Samanta Ruiz es la fría CEO de un imperio de papelería Kawaii. Conduce un Lamborghini y tiene todo bajo control, excepto su amor. Por su cumpleaños, sus amigas le regalan un viaje VIP al Caribe, pero un error de reserva la obliga a compartir apartamento con Samuel Vargas, un imponente y jovial magnate de la logística internacional. Tras quince días de piques y tensión, la última noche estalla en una pasión inolvidable. Se despiden en el aeropuerto como adultos realistas: la distancia hace imposible su amor.
Pero un virus estomacal anula la píldora de Samanta. El diagnóstico es brutal: embarazada de mellizos. Orgullosa, decide criarlos sola y en secreto.
Tres años después, Samuel irrumpe en su sala de juntas para negociar una alianza millonaria. Él no la ha olvidado, pero ignora que tiene una parejita de herederos. Con la ayuda de Carlos, su metódico hermano y abogado, Samanta intentará blindar su nido. Pero Samuel es un tiburón implacable que no parará hasta recuperar a su mujer.
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CAPITULO 5. CODIGO DE ETIQUETA Y HOGUERAS
Al tercer día de convivencia, Samanta ya no miraba el apartamento 204 como una celda de castigo, sino como un refugio extrañamente confortable. Sin embargo, la tregua pacífica que mantenía con Samuel se tambaleó cuando, al regresar de la playa, encontró un sobre dorado bajo la puerta. El paquete vacacional VIP atacaba de nuevo: esa noche incluía una "Cena de Gala Tropical con Espectáculo de Fuego" en la Cala Secreta del resort. La nota especificaba una etiqueta estricta: ellos de lino blanco, ellas de vestido largo.
—Bueno, jefa, parece que esta noche nos toca ponernos guapos por obligación del contrato —dijo Samuel, saliendo del baño con una toalla al cuello y dedicándole una sonrisa de suficiencia al ver el tarjetón.
—Es una cena oficial del hotel, Samuel. Intentemos comportarnos como dos adultos civilizados que casualmente comparten mesa —replicó ella, aunque por dentro sentía un cosquilleo nervioso que no lograba controlar.
Dos horas más tarde, Samanta se miró en el espejo del dormitorio y contuvo el aliento. Se había decantado por un vestido largo de satén en tono champán, con la espalda completamente al descubierto y una abertura lateral en la pierna que resultaba de lo más sugerente. Se soltó el pelo castaño en ondas naturales, se pintó los labios de un rojo intenso y se puso unas sandalias de tacón. Estaba espectacular.
Cuando abrió la puerta corredera para salir al salón, se encontró a Samuel esperándola. Él vestía un pantalón de lino blanco y una camisa a juego sutilmente remangada. Al escuchar sus pasos, Samuel se giró. Su eterna sonrisa burlona se congeló en el acto. La recorrió con la mirada de arriba abajo, despacio, haciendo que a Samanta se le erizara la piel, y sus ojos claros brillaron con una intensidad que ella no le había visto hasta entonces.
—Estás... absolutamente deslumbrante, Samanta —consiguió decir él, con una voz notablemente más grave y profunda de lo habitual.
—Gracias. Tú tampoco vas mal —respondió ella, intentando mantener la voz firme mientras sentía que el pulso se le aceleraba.
Bajaron a la cala privada del hotel en un pequeño carrito de golf del complejo. El ambiente era idílico: la arena blanca estaba sembrada de antorchas encendidas, mesas bajas de madera iluminadas con velas y grandes cojines para sentarse. El sonido de las olas rompiendo suavemente contra las rocas y una música chill-out de fondo creaban una atmósfera cargada de intimidad. Como ya era costumbre, la organización del hotel los sentó juntos en una de las mesas más exclusivas, frente al mar.
La cena fue rodada. Compartieron un menú degustación de cocina fusión y, entre plato y plato, el vino blanco espumoso empezó a hacer su efecto. Samanta se descubrió a sí misma riendo a carcajadas con las anécdotas de Samuel sobre sus primeros años montando su propia empresa. Ya no veía en él a un hombre pesado o impertinente; veía a un hombre sumamente maduro, seguro de sí mismo, que sabía cuándo bromear y cuándo escuchar con atención absoluta.
—Tengo que admitir que me equivoqué contigo el primer día en el avión —confesó Samanta, apoyando la barbilla en su mano y mirándolo fijamente a los ojos a la luz de las velas—. Pensé que eras el típico tío inmaduro que solo buscaba enredar y llamar la atención.
Samuel se inclinó un poco más hacia ella sobre la mesa, acortando la distancia.
—Y yo pensé que eras una ejecutiva de hielo incapaz de disfrutar de la vida —replicó él con ternura, extendiendo la mano para apartarle suavemente un mechón de pelo de la cara. El roce de sus dedos contra la mejilla de Samanta fue como una descarga eléctrica—. Me alegra mucho haber descubierto que detrás de esa fachada de jefa dura hay una mujer divertida, apasionada y con un corazón increíble.
El calor de la noche tropical no se debía solo a las antorchas que los rodeaban; la tensión sexual entre los dos se había vuelto tan densa que casi se podía tocar.
Justo en ese momento comenzó el espectáculo. Varios artistas locales invadieron la arena con antorchas encendidas, bailando al ritmo de tambores y creando figuras impresionantes con el fuego en mitad de la oscuridad de la noche. Los huéspedes vitoreaban, pero Samanta apenas podía apartar los ojos de Samuel. Él tampoco miraba el fuego; la miraba a ella.
Cuando el espectáculo terminó y la gente empezó a dispersarse hacia la zona del bar, Samuel se levantó y le tendió la mano.
—Vamos a caminar por la orilla. Esta noche está demasiado bonita como para encerrarse ya en el apartamento.
Samanta aceptó su mano sin dudarlo. Se quitó las sandalias de tacón y dejó que sus pies se hundieran en la arena húmeda y fresca, mientras caminaban alejándose del bullicio de la fiesta. La luna llena se reflejaba en el agua, creando un camino de plata. Samuel no le soltó la mano en ningún momento; entrelazó sus dedos con los de ella con total naturalidad.
Se detuvieron cerca de unas rocas, donde el agua apenas les rozaba los tobillos. El viento marino agitaba el vestido de satén de Samanta y Samuel se colocó frente a ella, bloqueando el resto del mundo con su imponente figura.
—Samanta... —susurró él, bajando la vista hacia sus labios.
—Samuel, esto... se nos está yendo de las manos —alcanzó a decir ella en un hilo de voz, aunque su cuerpo contradecía sus palabras, inclinándose instintivamente hacia él.
—Sé perfectamente lo que hago —respondió él con total seguridad. Su mano grande y cálida se posó en la espalda desnuda de Samanta, atrayéndola con firmeza hacia su pecho.
El contacto de su piel con la seda del vestido y el calor de su cuerpo terminaron de derretir la última pizca de resistencia de la empresaria. Samanta rodeó el cuello de Samuel con sus brazos y, rompiendo toda la distancia, él la besó. Fue un beso lento al principio, saboreando el gusto al vino y a la sal, pero rápidamente se transformó en algo urgente, hambriento y cargado de una pasión que llevaban tres días conteniendo. El calorcito de las vacaciones acababa de convertirse en un incendio incontrolable en mitad de la noche caribeña, y ninguno de los dos tenía la más mínima intención de apagarlo.
te felicito autora, está hermosa,no tardes tanto en actualizar por fis👏