Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
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Capítulo 8
Cap 8: Confesión con recompensa
—No me duele —dijo Dulce, quitando el pie—. No me lo torcí. Ya, levántate, que la gente ve.
Emiliano le apretó una vez más el tobillo, comprobando, y se levantó satisfecho.
—No está hinchado. —Se sacudió las rodillas mojadas—. Pero pisas con cuidado el resto del camino.
—Sí, papá.
Se le escapó. Y en cuanto lo dijo se mordió la lengua, porque él sonrió de un modo que no debía, y ella apuró el paso para que la oscuridad le tapara la cara.
La acompañó hasta la residencia guardando los tres pasos de distancia, religiosamente, ni uno menos. Y en todo el trayecto —esto Dulce lo notó, y le sorprendió, y no supo dónde acomodar la sorpresa— no volvió a preguntar quién la había llamado. Ni una vez. Aunque se le veía, por la mandíbula tensa, que se moría por hacerlo. Se lo tragó. Se lo guardó. Le respetó el "no es tu asunto" que ella le había gritado bajo la lluvia, aunque cada paso le costara.
Eso, más que el rescate, más que la chamarra, fue lo que la dejó pensando el resto de la noche.
En la puerta del edificio se detuvo.
—Hasta aquí —dijo—. No subo. Que descanses.
—La chamarra —recordó Dulce, agarrándose el cierre—. Toma, te la…
—Otro día. —Ya se estaba dando la vuelta, las manos en los bolsillos, empapado bajo la llovizna—. Me la devuelves otro día. Métete, que hace frío.
Y se fue, calle abajo, sin paraguas, porque el paraguas también se le había quedado a ella.
*
—A ver. —Fer la interceptó apenas cruzó la puerta del cuarto, con los ojos como platos—. A. Ver. ¿De quién es esa chamarra?
—De nadie. —Dulce cerró la puerta con el hombro—. Me la prestaron porque llovió. Voy a bañarme.
—¡Trae número! —Fer le brincó encima y le dio la vuelta para verle la espalda—. ¡Nueve! ¡Nueve! Karla, ¡el nueve!
Karla, tirada en su cama con los audífonos puestos y el control en las manos, no despegó los ojos de la pantalla.
—El número nueve es Emiliano, el témpano ese —dijo, matando a alguien en el videojuego—. El del cartel.
—¡EL DEL CARTEL! —Fer se llevó las dos manos a la boca—. Dul. Dulcita. Dulce María Serrano Robles. ¿Tú traes puesta la chamarra de la estrella del equipo?
—Me la prestaron. Por la lluvia. Ya. —Dulce agarró su toalla y se metió al baño antes de que la interrogaran más—. Ahorita salgo.
Cerró la puerta y se recargó en ella, con la chamarra todavía puesta, y respiró. Del otro lado, oía a Fer dando de brincos y a Karla soltando comentarios secos que la hacían gritar más.
Y una tercera voz. Una que hasta entonces no había hablado.
—Qué bonita chamarra —dijo la voz, suave, aterciopelada—. Se ve cara.
Dulce salió del baño ya bañada, con la pijama puesta y la chamarra doblada bajo el brazo, y se encontró con la nueva roomie sentada muy derechita en el borde de su cama.
Brenda Ávila. Llevaba dos días de haberse cambiado al cuarto y todavía no cruzaban más de tres palabras. Era guapa de una manera pulida, de las que se arreglan las uñas los domingos, y tenía una forma de sonreír que llegaba a la boca pero no a los ojos.
—Hola —dijo Brenda—. Perdón que me meta. Es que Fernanda no deja de gritar. —La sonrisa—. ¿Emiliano, el basquetbolista famoso? ¿En serio te prestó su chamarra?
—Fue por la lluvia —repitió Dulce, ya cansada de decirlo.
—Qué suerte. —Brenda ladeó la cabeza, y algo pasó por sus ojos, rápido, que Dulce no alcanzó a leer—. Media escuela mataría por que ese le prestara hasta un lápiz.
—Media escuela, sí —dijo Karla desde su cama, sin quitarse los audífonos—. Y de esa media escuela, unas cuantas ya se lo trabajaron. Guapas, con coche, con lana. Y a todas les dijo que no. Por eso le dicen el témpano. —Reanudó el juego—. Así que ya nada más falta entender por qué a la de Letras que ni lo pela sí le prestó la chamarra. Misterios de la vida.
Brenda no dijo nada. Pero Dulce, que iba pasando junto a ella para colgar la chamarra en el respaldo de la silla, la vio estirar la mano y rozar la tela con las yemas, despacio, como quien toca algo que quisiera para sí, y luego retirar la mano y apretar los labios en una línea fina.
—¿Me la prestas tantito? —dijo Brenda, y la sonrisa volvió—. La chamarra. Para ver la talla.
—Es que… la voy a devolver. —Dulce la colgó fuera de su alcance, sin saber bien por qué—. Mejor no.
—Ay, era broma. —Brenda se recostó—. Qué celosa saliste con una chamarra que ni es tuya.
Fer se plantó en medio del cuarto y dio dos palmadas.
—Órale, junta de emergencia. —Señaló a las tres—. Karla, pausa. Brenda, tú de testigo. Dulce, siéntate. Esto no se queda así.
Karla pausó el juego. Milagro.
—A ver —dijo Fer, y sacó el teléfono con una solemnidad de fiscal—. Explícame esto.
Le puso la pantalla en la cara. Era una foto. Del salón, de esa mañana, tomada por algún compañero: Emiliano sentado junto a Dulce en la clase abierta, inclinado hacia ella, diciéndole algo al oído. Debajo, un comentario con veinte reacciones: "La estrella de básquet vino a Letras nada más a sentarse con esta. ¿Quién es? 👀".
Dulce sintió que se le iba la sangre a los pies.
—Yo… —Las tres la miraban. Tres pares de ojos. Fer emocionada, Karla curiosa, Brenda muy quieta—. No es lo que parece.
—¿Y qué parece? —Karla, seca.
—Parece que el galán más inalcanzable del campus caminó hasta Letras, se metió a una clase que no es suya y se sentó contigo. —Fer contaba con los dedos—. Y luego te prestó su chamarra. Con su número. Que ahorita traes doblada bajo el brazo como reliquia.
—¡No es reliquia! —Dulce la aventó a la cama—. Se la voy a devolver.
—Dul. —Fer se le sentó enfrente, de pronto suave, con ojos de cachorro—. Dime la verdad. ¿Te gusta? ¿Andas con él? ¿Desde cuándo? ¿Por qué no me contaste? Soy tu mejor amiga, casi tu hermana, prácticamente…
—¡No ando con él! —Dulce se agarró la cabeza. Y como el silencio siguió, como las tres seguían mirándola, como necesitaba una salida y la necesitaba ya, dijo lo primero medianamente creíble que se le ocurrió—. Es que… me confundió. Con otra persona. Emiliano me confundió con alguien más. Por eso lo de la clase, y la chamarra, y todo. Fue un malentendido. Ya lo aclaramos. No es nada.
Se hizo un silencio.
Fer entrecerró los ojos, no muy convencida. Karla arqueó una ceja. Y Brenda —Brenda fue la que habló.
—¿Te confundió? —Se inclinó un poquito hacia adelante, con una curiosidad demasiado atenta—. ¿Con quién?
—Con… —Dulce hizo un gesto vago—. Con alguien.
—¿Con alguien de aquí? —Brenda seguía—. ¿Del cuarto? —Una pausa, y bajó la voz, y en la voz había un hilo raro, hambriento—. ¿Conmigo?
Dulce, agotada, sin fuerzas para armar otra mentira, sin ver la trampa que se abría bajo esa pregunta tan simple, asintió con la cabeza.
—Sí —dijo, mecánica—. Ándale. Eso. Contigo.