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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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16. Tortura
Valentín cogió el alicates. Lo sostuvo en la mano derecha, probando el peso, abriendo y cerrando las mordazas con un chasquido metálico. Volvió a la silla.
- “¿Cuánto llevas vendiendo información a la Guardia Civil?”, inquirió Valentín.
El hombre abrió los ojos de golpe.
“No ha sido a la Guardia Civil. Ha sido a un tipo del Cuerpo Nacional, uno solo, me pagaba por los horarios de los camiones, yo no quería…”, respondió el hombre.
- “Cuánto”, dijo Valentín.
- “Seis meses. Quizá siete”, contestó el hombre.
- “¿Cuánto te pagaron?”, preguntó Valentín.
- “Mil por mes. A veces mil quinientos”, dijo el hombre.
Valentín se quedó inmóvil. El alicates en la mano derecha, la izquierda en el bolsillo. Miró al hombre durante cinco segundos sin parpadear. Luego se inclinó hacia delante y agarró el dedo meñique izquierdo del hombre, que tenía la mano atada a la espalda con la palma hacia fuera. Las bridas de plástico le habían cortado la piel de las muñecas y había sangre seca en los bordes.
El hombre empezó a temblar antes de que el alicates se cerrara.
- “No, por favor, no, te lo r…”, suplicó el hombre.
El chasquido del hueso se oyó en todo el almacén. Fue un sonido corto, como partir una rama seca de olivo. El hombre soltó un alarido que rebotó en las paredes de chapa y se apagó en el techo. El cuerpo se retorció en la silla, las piernas se movieron en espasmos, los pies descalzos resbalaron por el hormigón.
Valentín soltó el meñique y cogió el anular de la misma mano.
- “Los horarios de los camiones. ¿A quién más se los diste?”, inquirió Valentín.
- “A nadie, te lo juro, solo a él, solo a ése, no había nadie más…”, dijo el hombre.
Otro chasquido, otro hueso y otro grito. Esta vez el hombre se inclinó hacia delante, como si intentara doblarse sobre sí mismo, pero las ataduras lo sujetaron. La orina que tenía en la vejiga se escapó en un hilo que bajó por el pantalón y goteó sobre el hormigón.
Lucas observaba. No miraba a otro lado. No cerraba los ojos. Tenía la mandíbula apretada y los puños cerrados dentro de los bolsillos de la chaqueta de cuero, pero no se movía. Raúl, contra la pared, se había dejado de comer pipas. Los otros dos miraban al suelo.
Valentín dejó el alicates sobre el suelo, junto a la pata de la silla. Cogió la botella de gasolina del plástico. Destapó la botella con los dientes. El olor llenó el almacén de inmediato, denso y dulzón, mezclado con el olor a orina y a sangre fresca que empezaba a brotar de los dedos rotos.
- “Vas a decirme el nombre del agente”, ordenó Valentín.
- “Te lo digo, te lo digo, te lo digo”, el hombre hablaba entre jadeos, con la cabeza colgando hacia delante y el sudor goteándole de la nariz. “Se llama Fuentes. Agente Fuentes. Es del Cuerpo Nacional de Policía, destacado en la comisaría de la calle Reyes. Me contactó él, yo no le busqué, te juro que no le busqué”.
Valentín sostuvo la botella de gasolina a treinta centímetros de la cara del hombre. No vertió nada. Solo la sostuvo.
- “¿Qué le diste exactamente?”, preguntó Valentín.
- “Horarios de salida, matrículas, rutas. Solo de los camiones de Huelva, no toqué los de Cádiz, no toqué los de…”, respondió el hombre.
- “¿Le diste nombres?”, inquirió Valentín.
El hombre cerró el ojo bueno. La mandíbula le temblaba.
- “Sí”, dijo el hombre.
- “¿Qué nombres?”, preguntó Valentín.
Los de los conductores. Los de dos cargadores en el puerto. Nada más”, respondió el hombre.
Valentín vertió un chorro de gasolina sobre el regazo del hombre. El líquido amarillento empapó el pantalón y bajó por las piernas, goteando al suelo. El hombre soltó un gemido agudo, como de animal asustado, y empezó a sacudirse en la silla.
- “Por favor, no, no, no, tengo una hija, tiene cuatro años, por favor…”, suplicó el hombre.
Valentín dejó la botella en el suelo, medio vacía. Se incorporó. Se miró las manos, se limpió los dedos con un pañuelo blanco que sacó del bolsillo interior de la chaqueta. Dobló el pañuelo y lo guardó.
- “La niña no es mi problema. Tú sabías lo que pasaba si te pillaban. Lo sabías antes de empezar a vender mis rutas”, dijo Valentín. “¿Sabes por qué estás aquí?”
El hombre abrió la boca, pero no respondió.
- “Estás aquí porque la Guardia Civil paró un camión en la autovía A-49 hace tres semanas. Dentro iban trescientos kilos. Trescientos. Y el conductor cantó. Cantó que la información venía de la comisaría de la calle Reyes. Y de ahí llegaron a ti”, expresó Valentín.
El hombre cerró los ojos. La cabeza le cayó hacia delante, sobre el pecho.
- “Lo siento. Lo siento. No sabía. No sabía que iba a pasar eso”, dijo el hombre.
- “El arrepentimiento no me sirve de nada”, dijo Valentín. “El camión parado me cuesta dinero. El conductor cantando me cuesta confianza”, comentó Valentín.
Se agachó otra vez. Le cogió la cara al hombre con una mano, obligándole a mirarle.
- “Pero no voy a matarte. No hoy”, dijo Valentín.
El hombre soltó un quejido que podría haber sido alivio o terror.
- “Vas a volver con Fuentes. Le vas a decir que todo está bien. Que la ruta de Huelva se ha reactivado. Que los camiones salen el jueves a las cuatro de la mañana. Y vas a esperar a que él te pase la información a sus contactos”, expresó Valentín.
- “¿Quieres que…?”, cuestionó el hombre.
- “Quiero que le des una ruta falsa. Un camión que no existe. Con una matrícula que no existe. Y cuando la Guardia Civil pare ese camión fantasma en la autovía, sabremos exactamente por dónde ha pasado la información”, dijo Valentín.
El hombre asintió con la cabeza, frenético.
- “Sí. Sí. Lo haré. Lo que me pidas. Todo”, dijo el hombre.
Valentín le soltó la cara. Se incorporó. Se apartó del cono de luz y caminó hacia la penumbra del fondo del almacén, donde la bombilla desnuda parpadeaba.
- “Lucas”, dijo Valentín.
Lucas levantó la vista.
- “Lleva a este a la calle. Déjale ir. Que un hombre de Raúl le siga durante una semana. Si contacta con alguien que no sea Fuentes, lo traes de vuelta”, ordenó Valentín.
Lucas asintió. Se acercó a la silla, sacó una navaja del bolsillo interior de la chaqueta de cuero, y cortó las bridas. El hombre se desplomó hacia delante, y Lucas le agarró del brazo para que no cayera al suelo. Le arrastró hacia la puerta. Raúl la abrió y el aire nocturno del polígono entró en el almacén, mezclándose con el olor a sangre, orina y gasolina.
Lucas dejó al hombre apoyado contra la pared exterior de la nave. Le dio un pañuelo de papel para la cara.
- “Vete. No pares hasta que estés en tu casa. Y si hablas con alguien que no sea Fuentes, te encontraré antes de que termines la frase”, advirtió Lucas.
El hombre asintió, se puso en pie como pudo, y caminó cojeando hacia la oscuridad del polígono. Lucas le vio alejarse, luego cerró la puerta y volvió a entrar.