Evelyn Moore creía en el amor hasta que sorprendió a su novio en los brazos de la madrina de boda. Destrozada, huye hacia el caos de Manhattan, buscando anestesiar su dolor en una discoteca lujosa. Allí, su camino se cruza con el de Alexander Carter, un poderoso multimillonario que, después de ser drogado en una trampa, pierde el control de su fría realidad. Entre luces y sombras, dos almas en ruinas chocan. Lo que debió ser solo una huida impulsiva y anónima sella sus destinos para siempre, demostrando que las cenizas de una traición pueden alimentar un amor indomable.
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Capítulo 16
La mañana en la habitación del hospital aún exhalaba aquella serenidad recién descubierta, un contraste absoluto con el caos de las últimas veinticuatro horas. La luz del sol de Manhattan, filtrada por las persianas entreabiertas, creaba un patrón de luz y sombra sobre el piso de mármol frío, pero el calor dentro del ambiente venía del lazo que finalmente se formaba. Antes de que Alexander pudiera acomodar a Victoria nuevamente en los almohadones de algodón egipcio que él mismo había mandado traer de su cobertura, el sonido de las puertas automáticas abriéndose rompió el silencio respetuoso de la sala pediátrica.
Antes incluso de que la puerta completara el ciclo de apertura, una figura alta, de pasos largos y decididos, invadió la habitación. La bata blanca impecable y el estetoscopio colgado en el cuello delataban su profesión, pero el brillo travieso en los ojos y la semejanza física con Alexander delataban el parentesco. Era Brian Carter, el hermano menor de Alexander y uno de los cirujanos pediátricos más brillantes de aquella unidad.
—Me enteré por los pasillos que el gran Alexander Carter pasó la noche entera aquí, y no fue en la sala de la directiva firmando cheques de donación —dijo Brian, con una sonrisa de lado que mezclaba ironía y una profunda extrañeza. Ni siquiera miró el prontuario electrónico en la tablet; sus ojos estaban fijos en el hermano, que estaba sentado en un sillón incómodo, pero con una postura que exhalaba una autoridad protectora nunca antes vista. —Vine a saber personalmente el porqué de tanta dedicación. Tú nunca fuiste de frecuentar hospitales, Alexander, a menos que fuera para inaugurar una sala nueva con tu nombre en la placa de bronce.
Alexander no se levantó. Él apenas se enderezó en el sillón, manteniendo una de las manos sobre la pierna pequeña de Victoria, que reposaba bajo la manta. El gesto era tan natural, tan instintivamente paterno, que Brian se detuvo en medio de la habitación, con la ceja arqueada.
—Brian, menos teatro —cortó Alex, con la voz firme. —Esta es Evelyn Moore. Ella es hija de John Moore.
Brian desvió la mirada hacia Evelyn, que estaba del otro lado de la cama. Él la saludó con un gesto gentil y una sonrisa que era una versión más relajada de la sonrisa de Alexander.
—Evelyn, es un placer. Yo sabía que ese apellido no me era extraño. La oficina de abogados de tu padre es el terror de cualquiera que intente burlar la ley en Nueva York. Entonces... —Brian volvió su mirada hacia la pequeña paciente. —¿La pequeña Victoria Moore se está recuperando de un dengue? ¿Cómo vas, pequeña princesa? Deja que el tío te examine un poquito, prometo que no duele nada.
Victoria miró a Brian con una curiosidad nata. Ella no retrocedió como acostumbraba hacer con extraños; parecía haber algo en el aura de aquel hombre que la dejaba cómoda. Tal vez fuera el mismo olor a sándalo que su padre exhalaba, o tal vez la estructura ósea familiar. Mientras Brian chequeaba los signos vitales, midiendo la saturación y auscultando el pecho de la niña, él se detuvo por un segundo. El silencio en la habitación se tornó pesado mientras el médico alternaba la mirada, casi de forma cómica, entre la pequeña paciente y el hermano mayor.
—Nuestra, Alex... —Brian susurró, la voz cargada de un descubrimiento monumental. —Ella tiene tus ojos. No es apenas el color. Es el formato, la expresión... la intensidad. Eso es, como mínimo, sospechoso para un "amigo de la familia".
Alexander soltó un suspiro corto, como si el secreto estuviera pesando demasiado y él no viera más sentido en cargar aquel fardo, especialmente delante de su hermano médico.
—No tiene nada de sospechoso, Brian. Si ella tiene mis ojos es porque los sacó a mí. Yo soy el padre de ella.
La revelación cayó como una bomba silenciosa. Brian se congeló con el estetoscopio aún posicionado. Él miró al hermano como si estuviera delante de una alucinación colectiva. Evelyn sintió el corazón acelerar; oír a Alexander asumir la paternidad con aquella naturalidad y orgullo era la cura que ella no sabía que necesitaba para las heridas dejadas por Ethan.
—¡Papi! —La voz de Victoria rompió el trance. La niña batió palmas, las mejillas ganando un tono rosado saludable, y miró a Alex con una adoración pura.
Brian recuperó la habla, aunque su mente aún estuviera procesando el árbol genealógico que acababa de ser rediseñado.
—Yo no sabía que tú tenías hijos, Alexander. Y conociéndote como te conozco, tú tampoco sabías. ¿Cuándo, exactamente, tú descubriste que eras el progenitor de esa miniatura de Carter?
—Ayer —respondió Alex, corto y grueso. —Cuando ella necesitó de una transfusión urgente y descubrí que tenemos el mismo tipo sanguíneo. El tipo raro, Brian. El mismo que tú y yo cargamos. No necesita ni de test de ADN con una evidencia biológica de esas saltando a los ojos.
—Inacreditável —Brian murmuró, guardando el estetoscopio. —El destino realmente tiene un sentido del humor peculiar. ¿Pero de dónde conoces a la hija de John Moore? ¿Cómo eso sucedió sin que los medios o nuestra propia madre supieran?
—Es una larga historia, Brian —intervino Alex, interrumpiendo el interrogatorio. —Lo que importa ahora es la clínica. ¿Cómo está ella? ¿Cuál es el cuadro real?
—Ella está mejorando —Brian retomó su postura profesional, aunque sus ojos aún brillaran con la novedad. —La fiebre cedió y los niveles de hidratación están óptimos. No obstante, con dengue no se juega. Tenemos que esperar 48 horas para colectar nuevos exámenes y confirmar si las plaquetas están en una curva de recuperación constante. Ella va a quedar, como mínimo, unos ocho días aquí bajo vigilancia. No quiero riesgos de hemorragia o cualquier complicación tardía.
—Nos quedaremos aquí —afirmó Alexander, y el plural "nos quedaremos" incluyó a Evelyn de forma definitiva. —Nosotros dos apenas vamos a turnar quien va a casa primero para tomar un baño y tomar ropas limpias. Mark ya está cuidando de la empresa. Brian, yo quiero que tú uses tu influencia como médico jefe aquí. ¿Se puede dejar esta habitación más cómoda para nosotros? Quiero una cama de acompañante extra, sillones de verdad y lo que más fuera necesario.
Brian rió, balanceando la cabeza delante de la arrogancia protectora del hermano.
—Claro, voy a proveer todo. Voy a transformar esta habitación en una suite presidencial para que ustedes tengan una estadía digna de la realeza Carter. Entonces, ¿esa princesita es mismo mi sobrina? ¡Bienvenida a la familia, pequeña! Nuestros padres van a enloquecer cuando sepan que ganaron una nieta de tres años de la noche a la mañana.
—Deja para contarles a ellos cuando ella ya esté con previsión de irse —alertó Alexander, con un tono de aviso que Brian conocía bien. —No quiero a los dos aquí haciendo un escándalo, trayendo fotógrafos o agitando a la niña con preguntas y lloriqueo. Quiero paz para ella recuperarse.
—Voy a hacer lo posible para guardar el secreto, pero tú sabes cómo es nuestra madre con chismes de familia. Pero parabienes, hermano. Ella es linda. Una verdadera obra de arte.
—Y un pegote conmigo, ¿no es así, princesita? —Alex bromeó, aproximando el rostro del de Victoria.
La niña, sintiéndose más fuerte y percibiendo que era el centro de las atenciones, miró al padre con los ojitos brillantes. Ella hizo un puchero pensativo y, con aquella vocecita que ahora comandaba el corazón del hombre más poderoso de Nueva York, hizo su pedido:
—Papi... yo tengo hambrecita. Quiero alóz, batatita pita, cañita molida y frijol.
Brian soltó una risotada sonora, mirando al hermano de forma irónica.
—Mirando a tu hija ahora, yo veo que ella es mismo exigente igualita a ti, Alex. Ella sabe exactamente lo que quiere y cómo quiere. Menú específico en plena UTI, esa niña tiene futuro.
—No sé lo que tú vas a hacer, Brian, pero manda traer exactamente lo que ella pidió —ordenó Alexander, sin una pizca de hesitación. —Si el hospital no sirve "batatita pita" y "alóz", encuentra quien sirva.
—Puedes dejar —dijo Brian, ya encaminándose hacia la puerta. —Voy a procurar un restaurante brasileño de confianza. Mi sobrina tendrá el mejor banquete de Nueva York. Tú eres mi paciente preferida de todos los tiempos, Vick.
Cuando Brian salió de la habitación riendo, el silencio retornó, pero ahora era un silencio rellenado por una nueva esperanza. Evelyn sintió una lágrima de alivio escurrir. Ella miró a Alexander, que aún seguía tomando la mano de la hija, y percibió que el destino, por más cruel que hubiera sido en la noche de su casamiento, había guardado para ella y para Victoria el puerto seguro que ellas nunca osaron soñar. Allí, en aquella habitación de hospital, el "felices para siempre" no parecía más una mentira de cuento de hadas, sino una realidad que estaba siendo construida en cada gesto, cada palabra y cada plato de "batatita pita" que estaba por venir.
Alexander miró a Evelyn y extendió la mano hacia ella, uniendo a los tres en un círculo inquebrantable.
—Nosotros vamos a estar bien, Evelyn. Prometo que este es el último lugar donde nuestra hija va a sufrir. De ahora en adelante, el mundo es de ella.
Evelyn apenas asintió, dejándose envolver por la fuerza de aquel hombre que, de desconocido en una noche de embriaguez, se había tornado el salvador de su familia.