Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 11
Capítulo 11
A la mañana siguiente bajamos a desayunar y yo hice lo posible por no mirar a Dante.
No me salió muy bien.
Lo veía de reojo y mi cabeza volvía sola al baño del día anterior.
Su pecho mojado.
El vapor.
Mi mano sobre su piel.
La forma en que su cuerpo había reaccionado contra mí.
Qué oso.
Tomé café como si el café pudiera salvarme. Luego piqué fruta. Luego volví al café. Todo con la cabeza baja.
Dante levantó la vista una sola vez.
Yo bajé más la cara.
Bravo, Ximena. Muy discreta.
Terminamos de desayunar y salimos del comedor. Él iba adelante. Yo detrás, todavía mirando el piso como si ahí estuvieran todas las respuestas de mi vida.
Dante se detuvo de golpe.
Yo choqué contra su espalda.
—Ay.
Me llevé una mano a la nariz. Su espalda estaba durísima. Claro. Porque el señor no podía tener ni la espalda normal.
Dante se giró.
—¿Te pegaste?
—Poquito.
Me miró la nariz. Luego los ojos.
—¿Tienes algo contra mí?
—¿Qué?
—No me miras.
Me quedé tiesa.
—Sí te miro.
—No.
La vergüenza me subió al cuello.
—No tengo nada contra ti.
—Entonces deja de caminar con la cabeza abajo.
—Dante...
—¿No puedo verte o tú no puedes verme?
Abrí la boca.
La cerré.
Porque la respuesta verdadera era horrible: sí podía verlo. Demasiado. Y cada vez que lo hacía, recordaba cosas que no debía recordar antes de las nueve de la mañana.
—Ninguna de las dos —dije al fin.
—Entonces camina derecha.
—Está bien.
Él sostuvo mi mirada un segundo más.
Yo hice lo que pude para no mirar su boca.
—¿Vas a la oficina?
—Sí.
—Te llevo.
Grupo Montalvo quedaba para otro lado. Robles Diseño no estaba en su ruta y yo ya me sentía una molestia con patas.
—Ya decidí qué coche quiero —solté.
Dante alzó apenas una ceja.
—¿Cuál?
—Una Maserati. Si se puede.
—Se puede.
Así. Sin drama. Sin preguntarme si estaba segura, si era demasiado cara, si no prefería algo más “prudente”.
Sólo: se puede.
Mi estómago hizo una cosa rara.
—Hoy, si no tengo cena de trabajo, vamos a verla.
—Gracias.
Dante frunció el ceño.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Gracias.
Me acomodé el cabello detrás de la oreja.
—Si me compras un coche, lo normal es agradecerte.
—Hay otras formas.
Lo dijo tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Yo dejé de respirar medio segundo.
—¿Otras formas?
Su mirada bajó a mi boca.
No fue mucho. Apenas un segundo.
Suficiente.
La escena se armó sola en mi cabeza: yo acercándome, él quieto, sus manos en mi cintura, su boca...
No. Basta.
—Las acciones sirven más que las palabras —dijo.
Acciones.
Claro.
Acciones.
Me sentí ridícula por pensar en eso, pero ya lo había pensado. Y una vez que una idea así se mete en la cabeza, no sale. Se sienta, cruza la pierna y se queda viendo.
Miré a Dante.
Traía traje oscuro, camisa clara y el cuello abierto lo justo para que una pudiera volverse tonta si no tenía cuidado. Su cara seguía seria. Nada en él parecía pedir nada.
Eso lo hacía peor.
Me puse de puntas antes de arrepentirme.
Le di un beso en la mejilla.
Fue rápido. Su piel estaba fresca, recién afeitada, con olor a loción y jabón caro.
Cuando bajé los talones, Dante no se movía.
Tenía los ojos puestos en mí.
—¿Así está bien? —pregunté.
Mi voz salió bajita.
Qué vergüenza.
Dante miró mi cara. Luego mi boca.
—Sí.
Una sola palabra.
A mí me latía el corazón como si hubiera hecho algo mucho peor que besarle la mejilla a mi propio esposo.
—Entonces vámonos.
Salí primero porque necesitaba aire.
Dante se quedó en la entrada.
El beso había sido mínimo. Apenas una presión suave en la mejilla.
Y aun así el contacto seguía ahí.
Ximena había olido a crema y a café. Tenía las pestañas temblando cuando se acercó, como si estuviera haciendo una locura.
Dante tocó con la lengua la parte interna de su mejilla.
No entendía por qué ella había elegido su cara.
No sus labios.
Se quedó mirando la puerta por donde Ximena acababa de salir.
Después apretó la mandíbula.
Qué estupidez ponerse a pensar en eso.
En el coche fuimos callados.
Yo quería decir algo. Cualquier cosa.
¿Bonito clima?
¿Qué tal tu agenda?
¿Crees que besar mejillas cuenta como acción suficiente para pagar una Maserati?
No dije nada.
Dante tampoco.
El señor Ramírez manejaba con esa capacidad admirable de parecer invisible.
Cuando llegamos a Robles Diseño, Dante cerró la laptop.
—Llegamos.
—Sí. Gracias.
Me miró.
—Ximena.
—Perdón. Ya sé. Menos gracias.
—Antes de salir, mándame mensaje.
—Está bien.
Bajé del coche con más prisa de la necesaria.
Dante la vio entrar al edificio.
Ximena caminaba rápido, como si escapara de algo.
De él, quizá.
Dante apoyó la cabeza contra el respaldo.
Nunca había sido un hombre divertido. No sabía llenar silencios con tonterías ni contar historias para hacer reír a una mujer en el coche.
Con Lorena casi nunca hablaba. Las pocas veces que se vieron antes de la boda, todo fue correcto, limpio, aburrido.
Con Ximena, en cambio, el silencio le pesaba.
Tal vez porque ella sí le importaba más de lo que le convenía admitir.
Cerró los ojos.
—Al Grupo Montalvo —dijo.
El coche arrancó.
En el elevador de Robles Diseño había varias personas.
Y Lorena.
Por supuesto.
Porque mi vida no podía regalarme una mañana tranquila.
Entré de todos modos.
No había hecho nada malo.
La luz del elevador cayó sobre mi mano y el diamante brilló. Demasiado. Una compañera lo vio enseguida.
—Ximena, qué anillo tan precioso. ¿Te lo dio el señor Montalvo?
Sentí la mirada de Lorena antes de verla.
—Sí —respondí—. Él me lo dio.
—Tiene muy buen gusto.
Sonreí apenas.
—Sí.
No iba a dar explicaciones en un elevador lleno. No era mi estilo andar presumiendo matrimonio. Menos uno que todavía me hacía sudar las manos.
Lorena no dijo nada.
Pero miró mi dedo como si el diamante la hubiera insultado personalmente.
El anillo no era el que ella había elegido para su boda con Dante.
Aquél había sido suyo. A su medida. Con su gusto. Con su sueño de entrar a la familia Montalvo.
El día de la boda, cuando vio a Dante ponerle a Ximena un anillo que no era de Ximena, Lorena se consoló con eso.
No era para ella.
No era especial.
Dante sólo estaba cumpliendo.
Pero el anillo nuevo ya no le dejaba esa mentira.
Había sido comprado después.
Para Ximena.
El elevador se abrió.
Yo iba hacia diseño cuando Lorena me llamó.
—Ximena.
Respiré por la nariz.
—¿Qué quieres?
Se acercó directo a mi mano.
—Ese anillo. ¿De verdad te lo compró Dante?
—Sí.
—¿Cuándo?
—El día que fuimos a comer a casa de mis papás. Después me llevó a una joyería.
Lorena apretó los labios.
—¿Por qué?
La miré.
—Porque estamos casados.
—Eso no responde.
—Sí responde. Sólo no te gusta.
Sus ojos se humedecieron de rabia.
—Cuando yo iba a casarme con él, el anillo lo escogí yo. Él ni siquiera se involucró.
—Entonces pregúntale a él.
—¿Me lo estás presumiendo?
Solté una risa seca.
—No inventes.
—Antes no lo traías así. Hoy llegas con eso en la mano, dices delante de todos que él te lo compró y quieres que crea que no lo haces para molestarme.
—Lorena, si un anillo en mi mano te destruye la mañana, ése no es mi problema.
Se quedó helada.
Yo también.
Pero no me arrepentí.
—Te gusta verme así, ¿verdad? —dijo—. Te gusta sentir que ganaste.
—No gané nada.
—Tienes a Dante.
—Porque tú lo perdiste.
Su cara cambió.
—No fue mi culpa.
—Claro.
—No sabes lo que pasó.
—Sé suficiente.
Me acerqué un paso. No grité. No hacía falta.
—Ayer ya te lo dije en la oficina de papá, pero parece que no escuchas si no te conviene. Todo esto empezó por una decisión tuya. No por mí. No por Dante. Por ti.
—Ximena...
—Y lo peor no es que te equivocaras. Todos se equivocan. Lo peor es que sigues queriendo que los demás carguen con tus consecuencias.
Lorena tragó saliva.
—Somos hermanas.
—Entonces empieza a tratarme como una. No como una bolsa donde puedes tirar tu culpa.
Los pasillos estaban demasiado callados.
Algunos fingían no escuchar.
Qué considerados.
—Eres egoísta —murmuró Lorena—. Nunca piensas en cómo me siento.
Eso sí me dio risa.
Pero no de alegría.
—¿Y tú cuándo pensaste en mí?
No respondió.
—Te protegieron tanto que ahora cualquier límite te parece una agresión.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No me hables así.
—Entonces deja de venir a reclamarme cosas que tú rompiste.
Me di la vuelta.
Esta vez no me temblaron las piernas.
Lorena se quedó en el pasillo.
Las palabras de Ximena le ardían más que el brillo del anillo.
Cobarde.
Protegida.
Culpable.
No quería escucharlo.
No podía.
Durante años, Lorena había tenido todo acomodado para ella: la familia, el futuro, los contactos, las invitaciones, el prometido perfecto.
Dante Montalvo era parte de esa vida.
Su vida.
Y ahora lo veía caminar hacia Ximena con una facilidad que jamás había tenido con ella.
Lorena cerró los dedos hasta clavarse las uñas en la palma.
No.
No iba a quedarse mirando cómo su hermana menor ocupaba su lugar.
—Voy a recuperar lo que es mío —murmuró.
Nadie le contestó.