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Las órdenes privadas de mi jefe

Las órdenes privadas de mi jefe

Status: En proceso
Popularitas:6.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

# Capítulo 19: El pingüino

Al día siguiente, Alegra le respondió a su madre.

No fue una llamada. Fue un mensaje. Cuatro líneas escritas en el metro de las 7:30, entre las estaciones Constitución de 1917 y Zaragoza, con el vagón lleno y una señora cargando bolsas de mandado clavándole el codo en las costillas.

"Mamá, no puedo ayudar con la operación de papá. No tengo ese dinero. Les deseo que encuentren la forma. Cuídense."

Enviar.

El mensaje se fue como una bala: rápido, irreversible, definitivo.

Alegra guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo de cachemira que seguía usando todos los días porque era el abrigo más suave que había tocado en su vida y porque olía a algo que no era suyo pero que le hacía sentir que el mundo era un lugar menos hostil.

Ya está. Lo hiciste. No hay vuelta atrás.

El metro avanzó. La señora del mandado se bajó en Pantitlán. Alegra se quedó de pie, sostenida por la barra de metal, mirando el reflejo borroso de su cara en la ventanilla oscura del túnel.

¿Eres mala persona por decirle que no a tu padre enfermo?

No. Eres una persona que aprendió que el amor no se compra con transferencias bancarias.

¿Entonces por qué te sientes como si hubieras pateado a un cachorro?

Porque la culpa no necesita razón. La culpa es el idioma que te enseñaron a hablar en casa, y aunque ya aprendiste otro, el acento nunca se va del todo.

La respuesta de su madre llegó a las diez de la mañana. Un mensaje largo, del tipo que Norma Solano escribía cuando estaba furiosa: sin puntos, sin comas, un río de palabras sin orillas que arrastraba todo a su paso.

"No puedo creer que tu propio padre necesite una operación y tú no quieras ayudar después de todo lo que hicimos por ti te criamos te dimos de comer te mandamos a la escuela y así nos pagas Valeria habría ayudado porque ella sí tenía corazón pero tú siempre fuiste así fría egoísta desde chiquita nunca se te pudo decir nada sin que te pusieras en plan de víctima tu padre se va a enterar y le va a doler mucho pero supongo que eso a ti no te importa"

Alegra leyó el mensaje en el baño. Había aprendido a leer los mensajes de su madre en el baño, donde nadie podía ver su cara.

Cada palabra era un golpe. No el golpe de una mano en la mejilla —ese lo había sentido una sola vez y nunca lo olvidó—, sino el golpe de las palabras que su madre usaba como cincel: "fría", "egoísta", "siempre fuiste así." Palabras que tallaban una imagen falsa de una persona que Alegra sabía que no era ella, pero que a veces, en los momentos débiles, se parecía demasiado a cómo se sentía.

"Siempre fuiste así."

¿Así cómo, mamá? ¿Así como una niña que cocinaba a los doce porque tú no tenías ganas? ¿Así como una adolescente que barría la casa mientras Valeria se pintaba las uñas? ¿Así como una hija que les dio la mitad de su primer sueldo porque "la familia es primero" y nunca recibió un gracias?

No respondió. Bloqueó el número. Guardó el teléfono.

Se lavó la cara con agua fría. Se miró al espejo. Los ojos estaban secos. No iba a llorar. No esta vez.

Salió del baño. Caminó a su escritorio. Se sentó. Abrió la agenda.

A las 10:30, tenía que confirmar la reunión de las tres. A las 11:00, actualizar las proyecciones. A las 11:30, enviar los contratos revisados a Monterrey.

Podía hacer eso. Tenía un trabajo. Tenía una estructura. Tenía un escritorio con una pantalla y un teclado y una lista de tareas que no le preguntaban sobre su familia ni la juzgaban por decir que no.

Trabaja, Alegra. El trabajo no te pega. El trabajo no te dice que eres fría. El trabajo solo te pide que seas eficiente, y eso sí sabes hacerlo.

Héctor la encontró a la una de la tarde, sentada en su escritorio, comiendo un sándwich con la mirada perdida en un punto del monitor que no era ni correo ni agenda ni nada.

No se sentó en la esquina del escritorio, como era su costumbre. Se paró frente a ella y la miró.

—¿Contestaste?

Alegra levantó la vista. —¿Cómo sabes?

—Porque tienes esa cara. La cara de "hice lo correcto y me siento pésimo."

—Me escribió mi mamá. Me dijo que soy fría y egoísta.

Héctor se quedó muy quieto. La quietud de Héctor era más elocuente que sus palabras, porque Héctor nunca estaba quieto.

—¿Y tú qué piensas? —preguntó.

—Que a lo mejor tiene razón.

—No tiene razón.

—Héctor, no me conoces tan bien como para...

—Te conozco lo suficiente. —Se sentó, esta vez sí, en la esquina del escritorio—. Te conozco porque le dejas galletas a un hombre que no te da las gracias. Porque le cocinas chilaquiles a un multimillonario que nunca te los pidió. Porque le sonríes al señor del carrito de elotes y le dices "gracias, jefe" como si le estuvieras dando un abrazo. Porque ayer, cuando me encontraste en el baño, no me preguntaste por qué estaba en el baño de mujeres. Solo aceptaste que estuviera ahí.

—Tú me encontraste a mí.

—Detalles. —Héctor la miró—. Una persona fría no hace nada de eso. Una persona egoísta no se queda hasta las nueve de la noche para terminar un reporte que nadie le va a agradecer. Tu mamá está equivocada. Y lo peor de todo es que lo sabe, pero le conviene más hacerte sentir culpable que admitir que la que falló fue ella.

Alegra bajó la vista a su sándwich. Un pedazo de lechuga se le había caído en el teclado.

—¿Tu familia es así? —preguntó, en voz baja.

—Mi familia es ruidosa, entrometida, exagerada y come demasiado en las fiestas. Pero me quieren. —Héctor hizo una pausa—. Y Tía Carmen te quiere a ti. Eso ya lo sabes.

—A veces siento que no tengo derecho a cargarla con todo. Bastante tuvo con ser hermana de mi madre.

—Es tu tía y te quiere. No la castigues por haber sabido cuidarte mejor que tus padres. La sangre explica el parentesco; el amor se demuestra.

—¿Otro chiste de pingüinos? —dijo Alegra, con una sonrisa rota.

—Mejor que un chiste. —Héctor sacó su teléfono—. Marisol me mandó esto. Dice que es para ti.

Le mostró la pantalla. Era un video de un pingüino bebé aprendiendo a caminar: se caía, se levantaba, se caía, se levantaba. Cada vez que se caía, otro pingüino más grande se paraba a su lado y esperaba. No lo levantaba. Solo esperaba hasta que el pequeño se levantaba solo.

Alegra lo vio dos veces.

—Dile a Marisol que la quiero.

—Se lo digo. ¿Comemos? Hay un puesto de quesadillas aquí abajo que tiene flor de calabaza que te va a hacer olvidar todos tus problemas.

Alegra cerró la pantalla. Agarró su bolsa.

—Vámonos.

Las quesadillas de flor de calabaza estaban, como predijo Héctor, buenísimas. Comieron cuatro cada uno, parados en la banqueta, con servilletas que se desintegraban al contacto con la grasa y una salsa verde que quemaba con la intensidad de un secreto bien guardado.

Héctor le contó sobre su boda. Se casaba en tres meses. Marisol había elegido un salón en Coyoacán, con jardín, mariachis y un menú que incluía pozole como primer tiempo porque "si no hay pozole no es boda mexicana."

—¿Y tú qué vas a usar? —preguntó Alegra.

—Un traje azul marino que Marisol eligió. No tuve voto. No quise voto. Esa mujer tiene mejor gusto que yo para todo, incluyendo maridos.

Alegra se rio. Y mientras se reía, con la boca manchada de salsa verde y los ojos todavía un poco rojos, algo se le aflojó otra vez. Ese algo que se aflojaba cada vez que Héctor estaba cerca: el nudo en el pecho que su familia le había atado y que la gente correcta —la gente que elegía quedarse— iba deshaciendo hilo por hilo.

A las cinco de la tarde, de vuelta en la oficina, Alegra revisó su teléfono. Tres mensajes más de su madre, enviados desde otro número porque Alegra había bloqueado el primero:

"¿Por qué me bloqueaste?"

"Esto es una falta de respeto"

"Tu padre dice que ya no te considera su hija"

Alegra leyó los mensajes. Los leyó con calma. Con la calma de alguien que ya lloró lo que tenía que llorar y ahora estaba del otro lado.

"Tu padre dice que ya no te considera su hija."

Bien, pensó. Que no me considere su hija. Yo tampoco lo considero mi padre desde que me pegó a los trece y mi madre sostuvo el plato en lugar de soltar el plato y sostenerme a mí.

Bloqueó el segundo número. Apagó el teléfono.

Y se puso a trabajar.

A las ocho de la noche, cuando recogía sus cosas, un mensaje del sistema interno apareció en su pantalla.

Remitente: A. Montero.

"Hoy estuviste distraída."

Como todas sus observaciones, era precisa, directa y desprovista de juicio.

Alegra se quedó mirando el mensaje. Luego escribió:

"Tuve un día difícil. Disculpe si afectó mi rendimiento."

La respuesta llegó en diez segundos:

"No afectó tu rendimiento. Solo dije que estuviste distraída."

Pausa. Luego otro mensaje:

"Don Felipe te espera."

Alegra miró hacia la oficina de cristal. Alejandro estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, con las manos en la espalda, mirando las luces de Santa Fe. O eso parecía.

No sabía si había notado su distracción porque era un jefe observador o porque era algo más. No sabía si "Don Felipe te espera" significaba "vete a casa" o "quiero que llegues segura." No sabía nada.

Pero mientras caminaba al elevador, con el abrigo de cachemira puesto y el teléfono apagado y la certeza nueva de que su familia de sangre ya no tenía poder sobre ella, supo algo:

Que en el piso dieciocho de una torre de Santa Fe, un hombre que no sabía decir lo que sentía había notado que ella estaba triste. Y que su forma de decirle "estoy aquí" era mandarle un auto.

Era suficiente. Por ahora, era suficiente.

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♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Es q no tiene un espejo para ver el. Parecido con ella misma 🥴
♾️Virginia☘Quijada☘Márquez☘️☘️
Interesante 🤣🤣ay Alejandro
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