Arianna Falcone creyó que la muerte de Lucio Castelli, capo de la Sagrada Familia, significaría por fin su libertad. Se equivocó.
Con la organización al borde de una guerra interna, su padre pretende utilizarla otra vez y casarla con el hombre que consiga hacerse con el poder.
La única salida es Nino Farina.
Tiene veinte años, una sonrisa fácil y la violencia corriendo por las venas. Para impedir que los antiguos capitanes de Lucio recuperen el control, deberá tomar la Sagrada Familia. Y Arianna puede darle la legitimidad que necesita.
La solución: un matrimonio por contrato.
Seis meses. Habitaciones separadas. Ninguna obligación. Y una cláusula que le permite a Arianna marcharse cuando quiera.
No es amor. Solo una alianza.
Hasta que Arianna descubre junto a Nino todo aquello que nunca sintió con su primer marido: curiosidad, deseo y seguridad.
Porque esta vez no será elegida sin poder decidir.
Esta vez, ella también elegirá.
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Aprendiendo a ser un esposo
Arianna
—¿Estás bien? —pregunto al hombre que sonríe a mis pies.
—Muy bien —responde.
Coloco mis manos en mis caderas cuando me doy cuenta.
—¿Me estás viendo las bragas?
—Solo estaba chequeando que no estuvieras usando bragas con corazones, porque al parecer esas tienden a caer a las piscinas si no las supervisas.
—Deja de mirarme las bragas, Farina.
—Es mi derecho como esposo.
—No dice eso en el contrato.
—Ya mismo llamo a mis abogados —responde antes de sentarse y pasar la mano por su nuca—. He tenido malos despertares, pero este se lleva el premio.
—No exageres.
—Me quedarán un chichón.
—Tienes una herida de bala.
—El chichón me importa más —dice haciendo un mohín.
Reprimo la sonrisa y paso delante de él.
—¿Por qué estabas durmiendo afuera de mi puerta?
—Quería probar la calidad de la madera de las puertas.
—Estoy hablando en serio —digo mientras camino a la cocina y enciendo la cafetera.
No puedo empezar mi día sin un café. Y se siente demasiado bien saber que puedo hacerlo. Puedo tomar cualquier café que desee de la extraordinaria colección de Nino.
—Yo también.
—Nino —digo en advertencia.
Se sienta en uno de los taburetes.
—Fue una pequeña fortuna. Solo quiero sacarle provecho a mi dinero. Y en caso de que te lo preguntes, son excepcionalmente cómodas para dormir.
Suspiro.
—Creo que necesito una taza de café antes de intentar razonar con un Farina.
—E hijo del medio. No te olvides de ese importante detalle.
—Oh, créeme, no podría —digo mientras me sirvo café. Sacudo mis pestañas y le sonrío—. ¿Qué quiere mi esposo?
—¿Un beso de buenos días?
—¿Qué tal un café?
Hace otro mohín y esta vez no puedo reprimir la sonrisa.
Nino cada día me agrada más.
Su humor fácil.
Como se preocupa.
Como me cuida.
Como me defiende.
Recuerdo a Gia.
Me defendió de ella, de la mujer con la que se acostó.
Y ni siquiera me hizo nada desagradable, pero eso no evitó que me defendiera.
Es la primera vez que alguien me defiende, sin contar a mi madre, claro.
—Está bien. Un macchiato, por favor.
—Saliendo —digo y me apresuro a trabajar en la cafetera, que creo que ya decifré—. ¿Qué harás hoy?
—Es domingo.
—Lo sé.
—El día del señor.
—No uses la religión para excusar tu vagancia.
Sonríe.
—Solo digo, que es domingo y estoy recién casado.
Un frío baja por mi espalda cuando recuerdo otra mañana. El día después de que me casé con Lucio.
Las sábanas con sangre… la forma en que todos miraron esas sábanas, algunos con horror, otros con fascinación y otros con desagrado.
La forma en que Lucio exhibió nuestra intimidad con un orgullo desquiciado delante de todos sus hombres.
Como diciendo es mía y puedo romperla si quiero.
Lo odié.
Odié cada segundo de ese matrimonio.
—¿Estás bien?
Sonrío.
—Sí. Muy bien de hecho —digo y le entrego su café—. Este día está empezando mucho mejor que en mi anterior boda. Y anoche fue mucho mejor que mi otra noche de bodas.
—No tuvimos una noche de bodas.
—La tuvimos —replico—. Y fue perfecta. —defiendo la mejor noche que he vivido en años—. Hace mucho tiempo que no dormía tan a gusto.
Los pulmones de Nino se desinflan, como si mis palabras le hubiesen quitado un peso de encima.
—Me alegra saber eso, Ary —susurra—. ¿Entonces nuestra noche de bodas le ganó a la anterior?
Asiento.
—Sí. —Llevo la taza a mi boca—. Aunque la verdad no recuerdo mucho. Me desmayé del dolor esa noche, y cuando desperté ya era de día.
El rostro amable de Nino desaparece por completo.
Como si nunca hubiese existido.
Su mirada fría se clava en la mía.
—¿Qué dijiste?
Su voz no es alta.
Eso la hace peor.
Dejo lentamente mi taza sobre la encimera.
—Nino…
—¿Te desmayaste?
No respondo inmediatamente. No porque no quiera. Porque conozco esa expresión.
La mandíbula apretada.
Los ojos completamente fríos.
Las manos inmóviles alrededor de su taza.
No está perdiendo el control.
Está haciendo todo lo posible por conservarlo.
—Sí.
Una vena se marca en su cuello.
—Del dolor.
Asiento.
Nino aparta la mirada solo durante un segundo. Después deja su café sobre la isla con tanta delicadeza que resulta mucho más inquietante que si lo hubiese lanzado contra la pared.
—¿Y él qué hizo?
—No importa.
Sus ojos vuelven a mí.
—Importa.
—Está muerto.
—Eso tampoco hace que deje de importar.
Me abrazo a mí misma no porque tenga frío, porque necesito sentir algo a mi alrededor.
Nino lo nota. Por supuesto que lo nota.
Su expresión cambia inmediatamente.
La furia sigue ahí. Puedo verla. Pero retrocede un paso.
—Mierda. Perdón.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué te disculpas?
Se pasa ambas manos por el rostro.
—Porque no debería hacerte sentir que tienes que contarme nada.
—No me estás obligando.
—Pero me estoy enojando delante de ti por algo que te pasó a ti.
Abro la boca, sorprendida.
Nunca nadie había pensado en eso.
La gente se enojaba.
Mi madre lloraba.
Mi hermana me culpaba.
Los hombres de Lucio miraban hacia otro lado.
Pero nadie se había preguntado si su reacción se convertía en otra cosa que yo tuviera que manejar.
—Estoy bien —digo.
—Ya sé.
—¿Entonces?
—Entonces sigo queriendo arrancarle la cabeza aunque ya no tenga una.
Una risa absurda intenta salir de mí.
Me muerdo el labio.
Nino me mira.
—No era un chiste.
Eso empeora todo.
Me río.
Una risa pequeña.
Nerviosa.
Él suelta aire por la nariz.
—Definitivamente tengo problemas —dice.
—Muchos.
—Gracias por el apoyo, esposa.
—Temporal.
Por primera vez desde que le conté, una parte de su expresión se relaja.
Solo un poco.
Después rodea la isla.
Se detiene a varios pasos de mí.
—¿Puedo acercarme?
Lo miro.
—Nino.
—Pregunto en serio.
Mi pecho se aprieta.
Asiento y él avanza despacio.
Cuando está frente a mí levanta una mano, pero no me toca.
Espera.
Yo cierro la distancia y apoyo la frente contra su pecho.
Nino exhala.
Sus brazos me rodean con cuidado.
Nada más.
No aprieta.
No me inmoviliza.
Solo está aquí, conmigo.
Huele exactamente igual que ayer.
Su perfume.
Café.
Él.
Cierro los ojos.
—Lo siento, Ary.
—No tienes nada que sentir.
—Sí. —Su barbilla roza suavemente mi cabeza—. Siento que hayas vivido eso. —Trago el agujero en mi garganta—. Lucio sufrió.
Me quedo quieta.
No sé por qué esas dos palabras me atraviesan de una forma extraña.
Sabía que murió.
Sabía que no fue una muerte tranquila.
Nunca pregunté demasiado.
Fabiano tampoco me contó.
—Mucho —continúa. Su voz vuelve a endurecerse—. Y quiero que sepas que no fue rápido.
Levanto la cabeza.
Sus ojos encuentran los míos.
No hay satisfacción en su rostro.
Tampoco arrepentimiento.
Solo verdad.
—Nino…
—Sé que no es suficiente. —Parpadeo—. No hay nada que pudiéramos hacerle que fuera suficiente para devolver lo que te quitó. —Mi garganta se cierra. Nino baja la voz—. Pero sufrió.
Una parte de mí debería sentirse mal por el alivio que esas palabras provocan.
No lo hace.
Quizás algún día.
Hoy no.
—Y tu padre…
Su mandíbula vuelve a tensarse.
—Mi padre está vivo.
—Sí.
Hay algo en la manera en que responde que hace que levante una ceja.
—Nino.
—¿Qué?
—Seguirá vivo.
—Nino.
—No estoy haciendo nada.
—Esa no fue mi pregunta.
—Tampoco hiciste una pregunta.
Lo miro.
Él sonríe apenas.
Supongo que tiene razón.
—No quiero que lo mates.
Su sonrisa desaparece.
—Bien.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
—¿Bien?
—Bien.
—¿Así de fácil?
—No. —Eso consigue que casi sonría—. Pero si tú no quieres que lo toque, no lo tocaré. —Hace una pausa—. A menos que vuelva a intentar lastimarte.
Mi cuerpo se tensa apenas.
Nino lo siente.
Sus manos se deslizan lentamente desde mi espalda hasta mis brazos.
—Escúchame. —Lo hago—. No va a volver a hacerlo. —Su voz es tranquila. Segura—. No quiero prometerte que nunca volverás a tener miedo. Sería una estupidez. Ni siquiera puedo prometerte que nunca volverás a encontrarte con gente horrible. —Sus pulgares rozan suavemente mis brazos—. Pero sí puedo prometerte una cosa. —No sé por qué dejo de respirar, pero lo hago—. Nadie va a volver a ponerte una mano encima mientras yo pueda evitarlo.
Mis ojos empiezan a arder.
—Nino…
—Para llegar a ti primero van a tener que pasar sobre mí. —Sonríe ligeramente. No es su sonrisa habitual. Esta no tiene humor—. Y créeme, Ary. Nadie va a pasar sobre mí.
Una lágrima se escapa. Qué ridículo.
La limpio rápidamente.
—Eso sonó muy arrogante.
—Soy un Farina.
—Claro.
—Además, ayer me dispararon y llegué igual a mi boda.
—Tarde.
—Antes que tú.
—Por un minuto.
—Lo que dije, llegué antes.
Le pego suavemente en el pecho.
—Idiota.
Nino sonríe.
Y ahí está de nuevo. El hombre que hace que todo pese un poco menos.
—¿Quieres desayunar? —pregunta.
—Todavía no.
—¿Qué quieres hacer?
La pregunta me sorprende.
No porque sea complicada.
Porque es sencilla.
¿Qué quiero hacer?
Miro hacia los ventanales.
El sol empieza a entrar entre los árboles.
La casa se ve completamente distinta de día.
Anoche llegamos cuando ya estaba oscureciendo y no pude ver mucho más allá de la terraza.
—Quiero conocer el lugar.
—¿La casa?
—Todo.
Nino sigue mi mirada.
—Entonces ponte zapatos.
—¿Eso es una orden?
—Una recomendación basada en tu historial con tacones y barro.
—Qué considerado.
—Estoy aprendiendo a ser esposo.
—Temporal.
—Voy a quemar ese contrato.
Me río.
demasiado erotico, intenso, pasional y tan hermoso a la vez vaya es hermoso cuando cumples tus fantasias 🔥🔥😈😈