A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 21
Capítulo 21: ¿Puedo agregar mis huellas?
Entré. Max cerró la puerta y nos quedamos los dos solos en ese privado que olía a alcohol y a perfume ajeno.
—Lo que dijo esa mujer y lo que escuchaste en el salón… —empezó él, pasándose la mano por la cara—. Renata, yo no…
—Oí lo que le dijiste a ella —lo corté—. Que lo que te gusta es cómo es tu esposa.
Se quedó callado. Por primera vez vi a Maximiliano Lazcano sin saber qué hacer con las manos. El hombre que dominaba salas de juntas, que hacía sudar a Augusto con una frase, estaba ahí parado, mudo, como un muchacho al que cachan en una verdad demasiado grande para decirla.
—Pensé que te molestaba —solté, todo de una vez, porque si no lo decía ya no lo iba a decir nunca—. Pensé que creías lo que gritó Daniela en el bosque, que yo cité a Patricio. Pensé que te arrepentías de haberte casado conmigo. Llevo semanas imaginándome lo peor, sola en esa cama enorme, mientras tú dormías en un sillón a tres metros.
—Yo también me imaginé lo peor —dijo, ronco—. Por eso el sillón. No sabía cómo preguntarte si todavía lo querías, y preferí no preguntar a oír un sí. Soy un cobarde para esto, ya te dije.
Nos miramos, los dos idiotas, rotos por el mismo lado.
Yo respiré hondo. Era ahora o nunca. Saqué el estuche del bolso y se lo tendí.
—Te hice esto. Llevo semanas. —Lo abrió: los gemelos de esmeralda brillaron sobre el terciopelo—. Sé que tú usas unos que cuestan siete cifras. Estos no valen nada al lado. Pero estos los hice yo, con mis manos, pensando en ti. Déjame ponértelos.
Le tomé la muñeca —él dejó, quieto, como si temiera espantar algo— y le desabroché los gemelos de oro que traía, esos carísimos, y los guardé en el estuche. En su lugar le puse los míos. Le quedaban. Le quedaban perfectos.
—Listo —dije, con la voz temblándome—. Ahora cuando alguien te quiera tocar, traes algo mío en la muñeca para acordarte de a quién perteneces.
Algo se le rompió en la cara. Algo del hielo.
—¿A quién pertenezco? —repitió, bajito.
—A mí —dije, robándole su propia palabra del bosque, y me ardió la cara al decirlo—. Igual que dijiste que yo era tuya. Funciona para los dos, ¿no?
Y entonces hice algo que me daba un miedo horrible. Le tendí la mano abierta.
—Tu teléfono.
—¿Mi teléfono?
—Quiero registrar mi huella. Para poder abrirlo. —Levanté la barbilla, aunque por dentro me temblaba todo—. No para espiarte. Para confiar. Si vamos a estar juntos de verdad, no quiero un marido con cosas cerradas con llave. Y yo tampoco voy a tener nada cerrado para ti. ¿Puedo agregar mis huellas?
Max me miró un largo rato. Y luego, sin una palabra, sacó el teléfono, lo desbloqueó y me lo puso en la mano. Yo registré mi huella, una, dos veces, con el corazón latiéndome en los dedos.
Cuando terminé, él me quitó el teléfono. Pero no lo guardó. Tomó mi mano entre las suyas, y una por una, con una paciencia infinita, fue registrando también todas mis huellas, dedo por dedo, presionando cada yema contra el sensor como quien archiva un tesoro.
—Las diez —dijo, ronco—. Para que entres a todo lo mío cuando quieras. No tengo nada que esconderte, Renata. Lo del sillón, lo de estas semanas… no fue por otra mujer. Fue por idiota. Por celoso. Vi cómo te miraba ese sobrino, oí lo que gritó la otra, y me metí en la cabeza que a lo mejor tú todavía… —Apretó la mandíbula—. Me alejé en vez de preguntarte. Soy bueno para los negocios y un desastre para esto.
—Para esto los dos somos un desastre —dije, y se me escapó una risa con lágrimas—. Pero te equivocaste. Yo no quiero a Patricio. Hace mucho que no. Lo que no quiero es volver a ver a una mujer entrar a un cuarto detrás de ti. —Lo agarré de las solapas, envalentonada—. Así que me voy a quedar aquí, contigo, toda la noche, para que no se repita. ¿Entendiste?
No sé en qué momento empecé a tutearlo. Solo sé que el "usted" que llevaba semanas usando como un muro se me cayó solo, ahí, entre las esmeraldas y las huellas, y ya no lo volví a levantar. Lo sentí raro y perfecto a la vez, como estrenar zapatos que resultan ser de tu medida.
Max me oyó tutearlo. Lo notó. Y por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad.
Me jaló de las solapas que yo le sostenía y me encerró contra su pecho, con los dos brazos, hundiendo la cara en mi pelo, del lado bueno.
—Quédate —murmuró—. Toda la noche. Toda la vida, si quieres.
Estábamos así, tan cerca que yo sentía su corazón desbocado bajo la camisa, cuando unos golpes discretos en la puerta nos separaron. Adrián, del otro lado, carraspeó.
—Disculpen. Pero allá afuera hay alguien preguntando por la señora Lazcano. Es… el señor Bracamonte. Augusto.
Max suspiró, me acomodó un mechón, recuperó su porte de hielo como quien se pone una armadura, y me ofreció el brazo.
—Vamos. Y esta vez, entras del brazo del que de verdad manda.
Salimos al salón juntos. Y Max, ante el primer conocido que se acercó, me presentó con una claridad que no dejaba lugar a chismes:
—Mi esposa. Renata.
Augusto nos interceptó cerca del bar, con su mejor sonrisa de suegro y su peor intención.
—¡Renata, hija! Qué elegante te ha puesto el matrimonio. Aunque, mira, deberías cuidar más las formas, una dama de tu nueva posición no debería andar… —Me midió de arriba abajo, buscando la herida vieja—. En fin. Se nota de dónde vienes.
Antes, esa frase me habría encogido. Esa noche, con las huellas de Max todavía calientes en mis dedos, ni pestañeé.
—¿De dónde vengo, señor Bracamonte? —dije, alto y claro, para que se oyera—. Porque hasta hace poco usted juraba en sus clubes que yo era su hija. Decídase: ¿soy su hija cuando le conviene un buen yerno, y una cualquiera cuando le conviene humillarme? Aclárese, y de paso aclárele a toda esta gente que nos está oyendo.
Augusto se puso rojo. Abrió la boca, la cerró, buscó alrededor algún aliado y solo encontró sonrisas disimuladas y miradas que ya no le tenían respeto, sino curiosidad por ver hasta dónde llegaba la hija que había despreciado. Balbuceó algo de "los nervios de la fiesta" y se retiró hacia el bar, derrotado.
Max, a mi lado, no dijo nada. Pero me apretó la mano, una sola vez, fuerte, y cuando lo miré tenía en la cara algo nuevo: orgullo. No el orgullo de quien exhibe una posesión, sino el de quien ve a alguien que quiere por fin ponerse de pie solo.
—Te defendiste sola —murmuró—. No me necesitaste.
—Te tengo de respaldo —dije—. Es distinto a necesitarte. Es mejor.
Algo se le encendió en los ojos al oír eso. Y yo, por primera vez en una sala llena de apellidos, no me sentí la arrimada, ni la recogida, ni la de segunda mano.
Me sentí la señora Lazcano. Y, más que eso, me sentí Renata, que es lo que más trabajo me había costado en la vida.
yo si quiero...no sé tú 😂😂