Eduardo Belmont lo tiene todo: poder, dinero y el control absoluto de un imperio empresarial. Pero tras la muerte de su esposa, el hombre más temido del mundo corporativo se convirtió en una sombra. Se refugió en el trabajo, en noches vacías y en una frialdad que mantuvo a todos a distancia, incluida su propia hija.
Clara tiene apenas meses de vida y nunca ha sentido los brazos de su padre.
Cuando Alana llega a la mansión Belmont como niñera, lo único que espera es un empleo estable. Lo que encuentra es una casa llena de silencio, una bebé que necesita amor desesperadamente y un hombre que parece incapaz de sentir. Pero detrás de la mirada gélida de Eduardo, Alana descubre algo que nadie más ha visto: un corazón roto que todavía late.
Lo que comienza como un deber profesional se transforma en algo que ninguno de los dos puede controlar. Cada sonrisa de Clara los acerca. Cada roce accidental enciende algo prohibido. Y mientras Eduardo lucha contra lo que siente por la mujer que le devolvió la luz, alguien observa desde las sombras, dispuesta a destruir todo lo que Alana ha construido.
Entre la pasión que crece, los secretos que acechan y una obsesión peligrosa que amenaza con arrasar con todo, Eduardo tendrá que decidir: seguir escondiéndose detrás de su armadura de hielo... o arriesgarlo todo por el amor que jamás creyó merecer.
Una historia de segundas oportunidades, amor prohibido y la familia que el destino tenía reservada.
NovelToon tiene autorización de Vitória Tavares para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23 — Una mañana ligera
La luz suave de la mañana atravesaba las cortinas de la habitación de Clara, pintando el ambiente en tonos dorados y delicados.
Mariposas decoraban las paredes.
La cuna blanca estaba junto a la poltrona.
Y, sobre la alfombra afelpada color rosa, la pequeña Clara ya estaba despierta desde temprano.
Sentadita, con su pijamita rosada, apretaba el osito contra su pecho mientras soltaba risitas.
— Ma-má…
La vocecita resonó por la habitación.
Alana, que acababa de entrar con el biberón tibia, sonrió.
— Buenos días, mi princesa.
Clara extendió los bracitos de inmediato.
Alana la tomó en brazos y le besó suavemente la mejilla regordeta.
— ¿Dormiste bien?
La bebé respondió con un balbuceo animado.
Fue entonces cuando unos pasos lentos resonaron en el pasillo.
Distintos a los pasos apresurados y fríos de siempre.
La puerta de la habitación se abrió despacio.
Eduardo apareció.
El cabello todavía ligeramente revuelto por el sueño.
Vestido con una pijama cómoda de seda azul oscuro, con las mangas dobladas.
Por un segundo, se detuvo en la puerta.
Observando la escena.
Su hija acurrucada en los brazos de Alana.
La luz de la mañana iluminando el rostro delicado de ella.
El cabello castaño recogido de forma sencilla.
La sonrisa dulce.
Y Clara completamente tranquila.
Algo en esa imagen le calentó el pecho.
— Buenos días.
La voz le salió baja.
Todavía ronca de sueño.
Alana giró el rostro hacia él.
Y, por un breve segundo, se sorprendió al verlo tan diferente del CEO impecable y frío.
Ahí, parecía simplemente un hombre común.
Guapo.
Y extrañamente más cercano.
— Buenos días, señor Eduardo.
Clara abrió una sonrisa enorme al verlo.
— ¡Da-dá!
Eduardo se acercó.
Se arrodilló junto a la alfombra y acarició la manita de su hija.
— Buenos días, mi princesa.
La bebé le agarró el dedo de inmediato.
Alana no pudo evitar una sonrisa.
— Creo que hoy amaneció de muy buen humor.
Eduardo alzó la mirada hacia ella.
Y, por primera vez, su mirada se detuvo unos segundos de más.
Sin frialdad ni prisa.
— Creo que amaneció feliz porque está bien cuidada.
La frase salió sencilla.
Pero cargada de significado.
El corazón de Alana se llenó de calidez.
— Es una bebé muy dulce.
Clara sacudió el osito, soltando otra risita.
Eduardo se sentó en la alfombra, junto a las dos.
Y aquella escena, tan común para cualquier familia, parecía casi inédita en esa casa.
La luz entrando.
La bebé jugando.
Alana al lado.
La mañana en silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, la mansión no se sentía vacía.
— ¿Vas a darle el biberón ahora? —preguntó Eduardo.
Alana asintió.
— Sí.
Se acomodó en la poltrona y colocó a Clara en su regazo.
La bebé sostuvo el biberón con sus manitas pequeñas.
Eduardo observaba en silencio.
La mirada pasando de su hija a Alana.
Había una ligereza en esa mujer que parecía contagiar el ambiente.
Y eso lo intrigaba.
— ¿Señor Eduardo?
La voz de Alana lo sacó de sus pensamientos.
— ¿Sí?
Ella sonrió levemente.
— ¿Quiere cargarla un rato después?
Por un segundo, pareció sorprendido.
Pero entonces asintió.
— Sí.
Y la palabra salió casi inmediata, sin titubeos.
Cuando Clara terminó el biberón, Alana se la entregó con cuidado.
Eduardo la recibió en sus brazos.
Esta vez, con naturalidad.
La bebé se acurrucó de inmediato en su pecho.
Los ojos de Eduardo se suavizaron.
— Creo que le estoy agarrando la maña.
Alana sonrió.
— Así es.
Y, en ese instante, ambos intercambiaron una mirada silenciosa.
Una mirada que decía más que cualquier palabra.
Tal vez aquella casa estaba empezando a reconstruirse.
Y tal vez… sin darse cuenta… él también.