Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.
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Capítulo 18
...Valentina...
El jueves antes de su viaje, Martín hizo algo que me destruyó en silencio.
Me levanté a las siete. Fui a la cocina. Y en la barra encontré un almuerzo empacado con una nota:
«Para llevar al trabajo. La sopa se calienta dos minutos. No más.»
Abrí el recipiente. Sopa de verduras, arroz integral, pollo a la plancha cortado en tiras perfectas. Todo organizado en compartimentos como si fuera un bento japonés pero con sabor latinoamericano.
Me ardieron los ojos a las siete de la mañana.
Porque Martín Herrera no hacía discursos de amor. Hacía almuerzos. Y cada almuerzo era un discurso.
En la oficina, Natalia me vio comer y levantó las cejas.
—¿Eso lo hiciste tú?
—Mi compañero de departamento.
—¿Tu compañero de departamento te corta el pollo en tiras del mismo grosor? —Señaló las tiras con su tenedor—. Vale, eso no lo hace un compañero de departamento. Eso lo hace alguien que te quiere.
No respondí. Pero la sonrisa me traicionó.
Esa tarde, después del trabajo, pasé por una tienda y compré las cosas que sabía que a Martín le harían falta en el viaje: barras de amaranto con cacahuate, fruta seca, caramelos de menta que le gustaban, toallitas húmedas para las manos, y un cargador de teléfono extra porque el suyo tenía el cable pelado desde hacía un mes y se negaba a comprar otro «porque todavía funciona».
Metí todo en una bolsa. Escribí una nota con mi peor letra —la que nunca mejoró pese a cuatro años de universidad—:
«Para el viaje. No se salte las comidas. V.»
La dejé en su escritorio cuando él estaba en la regadera.
No dijo nada cuando la encontró. Pero esa noche, cuando lavaba los platos, vi que había agregado los caramelos de menta a su maleta abierta. Y el cargador nuevo estaba enchufado en su computadora.
El viernes por la noche, Felipe Morales volvió a escribir:
«¡Hola Vale! Vi un documental de poesía increíble en el cine del centro. ¿Lo viste? ¿Quedamos para comentarlo?»
Respondí con educación: «Gracias, Felipe. Ya lo vi. Saludos.»
Breve. Cortés. Final.
Cerré la conversación y abrí la de Martín. Nuestros últimos mensajes:
«La sopa estaba perfecta.»
«Bien.»
Dos mensajes. Ni un emoji. Ni una floritura. Y aun así, contenían más cariño que todos los signos de exclamación de Felipe juntos.
El sábado, Mariana vino a verme. Llegó con helado, vino tinto y la determinación de una periodista de investigación.
—Cuéntame todo. Desde el principio. Sin omitir nada.
Le conté. Le conté lo de la biblioteca. Lo del café secreto. Lo del cine. Lo de la frase. Lo del almuerzo con el pollo cortado en tiras perfectas.
Mariana escuchó en silencio. Un silencio inusual en ella, que normalmente interrumpía cada tres frases con un comentario. Cuando terminé, se sirvió más vino y me miró con una seriedad que no le conocía.
—Vale, ¿tú sabes lo que tienes?
—¿Un compañero de departamento que cocina bien?
—Tienes a un hombre que lleva cuatro años esperándote. Que te preparó un almuerzo a las seis de la mañana y cortó el pollo en tiras del mismo grosor. Que te llevó a su lugar secreto. Que se puso rojo de las orejas en el cine. —Me señaló con el tenedor del helado—. Valentina, ese hombre está enamorado de ti. No «le gustas». No «le pareces interesante». Está enamorado. Con todas las letras.
El corazón me dio un vuelco.
—No lo sé, Mari. Nunca ha dicho…
—Los hombres como él no dicen. Hacen. Y todo lo que me has contado es un hombre que lleva años haciendo.
No respondí. Porque tenía razón. Y la verdad, cuando finalmente te la dicen en voz alta, pesa como una piedra caliente en el centro del pecho.
El domingo fue el último día antes del viaje. Martín preparó tuppers suficientes para toda la semana. Los etiquetó con los días: «Lunes», «Martes», «Miércoles», «Jueves», «Viernes». Cada uno con instrucciones de calentamiento escritas en su caligrafía perfecta.
—No tiene que hacer todo esto —dije, viéndolo apilar los recipientes en el refrigerador.
—Lo sé.
—Puedo cocinar.
Me miró con una expresión que, viniendo de cualquier otra persona, habría sido condescendiente. Pero viniendo de él era solo honesta.
—Valentina, la última vez que cocinaste sola quemaste el arroz.
—¡Fue una vez!
—Fue dos veces. La segunda no te diste cuenta porque cambié la olla antes de que lo vieras.
Me quedé con la boca abierta.
—¿Cambió la olla?
—Tenía una de respuesto. —Volvió a los tuppers—. El arroz quemado deja un olor que dura dos días.
No sé si reírme o llorar. Opté por las dos cosas.
Esa noche, mientras revisaba su maleta por tercera vez, le pregunté:
—¿Me va a extrañar?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Cruda. Directa. Sin los filtros que normalmente ponía entre lo que sentía y lo que decía.
Él cerró la maleta. Me miró.
—Sí —dijo. Sin titubear. Sin desviar la mirada. Sin agregar un «pero» ni un «es normal entre compañeros»—. Sí, te voy a extrañar.
Cuatro palabras. Cuatro palabras que me llenaron el pecho de algo cálido y enorme y aterrador y hermoso.
—Yo también —dije. Y la voz me tembló, pero no me importó.
Él asintió. Agarró su maleta. Y por un momento, de pie en la puerta de su habitación, con la luz del pasillo recortando su silueta, pareció que quería decir algo más.
Pero no lo dijo. Solo murmuró:
—Buenas noches, Valentina.
—Buenas noches, profesor.
Cerró la puerta.
Me quedé en el pasillo, con las manos apretadas contra el pecho y la certeza de que cinco días sin él iban a ser los más largos de mi vida.
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