Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.
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EL FOSO Y EL ACERO
El sonido del impacto del Ascensor B contra los amortiguadores hidráulicos del segundo subterráneo no fue como Mateo lo imaginó. No hubo una explosión de fuego, sino una sacudida seca, ensordecedora y brutal que hizo crujir cada hueso de su cuerpo.
Mateo volvió en sí en medio de una oscuridad casi absoluta. El aire olía a polvo de yeso, cable quemado y grasa industrial. Sentía la garganta arder.
—¿Sofía...? —murmuró con la voz rasposa, intentando moverse.
Un dolor punzante le recorrió el hombro y el brazo izquierdo. Se palpó torpemente en la penumbra. El brazo estaba magullado y lacerado por el impacto contra la pared de la cabina, pero no estaba roto; podía mover los dedos. La suerte de que el elevador cayera desde la planta baja hacia el foso —una distancia de solo dos niveles subterráneos— evitó que la aceleración fuera letal. Los frenos de emergencia secundarios de la base habían amortiguado el golpe final a costa de destrozar el piso de la estructura.
Al salir de la bruma del aturdimiento, el primer sonido que se filtró por las ranuras deformadas de la cabina destruida fue un grito distante, amortiguado por capas de concreto y acero, pero inconfundible para su corazón:
«¡No! ¡Suéltame!»
Era la voz de Sofía. Venía desde los pisos superiores. Estaba viva, pero estaba luchando por su vida.
—¡SOFÍA! —gritó Mateo con todas sus fuerzas, incorporándose sobre sus rodillas entre los escombros de la luz fluorescente rota.
La rabia y la adictiva descarga de adrenalina anularon el dolor de su brazo. Tenía que salir de ese pozo de metal.
Se puso de pie dentro de la cabina del Ascensor B, inclinada en un ángulo de treinta grados. Trató de presionar el mecanismo de apertura manual de la puerta, pero el marco de acero de la cabina se había doblado por la compresión del choque, soldando prácticamente las dos hojas de metal contra la pared del foso subterráneo. No había forma de salir por la puerta frontal.
Entonces miró hacia arriba.
En el techo de las cabinas de ascensor comercial siempre existía una trampilla rectangular de mantenimiento para los ingenieros. Debido al violento impacto, la cubierta decorativa del techo se había desprendido parcialmente, colgando de un par de remaches retorcidos. Una pesada moldura de aluminio reforzado yacía en el suelo de la cabina, justo a sus pies.
Mateo sujetó la barra metálica con ambas manos. Usando la moldura como una palanca improvisada y un martillo de fortuna, comenzó a golpear frenéticamente los bordes de la escotilla de mantenimiento del techo.
¡CLANG! ¡CLANG! ¡CLANG!
Cada golpe resonaba en el foso como un tambor de guerra. Los remaches cedieron uno a uno bajo la fuerza bruta de su desesperación. Tras cuatro impactos certeros, la placa de metal superior cedió, cayendo hacia el interior y dejando al descubierto un hueco rectangular que conducía al hueco del ascensor.
Mateo se impulsó apoyando los pies en los pasamanos doblados de la cabina. Con el brazo derecho sano soportando el mayor peso y el izquierdo protestando de dolor, logró sacar el torso por la trampilla del techo.
Al asomarse al pozo del ascensor, la escena que vio unos metros más arriba le congeló la sangre.
A través de las rendijas de las puertas dobladas del piso 1 —el vestíbulo principal justo encima del foso— se escuchaban golpes masivos y secos. La horda de infectados que invadía la recepción del edificio había sido atraída por el estruendo de la caída del ascensor y por sus propios golpes contra la trampilla.
Decenas de manos pálidas, manchadas de sangre y con uñas rotas, comenzaban a colarse por la pequeña brecha de las puertas del primer piso, intentando palanquear el acero hacia afuera. Las criaturas rugían, amontonándose en el vestíbulo. El marco doblado del piso 1 cedería en cuestión de minutos, y cuando lo hiciera, decenas de infectados caerían directamente al foso... sobre él.
Mateo miró hacia arriba. A través de la penumbra del pozo del ascensor, los cables deshilachados colgaban como lianas metálicas hacia las alturas. Más arriba, en el segundo piso, la puerta del pozo parecía tener un ligero espacio abierto.
Tenía que escalar. Tenía que llegar a Sofía antes de que las criaturas derrumbaran las puertas del vestíbulo y llenaran el pozo de muerte.
Sujetó la moldura de aluminio entre sus dientes, estiró la mano hacia el cable secundario de tensión y comenzó a trepar hacia la oscuridad del segundo nivel.