Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?
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Capítulo 13
Capítulo 13
Desperté a las diez. Tardé unos segundos en reconocer mi vestido sobre la silla, la botella de agua junto a la cama y el mensaje de Damián abierto en el teléfono.
La cita había sido a las nueve.
Le escribí que iba en camino. Me lavé la cara, me puse un vestido azul y salí con los lentes oscuros en una mano y los zapatos todavía sin ajustar. En el taxi bebí lo que quedaba de agua. Me dolía la cabeza, tenía el estómago revuelto y no sabía cómo iba a explicarle a la funcionaria que no había cambiado de opinión: me había quedado dormida.
Damián seguía frente al Registro Civil.
Llevaba un traje gris claro y la corbata torcida. Al verme bajar del taxi guardó el teléfono y se pasó una mano por el saco.
—Perdón —dije—. No oí la alarma.
—Ya me di cuenta.
No había ironía suficiente en su voz para que me tranquilizara. Miré la puerta.
—¿Perdimos la cita?
—Julián está hablando con ellos.
Me quité los lentes. Había esperado hora y media y lo primero que quería saber yo era si aún podían atendernos. Él me observaba de una manera extraña, sin tocarme, como si no hubiera terminado de creer que me quedaría.
—Qué nervios, carajo —murmuró.
Lo oí. No quise obligarlo a repetirlo.
—Trae chueca la corbata.
Levanté las manos y deshice el nudo. Damián bajó un poco la cabeza para ayudarme. Le rocé el cuello al ajustar la tela y recordé que, en menos de una hora, podría hacer eso sin que nadie me preguntara por qué. La idea me desconcertó más que el trámite.
—Ya —dije—. Ahora sí parece que se casa.
—Ahora sí me caso.
Julián salió por nosotros. La cita extraordinaria para ese domingo estaba autorizada y el expediente, preparado desde los días anteriores. Nos habían esperado, pero ya no podíamos demorarnos.
La funcionaria comprobó los datos y me preguntó si estaba en condiciones de continuar. Le dije que sí. Había bebido la noche anterior; sabía dónde estaba, sabía lo que íbamos a firmar y podía decidirlo sin el valor prestado del mezcal. Cuando me preguntó si deseaba celebrar el matrimonio, volví a decir que sí.
Damián estaba sentado a mi lado. Julián permanecía cerca de la puerta y una secretaria acomodaba los documentos. No había familia, música ni flores. Yo había pedido que fuera así y, aun así, sentí la ausencia de mi madre cuando la funcionaria empezó a hablar de la ayuda mutua y del respeto.
Miré el calendario de la pared. Tenía el anuncio de una refaccionaria; mi papá había colgado uno parecido en el taller. Tuve que apartar la vista también de ahí.
Habíamos convenido un año. Eso explicaba por qué estaba allí, pero no evitaba que quisiera recordar cómo sonó la voz de Damián al aceptar.
Firmé. Él recibió la pluma después de mí y se inclinó sobre el documento. Vi nuestros nombres juntos mientras la funcionaria revisaba las firmas. En las hojas que yo había leído tantas veces eran dos partes de un acuerdo. En el acta eran nuestros nombres.
Al terminar, revisamos una última vez el convenio privado antes de firmarlo también. La separación de bienes constaba en el registro. En nuestro acuerdo quedaba el compromiso de hablar del divorcio al cumplirse doce meses y presentar la solicitud; el aniversario, por sí solo, no terminaría el matrimonio.
Me detuve en esa cláusula. Seguía ahí. Damián esperó a que pasara la página.
—Se mantienen mis dos condiciones —le recordé—. Sin fiesta y sin decírselo todavía a mis papás.
—Se mantienen.
Julián reunió las dos copias certificadas del acta. Damián indicó que las guardaría juntas y las puso en la caja de documentos del coche. Me quedé con mi copia del convenio en la bolsa.
Ya estaba hecho. Revisé el teléfono por costumbre y encontré un mensaje de mi madre preguntando si iba a comer en casa. Le contesté que no sabía a qué hora volvería.
Camino a Las Lomas, Damián se detuvo junto a una calzada de jacarandas.
Había una pareja de recién casados posando cerca de un coche compacto. El fotógrafo intentaba acomodar la falda de la novia sin dejar su cámara en el suelo. Damián me pidió que esperara y bajó.
Lo vi hablar con ellos y señalar nuestro coche. El novio se rio; la novia miró hacia donde yo estaba. Poco después, Damián volvió a abrirme la puerta.
—Les presté el coche para sus fotos. Él nos toma unas con mi teléfono.
—¿Para qué?
—Para mi abuela. Va a pedir una foto.
Me alisé el vestido antes de bajar. No llevaba ramo. Tampoco había pensado en peinarme para una fotografía de boda y ahora no sabía dónde poner las manos.
—Aquí, junto a él —indicó el fotógrafo.
Damián me rodeó la cintura. La novia nos sonrió desde la sombra; le devolví la sonrisa, agradecida por una amabilidad que no requería conocer nuestra historia.
Una ráfaga movió las ramas. Cayeron algunas flores sobre su saco y una se me quedó en el pelo. Fui a quitármela, pero el fotógrafo pidió que no nos moviéramos.
—Más cerca. Abrácela bien, joven. Es su esposa.
Damián me acercó a su costado. Yo había oído esa palabra dentro del registro y no me había producido lo mismo. Allí acabábamos de firmar; aquí un desconocido la decía al pedirnos una fotografía, como si el resto de nuestra vida ya fuera evidente.
—Ahora mírense.
Volví la cara. Él ya me estaba mirando.
Esperé una burla pequeña, una indicación en voz baja para que saliera bien el teatro. No dijo nada. Me costó sostenerle los ojos y terminé bajándolos, todavía con una sonrisa que no había decidido poner.
El fotógrafo tomó la foto.
Al devolvernos el teléfono, Damián se detuvo en esa imagen. Yo apenas la vi por encima de su mano: las flores, mi vestido azul, su brazo en mi cintura. Quise pedirle que me la mandara. Me dije que no hacía falta, que era para su abuela, y volví al coche.
—Ahora vamos a la casa —anunció.
—¿Su casa?
—Donde vamos a vivir. Villa Serena.
Repetí el nombre.
—Serena. Se parece a...
—Es el nombre que tenía cuando la compré.
Lo dijo antes de que terminara. Miré su perfil y luego el teléfono que había dejado junto a la palanca. La foto seguía abierta.
Estuve a punto de insistir, pero él puso el coche en marcha. Guardé el convenio y me quedé mirando el camino hacia la casa que acababa de llamar nuestra.