Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.
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Capítulo 10
La noche dentro de la cabaña se hizo larga y espesa.
Nadie dormía de verdad. Se turnaban para vigilar la puerta, aunque la madera estaba tan podrida que un empujón fuerte la habría derribado. La linterna la mantenían en el suelo, apuntando hacia arriba, gastando lo mínimo de batería. El haz débil dibujaba sombras torcidas en las paredes y hacía que los huesos del rincón parecieran moverse cada vez que alguien cambiaba de posición.
Camila tenía la espalda contra la pared y las rodillas recogidas. El frío de la madera se le metía por la camiseta. Cada vez que cerraba los ojos veía los restos del rincón o el cuerpo de Mateo en aquel claro. La cabeza abierta. El brazo arrancado. Las moscas. El olor dulce no se iba. Se había pegado a la ropa, al pelo, a la piel. Incluso cuando intentaba respirar por la boca lo sentía en la lengua.
Tomi habló bajo, casi sin voz:
—¿Creen que siguen ahí fuera?
Nadie contestó.
La respuesta era obvia. Todos lo sabían.
Leo estaba sentado junto a la puerta con el cuchillo en la mano. No lo había soltado desde que entraron. Sofía tenía los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo. Naiara no se había movido de su sitio cerca de la ventana tapada. Parecía escuchar algo que los demás todavía no oían.
A eso de la una, según el reloj roto de Leo, se escuchó el primer ruido.
Un paso lento.
Después otro.
Fuera, cerca de la pared trasera. La madera crujió apenas, como si alguien la rozara al pasar.
Leo apagó la linterna de golpe.
La oscuridad los tragó por completo. Solo se oía la respiración entrecortada de los cinco y el sonido suave de alguien moviéndose alrededor de la cabaña. Pasos pesados. Irregulares. No intentaban esconderse.
Sofía agarró el brazo de Camila sin darse cuenta. La mano le temblaba.
Naiara se había puesto de pie sin hacer ruido, pegada a la pared.
Los pasos rodearon el edificio con calma.
Lentos. Seguros. Como si quien caminara conociera cada rincón de aquel sitio. En un momento se detuvieron justo delante de la puerta. Se escuchó una respiración gruesa, casi un resoplido húmedo. Después el olor se volvió más fuerte. El mismo dulce podrido de siempre, pero más cerca, más espeso, como si se filtrara por las rendijas.
Camila apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.
El corazón le golpeaba tan fuerte que pensó que se oiría desde fuera.
De pronto se escuchó una voz.
No era un grito. Era un sonido gutural, bajo, arrastrado, como si alguien intentara hablar con la garganta llena de tierra y hojas. No se entendían palabras claras. Solo el tono. Largo. Llamando. O avisando a otros.
Otro sonido respondió desde más lejos, entre los árboles.
La misma voz deformada. Más grave.
Había más de uno.
Al menos dos. Quizá tres.
Leo susurró tan bajo que apenas se le oía:
—No se muevan. No hagan ningún ruido.
Pasaron minutos que se sintieron eternos.
Los pasos se alejaron un poco. Después volvieron. Alguien raspó la madera de la puerta con algo duro. Un metal. O una uña demasiado larga y gruesa. El sonido fue lento, de arriba abajo, como si estuvieran marcando el sitio o probando la resistencia de la madera.
Tomi soltó un quejido ahogado. Leo le tapó la boca de inmediato con la mano libre. El chico temblaba.
Después, silencio.
Largo.
Completo.
Tan quieto que dolía de los oídos.
Cuando Leo volvió a encender la linterna, con el haz muy bajo, no había nadie visible a través de las rendijas. Pero el olor seguía ahí, pegajoso, como si se hubiera quedado atrapado dentro con ellos.
Nadie habló durante un buen rato.
El cuerpo de cada uno estaba rígido. Los músculos dolían de la tensión.
Al amanecer, cuando la luz gris empezó a filtrarse por las grietas del techo, Leo se acercó a la puerta con el cuchillo listo. La abrió despacio, centímetro a centímetro.
Afuera, en el suelo de tierra húmeda, había huellas nuevas.
Grandes. Irregulares. Igual que las que habían visto días antes. Algunas se hundían profundo. Otras parecían arrastrarse un poco. Y junto a la puerta, clavado en la madera con un trozo de alambre oxidado, había un trozo de tela.
La camisa a cuadros de Mateo.
Manchada de oscuro. Rota en un lado. Colgando como un aviso claro, casi burlón.
Camila sintió que se le helaba la sangre de golpe.
Sofía se llevó las manos a la cara y soltó un sonido ahogado.
Tomi dio un paso atrás y tropezó con un trozo de madera.
Naiara miró las huellas y después el trozo de tela. Su voz salió baja y sin sorpresa:
—Ya saben que estamos aquí. Y quieren que lo sepamos. Esto no es una amenaza. Es un mensaje.
Leo arrancó la tela con cuidado y la tiró lejos, entre los arbustos. Las manos le temblaban un poco.
—Nos vamos. Ahora. No podemos quedarnos otra noche en este sitio. Ni una hora más.
Empacaron lo poco que tenían en silencio. El miedo ya no era solo miedo. Era algo más concreto y pesado. Sabían que los estaban cazando. Y que la familia de las colinas, o lo que fueran aquellas cosas, no tenía ninguna prisa. Jugaban. Los empujaban. Los cansaban.
Cuando salieron de la cabaña, el bosque parecía más quieto que nunca.
Ni un pájaro.
Ni el viento.
Pero todos sintieron las miradas.
Invisibles.
Pacientes.
Esperando el momento exacto para bajar del todo.
Camila miró una última vez la cabaña detrás de ellos.
Los huesos seguían dentro.
El trozo de camisa seguía en el suelo.
Y por primera vez desde que llegó a Hollow Creek entendió que no estaban huyendo.
Los estaban llevando exactamente donde querían.
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo