Durante siete años, Estela Ríos fue la esposa perfecta.
Renunció a una carrera prometedora, cuidó sola de su hijo y hasta quedó marcada por el accidente en el que salvó la vida de Adrián Valadez, su famoso marido. A cambio, recibió indiferencia, desprecio y un arete de perla que cayó del bolsillo de él la noche en que su amor de juventud regresó al país.
Entonces Estela vio el futuro.
Vio su propia muerte. Vio a Adrián casarse con otra mujer. Y vio a su pequeño Mateo crecer abandonado hasta convertirse en un hombre condenado a un final terrible.
Lo que Estela jamás imaginó fue que su hijo de cuatro años también recordaba aquella vida.
Esta vez, ella no permitirá que nadie escriba su destino. Pedirá el divorcio, luchará por la custodia de Mateo y recuperará la carrera que dejó enterrada durante años. Pero mientras intenta comenzar de nuevo, aparece Maximiliano Alarcón: el multimillonario más codiciado del país, un hombre frío ante el mundo y sorprendentemente dulce con ella y con su hijo.
Max conoce sus flores favoritas, recuerda sus pequeños hábitos y siempre aparece cuando más lo necesita. Estela no entiende por qué… hasta que descubre que él lleva quince años amándola en secreto.
Mientras Adrián comprende demasiado tarde a qué mujer dejó escapar, Estela deberá enfrentarse a una verdad aún más peligrosa: el futuro que vio no fue una casualidad, y alguien alteró su destino mucho antes de que ella pudiera elegir.
Una vez entregó su vida al hombre equivocado.
Esta vez, amará únicamente a quien ella decida.
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Capítulo 10
Capítulo 10: El diario que ardió
Cumplió treinta y dos años un martes, y nadie de la casa Valadez se acordó.
Adrián andaba de rodaje fuera de la ciudad; llevaban tres días sin cruzar palabra que no fuera por Teo o por abogados. Doña Ofelia no había vuelto a poner un pie desde la tarde de los gritos. Así que fue un cumpleaños callado, de los que se pasan con un niño y un pastelito de la panadería de la esquina, con una vela chueca que Teo insistió en encender él solo.
—Pide un deseo, mamá —dijo el niño, con la carita iluminada por la llamita—. Pero de los buenos. De los que sí se cumplen.
Estela lo pensó. Después sopló.
No dijo el deseo. Pero por primera vez en años no pidió que Adrián cambiara, ni que la familia la quisiera, ni que las cosas se arreglaran solas. Pidió algo suyo.
Esa noche, cuando Teo se durmió, sacó del fondo del clóset una caja de zapatos que llevaba siete años sin abrir. Adentro estaba su vida de antes: la credencial de la universidad, unas fotos, un boleto de camión doblado. Y el cuaderno.
El diario.
Lo había empezado a los veinte, cuando conoció a Adrián. Lo reconoció al tacto antes que a la vista: las tapas gastadas, la liga floja, las esquinas suaves de tanto abrirlo. Se sentó en el suelo con él en el regazo y, contra todo su buen juicio, lo abrió.
La letra de aquella muchacha le dio ternura y vergüenza a partes iguales. Redonda, ilusionada, llena de signos de admiración. "Hoy me sonrió y creí que me moría." "Dice que soy distinta a las demás." "Voy a cuidarlo toda la vida. Aunque nadie más lo haga, yo sí."
Página tras página, la muchacha del cuaderno se iba borrando a sí misma. Al principio escribía de sus clases, de sus amigas, de un examen, de una película. Después, cada vez menos. Después ya solo escribía de él. De lo que a él le gustaba, de lo que a él le molestaba, de cómo hacerlo feliz. La última entrada, de hacía años, era una lista: cosas que dejar de hacer para no incomodarlo. Reír fuerte. Opinar en las cenas. Salir con Fer entre semana.
Estela leyó esa lista dos veces. Reconoció, renglón por renglón, cómo se había ido apagando. Cómo se había convencido de que borrarse era amar. Cómo el amor —o lo que ella había creído que era amor— la había ido gastando hasta dejarla en sombra, en la esposa que pedía permiso para comprarle zapatos a su propio hijo.
Lo más raro no era la tristeza. Era la extrañeza. Leía a esa muchacha enamorada hasta los huesos y no lograba reconocerse del todo en ella. ¿De verdad había sentido todo eso? ¿Con esa fuerza, esa entrega ciega, esa certeza de que sin él se moría? Se acordaba de haberlo sentido, sí, pero ahora, a la distancia, aquel enamoramiento le parecía casi ajeno, como el recuerdo de una fiebre alta: intensísimo mientras dura, imposible de explicar una vez que pasa. Como si nunca hubiera sido del todo suyo. Sacudió la cabeza. Estaba cansada, se dijo. Se le ocurrían tonterías.
No lloró. Eso ya lo había hecho. En su lugar cerró el cuaderno, se levantó, y subió a la azotea del edificio con él en la mano y una caja de cerillos de la cocina.
Arriba corría un aire limpio, frío. La ciudad brillaba abajo, ancha y encendida. Estela se acuclilló junto a una cubeta vieja de metal, arrancó las hojas por puños y las fue prendiendo.
El fuego agarró rápido. "Hoy me sonrió." "Voy a cuidarlo toda la vida." Las palabras de la muchacha de veinte años se ondularon, se pusieron doradas en los bordes y se volvieron ceniza gris que subía y se deshacía en el aire. Estela las miró arder sin nostalgia, casi con alivio, como quien por fin suelta un peso que cargó mucho tiempo sin saber que lo cargaba.
No estaba quemando a Adrián. Estaba quemando a la que había sido por él.
—¿Estela?
Se sobresaltó. Emiliano —su hermano menor, Emi, dieciocho años de puros codos y buenas intenciones— asomó por la puerta de la azotea, con una chamarra que le quedaba grande y una bolsita en la mano.
—Me abrió el portero —dijo, medio apenado—. Vine desde la central. Es que... es tu cumpleaños. No iba a dejar que te la pasaras sola.
A Estela se le hizo un nudo en la garganta que el diario entero no le había sacado.
—Emi. —Apagó los últimos rescoldos con el pie—. Estás loco. Son tres horas de camión.
—Cuatro. —Se encogió de hombros, sonriendo—. Con el tráfico.
Se sentaron los dos en el pretil, con la cubeta humeando entre ellos. Emi hurgó en la bolsita y sacó una cajita torpemente envuelta.
—No es gran cosa —se adelantó, poniéndose colorado—. Estuve cargando cajas en la bodega del señor Beto los sábados. Junté para esto. Quería darte algo... no sé. Que fuera tuyo.
Estela abrió la caja. Adentro, sobre un algodón, había una cadenita delgada de plata con un dije: una hilera de estrellitas menudas, tres, enganchadas una junto a la otra.
—Me acordé de cuando éramos chicos —dijo Emi, mirándose las manos—. Que me sacabas al patio a ver las estrellas para que no oyera los pleitos de la casa. Decías que mientras hubiera estrellas no estábamos solos. —Tragó saliva—. En la casa siempre fue primero yo, ya sé. Por ser el hombre. Y tú aguantabas todo para que a mí no me tocara. Nadie te regaló nunca nada, hermana. Se me hizo que ya iba siendo hora.
Estela cerró los dedos sobre la cadenita, y esta vez sí se le salieron las lágrimas, pero eran de otra cosa, de una tibia por fin.
—Póntela —le dijo, y se dio vuelta para que él le abrochara el broche en la nuca, con esos dedos grandotes y torpes de hermano.
Las estrellitas le quedaron frías sobre la clavícula un segundo, después tibias.
—Cuando termines con todo esto —dijo Emi, mirándola con esa lealtad tozuda de hermano menor—, te vienes al pueblo con Teo aunque sea unos días. Yo te cuido allá. Y voy a estudiar en serio, hermana, te lo juro. Voy a entrar a la universidad. Para que un día seas tú la que no tenga que aguantarle nada a nadie. —Se puso colorado otra vez—. Ya, no me hagas caso. Me pongo cursi de noche.
Estela se rio y le revolvió el pelo, como cuando eran chicos.
Ya tarde, cuando Emi se durmió en el sillón y la casa quedó en silencio, Estela entró de puntitas a ver a Teo. El niño había dejado sobre el buró una estrella de papel, doblada por él, chueca y hermosa, junto a un papelito: "Para mamá lucero."
Se rio bajito. Puso la estrella de papel junto a la de plata, en el buró, las dos titilando apenas con la luz de la calle.
Fue al pasar frente al calendario de la cocina, ya para apagar la última luz, cuando lo vio. Una fecha del mes siguiente, marcada con un círculo rojo que ella no había hecho —lo habría puesto Adrián meses atrás y ella lo habría olvidado por completo—: la reunión de aniversario de la Preparatoria Juárez.
Su preparatoria. La de los diecisiete años, la de antes de todo.
Estela se quedó mirando el círculo rojo un largo rato, con la ceniza del diario todavía en las uñas y las estrellitas nuevas tibias en el cuello, sin saber por qué el corazón le había dado un vuelco tan raro por una simple fiesta de exalumnos.