Yo, Evana. viví una hermosa vida con el hombre que amé y con mis hijos también. Pero alguien me lo arrebato todo.
He vuelto al pasado para descubrir a mi asesino y el de mi familia.
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Capitulo 9
El sol de la tarde filtraba una luz dorada a través de los amplios ventanales de la oficina presidencial. Evana permanecía de pie frente al enorme mapa corporativo de la ciudad pegado a la pared, lleno de marcas rojas y notas con nombres de ejecutivos, bancos de inversión y firmas de seguridad privada.
Un toque suave en la puerta rompió la penumbra.
—Evana, traje los expedientes de las empresas filiales de Vanguard que me pediste —dijo Valeria, entrando a la oficina con una sonrisa cálida y una carpeta gruesa bajo el brazo.
Valeria se acercó y colocó la carpeta sobre el escritorio, sacando de su bolsillo un empaque de galletas de mantequilla y dejándolo al lado del café de Evana.
—Sé que te encantan estas cuando estás estresada —añadió Valeria con un guiño cómico, acomodándose un mechón de cabello detras de la oreja—. Me costó conseguir los balances de la filial portuaria de Thomas Vance, pero logré cruzar la información contable. Según estos datos, la empresa de Vance está al borde de un déficit operativo si pierde el terreno del norte. Si los presionamos ahora con una demanda, los obligaremos a vender a precio de remate.
Evana se acercó al escritorio y abrió la carpeta, revisando las cifras. Todo estaba perfectamente redactado, con los sellos y firmas correspondientes. Sin embargo, algo en la frialdad de los números no encajaba con la serenidad que Thomas había mostrado en los últimos días.
—¿Estás segura de que estas cuentas no están infladas? —preguntó Evana, frunciendo levemente el ceño.
—Revisé el balance dos veces con el departamento de auditoría, amiga —aseguró Valeria, apoyando una mano sobre el hombro de Evana—. Sé lo mucho que te preocupa que Vanguard intente una jugada sucia contra nosotros, pero estos números no mienten. Es nuestra oportunidad de dar el golpe definitivo.
—Gracias, Valeria. No sé qué haría sin tu ojo en estas finanzas.
—Estarías tapada de papeles hasta la madrugada —bromeó Valeria, dándole un abrazo rápido y cariñoso—. Anda, tómate un descanso. Yo me encargaré de clasificar el correo confidencial de la tarde para que puedas irte temprano.
Cuando Valeria salió de la oficina tarareando una melodía alegre, Evana se dejó caer en su sillón ejecutivo. Pasó la mano por su rostro fatigado. La presión de actuar como una líder implacable mientras su alma seguía de luto por su familia la estaba consumiendo lentamente.
Cerró los ojos por un segundo para aplacar la migraña. Y en ese instante de penumbra y agotamiento, su mente voló de regreso a su vida anterior.
Un recuerdo borroso y sofocante comenzó a desplegarse en su memoria como un carrete de película antigua. Ocurrió aproximadamente tres semanas antes de la masacre en el pueblo montañoso.
Evana recordaba estar sentada en el porche de su casa rural, observando a Mía jugar con un perro en el jardín mientras Thomas arreglaba una cerca de madera. Thomas se había detenido un momento, limpiándose el sudor de la frente con una expresión inusualmente seria.
«Evana», le había dicho él en aquel recuerdo, con voz preocupada, «ayer vi una camioneta negra rondando los límites del pueblo. No tenía matrícula local. Cuando me acerqué a mirar, el conductor aceleró y se marchó».
En aquel entonces, en la ceguera de su felicidad ininterrumpida de diecisiete años, Evana solo le había sonreído, desestimando sus miedos y diciéndole que seguro era un turista perdido o un comprador de terrenos. No le dio la menor importancia.
Ahora, en el presente, Evana abrió los ojos de golpe en la penumbra de su oficina, con el corazón latiéndole desbocado en el pecho y la respiración cortada.
«No fue una coincidencia», pensó con horror, incorporándose en el sillón mientras un escalofrío le recorría la espalda. «Alguien ya estaba rastreando nuestra ubicación semanas antes de enviar a los mercenarios. Alguien que sabía exactamente en qué región del país nos estábamos escondiendo».
El sudor frío le cubrió la nuca. El puzzle comenzaba a mostrar sus bordes. La masacre de su familia no había sido un ataque fortuito ni una represalia comercial improvisada; había sido una cacería planificada con una frialdad y una precisión desgarradoras.
Evana miró la carpeta sobre su escritorio y luego hacia la puerta por donde había salido Valeria. La sospecha de que alguien dentro de su círculo social más íntimo o del entorno corporativo de la época hubiera vendido o filtrado su ubicación en el futuro comenzó a echar raíces en su mente como una sombra venenosa.
Apretó los puños contra la madera pulida del escritorio, sintiendo cómo la ira desplazaba por completo al cansancio.
«Quienquiera que haya enviado a esa camioneta a vigilar a mi familia... quienquiera que haya comprado esas coordenadas...», juró en silencio con la mirada clavada en la noche que comenzaba a cubrir la ciudad, «descubriré tu nombre antes de que vuelvas a tocar a mi esposo y a mis hijos».
Gracias por los capítulos autora