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Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Posesivo / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:458
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10

—Señor Alcántara.

Intenté incorporarlo. Me respondió algo que no entendí y la cabeza se le fue hacia un lado.

Conseguí sacar una pierna de debajo de él y lo acomodé contra el suelo. Seguía respirando. La sangre del hombro le empapaba la camisa.

Miré hacia el camino.

Había un coche allí arriba. Si podía llegar, quizá encontrara un teléfono o a alguien dispuesto a ayudarme. También podía haber un hombre esperando a que saliéramos. No sabía cómo pedir auxilio sin dejar solo a Jerónimo.

Me quedé arrodillada a su lado.

Le había tenido miedo antes de conocerlo. Seguía teniéndoselo: a su poder, a lo que pudiera exigir cuando supiera de los niños. Pero aquel hombre estaba herido porque me había encontrado sin fuerzas para salir de un camino. No podía convertir mi miedo a lo que haría algún día en una razón para abandonarlo ahora.

—Necesito que me ayude un poco —le dije, aunque tenía los ojos cerrados—. Solo un poco.

Le aparté el saco y abrí la camisa lo necesario para encontrar la herida. Recordé las prácticas de primeros auxilios de mis salidas de montaña: pedir ayuda, contener el sangrado, no empeorar lo que no sabía tratar.

Usé la parte menos mojada de mi chamarra para hacer presión. No intenté explorar la herida. Me dolían las manos, especialmente la que me había cortado al bajar, y tuve que cambiar de apoyo sin aflojar.

Jerónimo abrió los ojos un instante.

—Lino…

—Lo están buscando. Usted le llamó.

No sabía si me oyó. Volvió a perderse.

El saco había quedado debajo de su hombro. Al apartarlo, se abrió el bolsillo interior y salió una funda de plástico doblada. La recogí antes de que cayera en el agua. No tenía dónde dejarla y me la guardé bajo la ropa, contra el pecho, para volver a usar las dos manos.

Trataba de recordar la hora en que había bajado de la quinta. Perdí la cuenta varias veces.

Cuando llegó la primera voz, no respondí.

—¡Señor Alcántara! ¡Renata!

Reconocí a Lino la segunda vez.

Grité.

La linterna apareció por encima del terraplén. Lino pidió una camilla mientras otro hombre se agachaba junto a nosotros. Dejé de presionar solo cuando me dijo que él ya sostenía el vendaje.

Me apartaron lo justo para trabajar. Jerónimo intentó moverse y volvió a quedarse quieto. Quise seguirlo cuando lo subieron, pero al ponerme de pie las piernas no me sostuvieron.

Lino regresó con una manta.

—También viene un médico para usted.

—¿Y él?

—Lo van a operar. Ya está preparado el traslado.

Me ayudó a subir hasta el camino. Allí supe que había pasado menos de una hora desde la llamada de Jerónimo. A mí me parecían varias.

Antes de irse conmigo, Lino me pidió discreción.

—Hay gente que no debe saber dónde lo atendemos. Todavía estamos buscando a quienes lo atacaron.

—No voy a dar su ubicación —respondí—. Pero lo que me hicieron en la quinta voy a contarlo. Mi gente me está buscando.

Él aceptó sin discutir. Me prestó un teléfono.

Poncho contestó enseguida. Había hablado con Herlinda y descubierto que Prudencia seguía en Las Lomas. Iba hacia la quinta con ayuda cuando lo llamé.

—No entres ahí —le pedí—. Ya salí. Te mando adónde me llevan.

En urgencias me limpiaron las manos, revisaron los golpes y comprobaron el embarazo. Me habían faltado fuerzas, no una certeza sobre lo que les había pasado a los bebés. Cuando la doctora me mostró los dos latidos, lloré sin intentar ocultarlo.

Me dejaron salir después de observarme y con indicaciones para volver si aparecía alguna señal de alarma. Poncho me llevó al departamento que conservaba para mí, lejos del que había compartido con Rodrigo.

Durante el trayecto llamé a Prudencia.

—Yo no te mandé a buscar a ninguna quinta —me dijo—. Herlinda asegura que…

—Luego hablamos con ella, abuela. Estoy a salvo.

Quise preguntarle por qué no me había llamado al saber que no estaba donde debía. No tenía energía para oír otra explicación de su familia.

Flor llegó esa tarde con ropa limpia. Le dije que podía quedarse si quería; ella ya había avisado a su hermana.

Antes de dormir, Poncho me explicó que contrataría a dos personas para acompañarme fuera de casa. No discutí. Había confundido actuar con discreción con seguir moviéndome sola, y la quinta me había mostrado el costo.

A la mañana siguiente llegó un paquete de Alcántara.

Adentro había una crema para la piel reseca del embarazo y una nota de Lino: “La eligió con indicación del médico. El señor preguntó si ya había podido descansar”.

La miré un buen rato.

No sabía si me servía. Lo que me desarmaba era que alguien hubiera pensado en una molestia pequeña después de verme cubierta de sangre. Rodrigo llevaba días preguntándose qué hacía yo para perjudicarlo. Ese hombre acababa de salir de una operación y había preguntado si dormía.

Le escribí a Lino para saber cómo estaba. Contestó que la cirugía había terminado y que Jerónimo seguía bajo vigilancia.

Solo entonces dejé el paquete en el buró.

Flor había puesto mi ropa mojada en una bolsa. Cuando fui a revisarla, recordé la funda que llevaba bajo la blusa. La saqué con cuidado.

Era una servilleta doblada.

Tenía un rostro apenas esbozado y una mancha de café en una esquina. Reconocí el trazo de los ojos. También la hoja doblada que había garabateado al margen, la misma forma que después llevé a los engarces de Vivian.

Lo había dibujado yo, años atrás, en una mesa de café.

No estaba firmado.

No recordaba haberlo regalado. Creía haberlo dejado allí al levantarme, como había dejado tantos apuntes que no pensaba conservar.

Lo extendí sobre la mesa sin alisar los dobleces. Jerónimo lo había protegido del agua, del roce, del tiempo.

Buscaba a V. Ahora entendía que no solo tenía cuadros comprados en una galería.

Tenía algo que yo ni siquiera recordaba haber perdido.

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