control: una de las empresas más poderosas de Puerto Reyes, una reputación impecable y una vida en la que no hay espacio para cometer errores.
Santiago del Río es la única excepción.
Llegó a la casa de los Montero cuando era niño, bajo la tutela legal de Doña Carmen. Valeria lo protegió, lo acompañó durante sus peores años y se convirtió en la persona más importante de su vida.
Pero Santiago creció.
La noche en que cumple dieciocho años, la besa y le confiesa una verdad que Valeria no está preparada para escuchar: nunca la ha visto como una hermana y no piensa seguir fingiendo.
Él es diez años menor. Ella es la directora de un imperio empresarial. Una relación entre ambos podría destruir su reputación y convertirlos en el centro de un escándalo. Valeria intenta alejarse, pero Santiago está decidido a demostrarle que ya no es el niño que llegó herido a su casa.
Justo cuando ella comienza a aceptar lo que siente, Héctor Navarro aparece y revela que Santiago es su nieto y el heredero perdido de la familia Navarro. También le cuenta algo peor: una antigua maldición corre por la sangre de los hombres de su familia, y Héctor puede utilizarla para acabar con la vida de Santiago.
Para salvarlo, Valeria deberá conseguir que se marche con él.
Así que le dice la mentira más cruel que puede inventar: que lo cambió por un terreno.
Tres años después, Santiago regresa convertido en el nuevo heredero del imperio Navarro. Es frío, poderoso y está dispuesto a castigar a la mujer que destrozó su vida.
Lo que todavía no sabe es que Valeria nunca dejó de amarlo.
Mientras él planeaba su venganza, ella pasó tres años buscando una forma de romper la maldición y traerlo de vuelta.
Ahora Santiago tendrá que decidir qué es más fuerte: el odio que lo mantuvo vivo o la obsesión que nunca consiguió olvidar.
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Capítulo 4
# Capítulo 4: Como un novio
Valeria
—Lo tratas como a un novio.
Paloma me lo dijo así, sin anestesia, con su segundo mojito en la mano y esa cara de "yo sé que tengo razón y tú también."
Estábamos en nuestro bar de siempre. Luz baja, música suave, la mesera que ya nos conoce y nos trae la botana sin preguntar.
—No lo trato como a un novio —dije—. Lo trato como a mi hermano, que es lo que es.
—¿Tu hermano? —Paloma levantó una ceja—. Vale, mi hermano vive en su propio departamento desde los veinte y me llama una vez a la semana para pedirme dinero. ESO es un hermano. Lo tuyo es otra cosa.
—Mateo es un caso aparte.
—Mateo es un caso normal. El tuyo es el raro. ¿A qué hermano le dejas decidir si vive en la casa o en el dormitorio?
—A uno que tuvo una infancia complicada y que necesita estabilidad.
—¿Estabilidad? El chavo mide uno ochenta y ocho, tiene abdominales, y la única persona con la que habla más de tres palabras seguidas eres tú. Eso no es estabilidad, eso es obsesión.
—No es obsesión. Es apego.
—¿Y eso es mejor?
Le di un trago largo a mi copa. Paloma no entiende. No es su culpa. Ella no vio a Santiago cuando lo traje a casa. No vio las cicatrices. No lo escuchó gritar dormido durante meses. No tuvo que sentarse junto a su cama noche tras noche, acariciándole el pelo, repitiéndole "estás a salvo, estás a salvo, estás a salvo" hasta que se le cerraban los ojos.
Ella vio al resultado. Al chico alto, guapo, callado, que me sigue a todas partes y me mira como si yo fuera lo único que existe.
—Además —siguió Paloma, porque nunca sabe cuándo parar—, ¿cuándo fue la última vez que saliste con alguien?
—Estoy ocupada.
—Siempre estás ocupada. Pero tienes veintisiete años, Vale. Veintisiete. ¿Me vas a decir que no tienes necesidades?
—¿Necesidades? ¿Qué eres, mi ginecóloga?
—Soy tu mejor amiga, que es peor. —Se inclinó hacia mí—. Te estoy diciendo que ese chico te tiene secuestrada emocionalmente y tú ni te das cuenta.
—Eso es ridículo.
—¿Ridículo? A ver. La última vez que un tipo te invitó a cenar, ¿qué pasó?
Silencio.
—¿Qué pasó, Vale?
—Santiago se puso... incómodo.
—"Incómodo." El chavo se sentó entre ustedes dos en la mesa. ENTRE ustedes. Y no dijo una palabra en toda la cena. Nada más se quedó ahí, mirando al pobre tipo como si quisiera arrancarte la mano de las suyas.
—No es...
—¿Y qué hiciste tú? ¿Le dijiste que se comportara? ¿Le dijiste que era inapropiado?
No contesté.
—Le cancelaste al tipo la segunda cita. Por teléfono. Al día siguiente.
—No tenía química con él.
—No tenías oportunidad con él. Porque tu lobito no te deja.
La palabra me pegó raro. "Tu lobito." Así le digo yo. Solo yo. Y escucharla en boca de Paloma sonaba... diferente.
—No me mires así —dijo ella—. Te quiero. Y por eso te lo digo. Si no haces algo pronto, ese niño va a cruzar una línea de la que no van a poder regresar.
—No es un niño. Tiene casi dieciocho.
—Exacto. Tiene casi dieciocho. Y te mira las piernas cuando crees que no te das cuenta.
—¡Paloma!
—¿Qué? Es verdad. Y no tiene nada de malo, es un adolescente sano con ojos funcionales y un metro ochenta y ocho de hormonas. Lo que tiene de malo es que tú no le pongas límites.
—Le pongo límites.
—¿Cuáles? Dime uno.
Abrí la boca. La cerré.
Mierda. No se me ocurría ninguno.
—Exacto —dijo Paloma, señalándome con el popote de su mojito—. Ni uno.
Iba a contestarle algo —no sé qué, probablemente algo defensivo e inútil— cuando sentí una sombra detrás de mí.
Paloma cerró la boca.
Yo me quedé quieta.
No necesitaba voltear. Lo sentí. Esa presencia que llena el espacio como una tormenta eléctrica.
—¿De qué hablan?
Su voz. Grave. Plana. Pero debajo, algo temblaba. Algo que sonaba a vidrio a punto de romperse.
Me di cuenta de que llevaba la playera negra que le regalé por su cumpleaños. La que le queda un poco ajustada en los hombros porque no para de crecer. Y unos jeans oscuros. Y el pelo mojado, como si se hubiera duchado deprisa para venir a buscarme.
Me volteé despacio.
Santiago estaba parado detrás de mi asiento. Un metro ochenta y ocho de sombra. Los ojos rojos. No de llanto. De algo peor.
—¿Qué haces aquí? —le dije—. ¿Cómo llegaste?
No contestó.
—Santi, ¿tomaste un taxi? No tienes licencia para...
—Escuché lo que dijiste. —Su voz se quebró justo al final, como una rama seca—. Lo de buscar a mi familia.
Mierda.
La conversación con Paloma de la otra noche. Le dije que estaba investigando los orígenes de Santiago. Que Tomás estaba en la capital buscando pistas. Que cuando encontrara a su familia biológica, podría...
¿Podría qué?
Ni yo sabía cómo terminar esa frase.
—Santi, escúchame...
—¿Me vas a entregar a desconocidos? —Sus ojos brillaban—. ¿Eso es lo que quieres? ¿Deshacerte de mí?
—Nadie va a...
—Dijiste que no me ibas a abandonar. Lo dijiste ayer.
—Y es verdad.
—Entonces, ¿por qué los buscas?
Paloma se hizo chiquita en su asiento. Tomó su bolsa.
—Yo... voy al baño —murmuró, y desapareció.
Cobarde.
Me levanté. Quedamos frente a frente. Bueno, frente a pecho. Tuve que levantar la cabeza para verlo a los ojos.
—Porque tienes derecho a saber de dónde vienes —le dije—. Nada más. No significa que vayas a irte. No significa que yo quiera que te vayas. Significa que mereces saber.
Me miró. Largo rato. Buscando la mentira.
No la encontró, porque no había ninguna.
Se le cayó una lágrima. Solo una. La limpió con el dorso de la mano tan rápido que casi no la vi.
—No quiero saber —dijo—. No me importa de dónde vengo. Solo me importa dónde estoy.
Se dio la vuelta.
—¡Santi, espera!
Caminó entre la gente como si no existieran. Piernas largas, zancadas enormes. No iba a alcanzarlo.
Entonces hice lo que siempre hago cuando necesito que se detenga.
—Ay.
Me detuve. Me agarré el tobillo. Hice una mueca de dolor.
Funcionó antes de que terminara de hacerla.
Se detuvo. Volteó. Volvió a mí en tres pasos.
Se agachó junto a mi pie, me tocó el tobillo con esos dedos largos, cuidadosos, que pueden ser tan delicados.
—¿Te duele?
Le acaricié el pelo.
—Un poco.
Sabía que estaba fingiendo. Yo sabía que él sabía. Pero igual me cargó. Me levantó como si pesara nada y caminó hacia la salida.
—Vamos a casa —dijo.
Le hice una seña a Paloma por encima del hombro de Santiago. Ella me devolvió una mirada que decía clarito:
"Te lo dije."
Paloma siempre tiene razón, pero Valeria nunca le va a hacer caso 😂 ¿Ustedes están del lado de Paloma o de Valeria? Cuéntenme ❤️