Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 21: Protección a Toda Costa
Los días siguientes transcurrieron con un cuidado casi obsesivo. Damian no la dejaba caminar sola por los pasillos en horas en punto; se aseguraba de que siempre hubiera alguien más cerca cuando intercambiaban palabras; revisaba dos veces que nadie los siguiera antes de dejarla entrar a su despacho. Elena comprendía el motivo, pero esa vigilancia constante empezaba a asfixiarla. No era solo precaución: era miedo palpable, adherido a su piel como una sombra propia.
Todo cambió un mediodía, en la entrada de la biblioteca. Elena buscaba un libro en la estantería más alta, estirándose de puntillas, cuando Javier apareció a su lado de improviso.
—¿Te ayudo? —dijo acercándose demasiado, invadiendo su espacio sin esperar permiso—. Te ves encantadora hoy, Elena. Cada día más. ¿Ya lo has pensado? Lo de salir juntos. No creo que ese profesor tuyo te dedique tanto tiempo sin motivo… ¿o sí?
Su voz bajó al final, cargada de insinuación y burla. Elena retrocedió un paso, incómoda, con la espalda chocando contra los estantes.
—Eso no te incumbe. Y déjame en paz, Javier. Te lo he dicho ya.
—¿Por qué te pones así? —insistió él, acercando la mano hacia su brazo—. Solo intento ser amable. Deberías agradecer que alguien se fije en ti de verdad…
No llegó a tocarla. Una mano se abatió sobre su muñeca con tal fuerza que el sonido fue seco y claro en el silencio de la biblioteca. Javier soltó un gemido ahogado y se giró pálido: Damian estaba allí, rígido como una estatua de hielo, con la mirada ardiendo y los nudillos blancos de la presión.
—¿Crees que te ha dado permiso para tocarla? —dijo con voz baja, letal, tan controlada que daba más miedo que si gritara—. Retírate. Ahora. Antes de que se me olvide dónde estamos.
—Pr… profesor Varela —tartamudeó Javier, soltándola de inmediato y retrocediendo—. Yo… no era nada. Solo…
—Fuera —cortó Damian, sin levantar la voz, pero con una autoridad que hizo que el chico saliera corriendo sin mirar atrás.
En cuanto desapareció, Damian soltó la muñeca del muchacho y se giró hacia ella. La rabia en su rostro se transformó de golpe en pánico puro.
—¿Te hizo daño? ¿Te tocó? Dime que no te tocó.
—No —respondió ella, aunque el corazón le latía desbocado—. Estuvo a punto, pero llegaste a tiempo. Damian… respira. Ya se fue.
Él no la escuchaba del todo. La recorrió con la mirada de arriba abajo buscando heridas que no había, temblando de pies a cabeza.
—Si vuelve a acercarse a ti… si te dice una sola palabra más… lo destruyo. Lo juro. No me importa quién sea su padre ni qué contactos tenga. Nadie te pone una mano encima mientras yo respire. Nadie.
La tomó de la mano con firmeza y la llevó hacia la salida, a paso rápido, sin soltarla aunque la gente empezara a mirar.
—Vamos. No estás a salvo aquí. No mientras él ande suelto.
—Damian, nos ven —advirtió ella, caminando a su paso sin resistirse—. ¿No decías que teníamos que ser discretos? ¿Que si nos descubren todo se acaba?
Se detuvo de golpe en un pasillo vacío y la emparedó suavemente contra la pared, sujetándola por los hombros con desesperación.
—¡Que me vean entonces! ¡Que digan lo que quieran! Prefiero arriesgarlo todo a que te pongan una mano encima y yo no esté allí para impedirlo. ¿Entiendes eso? ¿Entiendes que te llevas mi cordura a todas partes? Si te hicieran algo… yo sería el que se rompería por dentro. Para siempre.
Elena sintió las lágrimas brotar sin querer. No era posesión ciega lo que veía en sus ojos. Era terror genuino. La certeza de que ella era lo único que no podía permitirse perder.
—Estoy bien —le dijo suavemente, acariciando sus mejillas con las yemas de los dedos—. Estoy contigo. Y eso es lo que importa. Pero tienes que calmarte. Si actúas así, llamarás la atención más que mil miradas. Y eso es justo lo que ellos vigilan. ¿Lo olvidas?
Damian cerró los ojos y respiró hondo, apoyando su frente contra la suya, luchando por recuperar el control que se le escapaba cada vez que la sentía amenazada.
—Tienes razón. Siempre la tienes. Pero es más fuerte que yo. Verte en peligro y no poder protegerte como se debe… es la peor tortura que existe.
Se apartó un poco, pero siguió sosteniéndole las manos entre las suyas, acariciando sus dedos como si necesitara confirmar que estaba real y a salvo.
—Desde hoy cambio el horario —le dijo con determinación—. Te recojo en la puerta de tu casa antes de la primera hora. Te acompaño hasta tu aula. Al salir, te llevo de vuelta. Nadie se enterará de dónde vives ni a qué hora sales. Y si alguien se acerca a menos de dos metros de ti con mala intención… yo lo sabré. No importa dónde esté. ¿Quedó claro?
Elena sonrió con ternura a pesar de todo.
—Muy claro, mi guardián implacable. Pero… ¿no se cansará de vigilarme siempre?
Damian le acarició la comisura de los labios con el pulgar, con una media sonrisa oscura y devota.
—Vigilarte es mi forma de amarte en silencio. No me cansaré nunca de cuidarte, Elena. Hasta mi último aliento.
La besó en la frente, largo y sagrado, como sellando un juramento entre susurros.
—A las cinco. Te espero. Y entra por la puerta trasera. Siempre.
Se marchó primero, recuperando su porte impecable paso a paso, dejándola allí con el corazón henchido y una certeza nueva: la jaula se cerraba alrededor de ambos, sí… pero dentro de ella, él la convertiría en el lugar más seguro del mundo.