Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
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Capítulo 4
Capítulo 4 — Despacio, entonces
El coche que la recogió no hacía ruido.
Valentina iba en el asiento de atrás, sujetándose la palma con un pañuelo. Le había dicho a Iker que estaba buscando dinero y que regresaría en cuanto pudiera. Ahora la ciudad se volvía menos conocida tras la ventanilla: calles anchas, portones cerrados, árboles que le impedían ver las casas. Cuando llegaron a Polanco, comprobó otra vez que el teléfono tuviera señal.
—El señor la espera arriba —dijo Lino, el hombre de lentes, abriéndole la puerta con una cortesía que a ella le dio más miedo que un grito.
Lino le dio una gasa para la mano y presionó el botón del piso doce. Valentina la sostuvo sobre el corte hasta que el elevador se abrió.
El elevador desembocaba en el departamento. Al fondo, un ventanal de doble altura daba a la ciudad; Damián estaba delante con una copa en la mano. Valentina buscó un lugar donde dejar la gasa usada, no lo encontró y la guardó en el bolsillo.
—Mondragón —dijo Valentina, y hasta el apellido le supo enorme en la boca—. Grupo Mondragón. Usted es... —Había visto la torre en las noticias. Había visto esa cara en las revistas que hojeaba en el puesto sin comprarlas—. Usted es el dueño de todo esto.
—Damián —corrigió él, sin voltear—. Ese es el punto de que estés aquí. Que me digas Damián.
Ella se quedó junto al elevador, con los tacones prestados todavía puestos, el suéter sobre el uniforme del club, la sangre seca en la palma.
—Necesito doscientos mil pesos —dijo.
Al fin volteó.
—Para la operación de mi abuela —siguió Valentina, rápido, antes de que el valor se le acabara—. Y el mejor cuarto, y el mejor doctor, y que empiece la quimioterapia mañana, hoy, ya. Tiene cáncer. Se me está muriendo. —Le sostuvo la mirada—. Usted dijo que resolvía problemas. Ese es el mío.
Damián dejó la copa y se acercó. Valentina se obligó a no empezar otra vez con lo del hospital. Ya había dicho la cantidad; ahora necesitaba oír qué iba a pedirle.
—Tu problema lo entiendo —dijo—. ¿Tú entiendes qué quiero a cambio?
—No.
—Que me aburro. —Ladeó la cabeza—. Que todo lo que puedo comprar deja de importarme en cuanto lo tengo. Y que hoy vi a una niña de tacones prestados enseñarme un águila fea en la muñeca y no me he podido aburrir de eso todavía.
Valentina apretó los dientes.
—Doscientos mil pesos —repitió él, como si probara el peso de la cifra—. Es nada. Es menos que el saco que arruinaste. Puedo depositarlo esta noche. Puedo mandar a tu abuela al mejor piso de Santa Elena antes de que amanezca. —Se detuvo—. Pero yo no regalo nada, Valentina. Tú no quieres que te regale nada. Se te ve.
—No —dijo ella, y le tembló la voz—. No quiero que me regale nada.
—Entonces ya nos entendimos. —Su voz bajó, ronca, terrible en su calma—. Desvístete.
El mundo se quedó muy quieto.
Lo había previsto al llamar. Incluso había ensayado una respuesta durante el trayecto, pero ahora no recordaba cuál. Se desabrochó el suéter y lo dobló sobre un brazo. Aún llevaba el uniforme del club.
Quería pedirle que llamara primero al hospital. Le daba vergüenza desconfiar de un hombre al que acababa de acudir para eso, y enseguida le dio rabia sentir vergüenza: era el tratamiento de su abuela. Tenía derecho a comprobarlo.
Levantó las manos hacia el primer botón del uniforme.
Le temblaban tanto que no lo pudo desabrochar.
Damián la miró pelear con ese botón durante un segundo largo. Después, sin cambiar la cara, giró apenas la cabeza:
—Lino. —El asistente apareció en la puerta como si hubiera estado ahí todo el tiempo—. Deposita los doscientos mil a la cuenta del hospital. Que trasladen a la señora Amparo Cabrera al piso de convenios. Cuarto privado. Que la vea el oncólogo cuanto antes y sigan sus indicaciones. Todo va a mi nombre. —Una pausa—. Y que no le digan a la abuela de dónde salió.
—Enseguida, señor.
La puerta se cerró.
Valentina se quedó con las manos suspendidas sobre el botón, sin entender.
El teléfono de Valentina vibró. Era un mensaje de Lino con el comprobante del depósito. Lo abrió y revisó el nombre del hospital y la cantidad.
—Ya está —dijo Damián—. El dinero ya no va a ser un problema.
Valentina guardó el celular. Él le apartó las manos del botón y lo desabrochó, sin dejar de mirarla.
—Ahora quiero que tengas claro nuestro trato.
—¿Y qué somos? —susurró Valentina.
—Tú, mi acompañante. Yo, quien paga. —Le apartó el cuello del uniforme—. Tres reglas. Te portas bien. No me inventas amor. Y no me besas en la boca. Lo demás, se puede.
Ella cerró los ojos.
El botón cedió. Después el otro. El uniforme del club resbaló al piso de mármol frío, sobre los tacones que no eran suyos. Valentina se abrazó a sí misma por instinto, y él, muy despacio, le apartó los brazos, no con fuerza, sino con una paciencia que no le había visto a nada en él.
La cargó. La llevó al otro extremo del piso, a un cuarto donde el ventanal seguía y la ciudad entera parpadeaba abajo, indiferente. La recostó sobre una cama que olía a él, a la colonia que le había sentido en el club.
Y ahí, en la penumbra, Valentina temblaba tanto que le castañeteaban los dientes.
—Estás helada —dijo Damián, y le pasó una mano por el brazo.
La tocó. Manos tibias, seguras, que sabían lo que hacían. Le recorrió los hombros, el cuello, la línea de la espalda, y ella, contra toda su voluntad, contra todo el asco que quería sentir, sintió otra cosa: un calor extraño subiéndole desde el vientre, una vergüenza tibia, un cosquilleo en la piel que no había pedido y que la asustó más que el frío.
—No pienses —le murmuró él contra la sien—. No pienses en la abuela, no pienses en el dinero. Solo esta noche, no pienses.
Le besó el hombro. La clavícula. La muñeca —justo ahí, sobre el águila fea—, y Valentina sintió que algo se le rompía por dentro, no de dolor, sino de una ternura que no venía al caso, que no tenía derecho a estar ahí.
Él la fue descubriendo con las manos y la boca, sin prisa, y Valentina se dejó, con los ojos cerrados y las lágrimas escurriéndole por las sienes hasta el pelo, entre la humillación y ese calor traidor que le nublaba la cabeza. Cuando él se acomodó sobre ella y la piel encontró la piel, ella se aferró a sus hombros con las dos manos, clavándole las uñas, tensa como una cuerda.
Y entonces Damián se detuvo.
—Espera. —Se apoyó en un brazo. La miró en la penumbra, ceñudo, leyéndole la cara, el cuerpo rígido, el temblor que no era solo miedo—. Tú no...
Valentina abrió los ojos, brillantes, avergonzados.
—Es tu primera vez.
Valentina apartó la cara hacia el ventanal. Había llegado allí ofreciéndole un trato y ahora no sabía cómo decirle que no estaba preparada. Esperó alguna broma, algo que la obligara a fingir que no le importaba.
No se rio.
Damián se quedó muy quieto un momento largo. Algo le pasó por la cara, algo que ella no supo leer, una sombra que no era deseo. Le apartó con dos dedos un mechón húmedo de la frente.
—Mírame —dijo, bajo—. No a la ventana. A mí.
Ella lo miró.
—Lo hago despacio, entonces.
Y lo hizo.
Despacio, como había prometido. Con una paciencia que no le pegaba a un hombre que arrojaba millones sobre una mesa para deshacerse de la gente. Cada vez que ella se tensaba, él se detenía. Cada vez que le clavaba las uñas, él le rozaba la sien con la boca y le decía "respira", "estás bien", "no te voy a lastimar", palabras que Valentina no le iba a creer de día pero a las que, aquella noche, se aferró. Hubo dolor. Hubo, después, una lentitud tibia, un vaivén hondo que la fue soltando nudo por nudo hasta que dejó de estar rígida, y se oyó a sí misma soltar un sonido que no reconoció, y se avergonzó, y él la calló con la frente pegada a la suya, respirando su mismo aire, sin besarla en la boca —esa regla no la rompió—, pero mirándola todo el tiempo, como si le costara dejar de mirarla.
Cuando terminó, Valentina estaba llorando otra vez, y no sabía por qué.
Damián no le preguntó. Se acostó de espaldas, mirando el techo, la enorme águila negra vuelta contra el colchón. Ella se quedó de lado, muy quieta, en la orilla más lejana de la cama, contando su propia respiración.
—Yo estudio danza —dijo Valentina al cabo de un rato. Él giró la cabeza hacia ella—. Entré becada. No quiero dejarlo.
Necesitaba que supiera algo de ella que no hubiera ocurrido en aquella cama. Le contó que había empezado a los catorce, cuando las otras niñas le llevaban años de ventaja, y que su abuela vendía tamales para pagar las clases.
—Los tipos a los que les debe mi papá entraron esta madrugada a la casa —añadió—. Rompieron mi trofeo. Lo único que tenía de aquel concurso.
Silencio.
Valentina pensó que él dormía. Que no le había importado. Cerró los ojos.
—No vas a dejar de bailar —dijo Damián.
Valentina abrió los ojos.
—¿Eso también lo decide usted?
Él la miró de lado.
—Acabas de decir que no quieres.
Dejó el teléfono junto a la almohada, con el sonido encendido por si Iker llamaba. Solo entonces pudo dormirse.
* * *
Amaneció.
La luz entraba blanca por el ventanal enorme. Damián ya no estaba. En su lugar, sobre la almohada, había una tarjeta de otro banco y una nota con letra recta: "Para lo que necesite tu abuela. No es regalo. Lo apuntamos. — D."
Valentina se incorporó despacio, con una mano apoyada en la sábana. Al recoger el suéter vio las marcas de sus hombros y se lo puso sin mirarlas más. Quería llegar al hospital antes de que su abuela despertara.
Guardó la nota. Por la tarde abriría una página nueva en su cuaderno: depósito, medicinas, lo que llegara a gastar de aquella tarjeta. Necesitaba llevar su propia cuenta, aunque todavía no supiera cómo iba a pagarla.
Recogió el celular que había dejado junto a la almohada. Encendió la pantalla.
La pantalla se llenó de golpe.
El grupo de la Escuela Superior de Danza. 99+ mensajes sin leer. Fotos. Su nombre, una y otra vez.
Valentina abrió el chat con el pulso latiéndole en la garganta.
Y en la primera foto, tomada la noche anterior en el pasillo del piso siete, estaba ella. Con la charola. Con el uniforme del Club Corona.
Debajo, un solo renglón que ya tenía cuarenta respuestas:
"Miren quién resultó ser la de la beca. ¿A poco no sabían en qué 'trabaja' la santita de Valentina?"