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Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:280
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.

Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.

Hasta que un día dejó de aguantar.

Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.

Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

El día de la boda de Gabriel por fin llegó. Desde temprano, la casa de la familia de Rosario ya estaba llena de ruido y movimiento.

Una carpa grande se alzaba en el patio delantero. Luces colgantes brillaban con elegancia. Flores blancas y doradas decoraban cada rincón. Un teclado sonaba desde la mañana. Varias señoras iban y venían cargando charolas de comida. Los niños correteaban entre las mesas, riendo.

La boda era mucho más vistosa que la de Valentina. Muchísimo más.

Valentina caminaba junto a Andrés y Santiago, cargando a Mateo en brazos. Llevaba un vestido color café con leche, el uniforme que usaba la familia del novio. Sonreía con cortesía cada vez que saludaba a los familiares de los anfitriones. Pero en silencio, sus ojos lo registraban todo. La decoración hermosa, el estrado nupcial imponente, la cantidad de platillos que se extendían en fila. Todo aquello había costado una fortuna.

Mientras tanto, sobre el estrado, Gabriel y Rosario se veían radiantes. Rosario sonreía de oreja a oreja con un vestido blanco cubierto de lentejuelas. Gabriel lucía orgulloso al lado de su esposa.

Doña Carmen no dejaba de sonreír con cara de satisfacción. De vez en cuando se acomodaba algún accesorio en la ropa, que de por sí ya estaba impecable.

—Qué bonita está la decoración.

—¡Vaya, qué elegante quedó todo! —se oía comentar a los invitados.

Valentina escuchaba en silencio. Hasta que, sin querer, captó la conversación de unas parientes de Rosario cerca de la mesa de comida.

—Dicen que gastaron más de nueve mil dólares.

—¿Qué? ¿Tanto?

—Sí. Y todo lo puso la familia del novio.

Valentina, que estaba sirviéndose algo de beber, se quedó inmóvil.

¿Nueve mil dólares? Si la dote que entregó la familia de Gabriel fue de unos siete mil... ¿de dónde salió el resto?, pensó.

Antes de que terminara de procesar el dato, una de las señoras bajó la voz:

—Parece que todavía le deben como dos mil quinientos a la organizadora de bodas. Que los pagan después del evento.

Valentina giró despacio. El pecho se le apretó de golpe.

¿Deuda? ¿Por qué endeudarse así por una fiesta?

Mateo le jaló el broche del vestido con suavidad.

—Mami... quelo helado.

Valentina volvió en sí y le sonrió.

—Sí, cariño. Pero poquito.

Durante el resto de la fiesta, las palabras de aquellas señoras le dieron vueltas en la cabeza. Un mal presentimiento empezó a crecer. Y por alguna razón sentía que ese asunto no había terminado.

La tarde siguiente, la casa de Valentina se sentía mucho más callada que de costumbre. Después de la gran fiesta del día anterior, el ambiente parecía haberse quedado sin energía.

Santiago dibujaba boca abajo en el piso, mientras Mateo tomaba su mamila sentado en el sofá, abrazando a su dinosaurio de peluche.

Valentina estaba sentada en el suelo doblando ropa limpia. Las manos se movían mecánicamente, pero la cabeza seguía dándole vueltas a lo que había escuchado en la boda sobre los costos y la deuda con la organizadora. Desde la mañana sentía una inquietud que no lograba sacudirse.

Al poco rato se escuchó el motor de un auto deteniéndose frente a la casa. Valentina se asomó por la ventana. Andrés había llegado más temprano de lo normal.

Antes de que él terminara de entrar, la voz de doña Carmen lo llamó desde la reja.

—¡Andrés! —El tono era fuerte y apresurado.

Valentina dejó de doblar al instante. Andrés, que apenas se estaba quitando los zapatos, salió de nuevo a recibir a su madre.

—Pase, mamá —la invitó.

Pero doña Carmen negó de inmediato.

—No. Mejor vamos atrás.

Su respuesta fue seca y su cara estaba tensa. Ni rastro de la sonrisa del día anterior, cuando no paraba de recibir halagos de los invitados.

Valentina empezó a sentir una punzada en el estómago. Se levantó despacio y espió por detrás de la cortina de la sala.

Vio a doña Carmen caminar con paso rápido hacia la terraza trasera, seguida por Andrés con cara de desconcierto.

Valentina frunció el ceño. Su instinto le decía que esa conversación iba a ser sobre dinero. Otra vez.

Se acercó a la puerta de la cocina que daba a la terraza. No tenía intención de espiar, pero la voz de doña Carmen era lo suficientemente fuerte como para colarse dentro de la casa.

—¡Todo es culpa de la familia de Rosario! ¡La mamá esa es una metiches insoportable! —se quejó doña Carmen, furiosa.

Valentina se quedó quieta detrás de la puerta.

—¡Y encima la organizadora de bodas ya está cobrando como loca! ¡Apenas pasó un día y ya está encima! —continuó la mujer, alzando más la voz.

Andrés se restregó la cara con agotamiento. Recién llegaba del trabajo y ya le caía otro problema encima.

—¿Y cuánto falta, mamá? —preguntó bajito.

—Dos mil quinientos.

Andrés levantó la cabeza de golpe.

—¿¡Dos mil quinientos!? —le salió casi un grito de la sorpresa.

—¡Sí! —respondió doña Carmen irritada, como si esa cantidad no fuera gran cosa.

—Pero si nosotros pusimos siete mil de dote. ¿Cómo que no alcanzó? —insistió Andrés, esta vez más bajo.

Doña Carmen chasqueó la lengua con impaciencia.

—Que dice que el dinero se fue en un montón de cosas.

Las manos le revoloteaban mientras hablaba.

—Que la decoración creció. Que la comida salió más cara. Que Rosario quería esto y aquello. Que la familia de ella tiene muchas exigencias. Y Gabriel no les pudo decir que no.

Valentina, escuchando detrás de la puerta, empezó a apretar los puños despacio. El pecho le ardía.

La frase que vino después le hizo hervir la sangre:

—Así que ahora necesito que tú pagues lo que falta de la organizadora.

Andrés enmudeció. La cara se le puso rígida al instante. La mandíbula se le endureció.

—Mamá... —la voz le salió pesada— ya no tengo dinero.

—¿Cómo? —Doña Carmen lo miró como si no entendiera—. ¿No que ganas bien?

Andrés soltó el aire con brusquedad, agachando un momento la cabeza.

—Mamá, mi sueldo ya se va todo repartido entre ustedes. Lo que me queda para Valentina y para mí es una parte mínima. Dos tercios de mi sueldo son para ustedes. Y los ahorros también se acabaron.

Doña Carmen arrugó la frente.

—¿Se acabaron en qué?

Andrés soltó una risa hueca. Una risa agotada y llena de frustración.

—¿De dónde cree que salieron los cinco mil quinientos de la dote de Gabriel, mamá? ¡Pues de esos ahorros!

El cuerpo de Valentina se tensó detrás de la puerta. Los ojos se le abrieron enormes. El corazón le empezó a golpear tan fuerte que le dolía el pecho.

¿Los ahorros se acabaron?

Se le cortó la respiración. Durante unos segundos no se movió. La mente se le hizo un caos. Porque ella y Andrés habían acordado aportar solo mil ochocientos dólares para la boda de Gabriel. No cinco mil quinientos. Y mucho menos vaciar todos sus ahorros.

El cuerpo de Valentina se fue enfriando poco a poco. Las manos le temblaban mientras trataba de contener la rabia que le subía a la cabeza. Eso significaba que Andrés, a sus espaldas, había tomado todos los ahorros de los dos sin decirle nada.

Ahorros que habían juntado con esfuerzo, para cualquier emergencia o necesidad grande. Ahorros que también eran para el futuro de sus hijos. Para las necesidades de su propia familia.

Y ahora, todo se había esfumado así, de un momento a otro, para cumplirle los caprichos a la familia de Andrés. Otra vez.

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