Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.
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EL DILEMA DEL ALTAR Y EL ARTE DE NEGOCIAR CON UN GIGANTE
Las risas y los aplausos de aquella cena inolvidable tardaron días en apagarse en los rincones de la Mansión Bustamante, dando paso a una nueva etapa llena de ilusión: la planificación del enlace. Sin embargo, lo que prometía ser un proceso idílico y pacífico no tardó en convertirse en el escenario del primer gran debate conyugal entre el magnate y su prometida. Los contrastes entre la personalidad imponente, terca y acostumbrada a los reflectores de Jeremías y la templanza práctica de Ana Belén chocaron de frente apenas abrieron los catálogos de organizadores de eventos en el estudio privado.
—Esto es una locura, Jeremías —exclamó Ana Belén, dejando caer sobre el escritorio un grueso muestrario encuadernado en piel con diseños de salones de gala—. ¿Una boda para quinientas personas en el hotel más exclusivo de la ciudad? ¿Orquesta filarmónica, alfombra roja y cobertura de la prensa internacional? ¿Te has vuelto completamente loco o te golpeaste la cabeza en la última terapia?
Jeremías, sentado cómodamente en su silla de ruedas frente al gran ventanal que daba a los jardines, la miró con absoluta seriedad, cruzando los brazos sobre su pecho con una rigidez que amenazaba con revivir al antiguo ogro.
—No estoy loco, Ana. Estoy hablando de nuestra boda —respondió el empresario con voz firme, sin ceder ni un milímetro en su postura—. No acepto que sea una boda sencilla, de esas discretas donde apenas asisten cuatro gatos. Si hacemos algo íntimo, la prensa rosa y los columnistas de chismes de la alta sociedad van a empezar a especular tonterías. Van a decir que el poderoso Jeremías Bustamante no quiso gastar plata en su mujer, o peor aún, que quiero esconderte, que me avergüenzo de ti o que te mantengo oculta como si fueras un secreto vergonzoso. ¡Y eso sí que no te lo voy a permitir! Mi mujer merece ser presentada ante el mundo por todo lo alto.
Ana Belén lo quedó mirando con los ojos entrecerrados, sintiendo cómo una chispa de exasperación encendía su temperamento. Apoyó las manos en la superficie de caoba del escritorio y se inclinó hacia él.
—¿Ah, sí? ¿De verdad me sales con ese cuento? —dijo ella con un tono desafiante—. Mira, Jeremías Bustamante, si insistes en imponerme esa superproducción de Hollywood y yo te digo claramente que no acepto casarme a lo grande, ¿qué vas a hacer?
Jeremías frunció el ceño, puso una cara de pocos amigos, con la mandíbula tensa y la mirada clavada en ella con un reproche sordo, antes de soltar el veneno que llevaba atragantado:
—En serio, Ana... ¿a qué le temes tanto? —espetó él con amargura contenida—. ¿Acaso le temes a que digan que te casaste en secreto conmigo porque en el fondo te da vergüenza mostrarme a la luz pública de la mano? ¿Te avergüenza que la gente vea que estoy en una silla de ruedas y prefieres evitar el qué dirán?
Las palabras cayeron como un latigazo en la habitación. Ana Belén sintió que la sangre le hervía en las venas. Se enderezó de golpe, cruzó los brazos y sacudió la cabeza con incredulidad antes de estallar:
—¡No empecemos de nuevo con tus inseguridades absurdas, por el amor de Dios! ¿Es que acaso no aprendiste nada de nuestra conversación la noche en que me confesaste tus fantasmas? ¡No me digas estupideces, Jeremías!
El empresario abrió la boca para replicar, pero ella no le dio tregua, levantando la voz con una autoridad que dejó mudo al magnate.
—Mira, viejo prematuro —le soltó Ana Belén con una mezcla de furia y afecto exasperado—, ¿qué carajos me importa a mí lo que diga la gente, la alta sociedad o los periódicos amarillistas? ¡Que hablen lo que les dé la gana, me resbala por completo! Lo que yo no quiero, lo que de verdad me revienta la paciencia, es pensar en tener que huir de los fotógrafos, de los reporteros y de los paparazzi persiguiéndome por todos malditos lados, metiéndose en nuestra vida privada, en la escuela de María Fernanda o en nuestros momentos de paz. Quiero llevar mi vida así, tranquila, sencilla, sin estar bajo el asedio constante de nadie. ¡Esa es mi única razón!
Jeremías se quedó en completo silencio, con el ceño fruncido y los ojos verdes fijos en el rostro enrojecido de la arquitecta. La dureza de su expresión fue desvaneciéndose poco a poco a medida que procesaba la lógica aplastante y sincera detrás de las palabras de Ana Belén. No era vergüenza ni rechazo hacia su condición; era el anhelo legítimo de una paz que el dinero de los Bustamante jamás había podido comprar.
Al notar el cambio en la postura del hombre, la tensión en los hombros de Ana Belén se aflojó. Sabía perfectamente que el orgullo de Jeremías era tan grande como su amor por ella, y que ceder en todo iba a dejarlo sintiéndose frustrado y derrotado frente a sus propios complejos. Tenía que encontrar un punto medio, una estrategia de negociación donde los dos salieran ganando sin lastimar susceptibilidades.
Con una sonrisa pícara iluminándole de pronto el rostro, Ana Belén dio dos pasos hacia adelante, se inclinó sobre los reposabrazos de la silla y con una gracia felina, rodeó el cuello de Jeremías con sus brazos antes de plantarle un beso largo, húmedo y profundamente caliente en los labios, saboreando el instante en que el cuerpo del empresario se estremecía y se rendía por completo ante su toque.
—Vamos a hacer algo mejor, mi amor bello —susurró ella contra su boca, rozando sus labios con una ternura infinita mientras le acomodaba el cuello de la camisa con complicidad—. Escúchame bien: nos casamos ahorita mismo por el civil, en una ceremonia íntima, rodeados únicamente de nuestra familia, de mis hijos, de tu mamá y de los más cercanos, sin cámaras ni extraños molestando. Y la boda por la iglesia... esa boda gigantesca, pomposa y llena de lujos que tanto deseas para presumirme ante el universo entero, la vamos a hacer exactamente cuando tú ya estés caminando por tus propios medios, en el nombre de Dios. ¡Ese día, te juro que nos casamos como tú quieras, con alfombra roja, orquesta y quinientos invitados si te da la gana!
Jeremías sintió que el aliento se le escapaba de los pulmones. La propuesta lo dejó completamente desarmado. El reto implícito en sus palabras —el desafío a ponerse de pie, a luchar en las terapias con una meta sagrada y a caminar hacia el altar para encontrarse con ella— funcionó como un potente chute de adrenalina directo a su corazón.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Jeremías con la voz ligeramente quebrada, mientras una sonrisa luminosa y llena de renovada esperanza le ensanchaba el rostro—. ¿Me estás proponiendo un trato donde me retas a caminar para darte el gusto en grande?
—Te estoy proponiendo exactamente eso gigante testarudo —le respondió Ana Belén con una risita traviesa, dándole un último y suave mordisco en el labio inferior antes de separarse un poco para mirarlo a los ojos—. Así que ya sabes: si quieres tu boda de cuento de hadas con medio mundo de testigo, tienes que empezar a doblar las horas de esfuerzo en rehabilitación, porque esta mujer no se va a poner un vestido de cola larguísima hasta que no te vea parado frente al altar esperando por mí.
El magnate soltó una carcajada llena de una energía indomable, una mezcla de desafío, amor desbordado y una motivación tan poderosa que le hizo sentir que las piernas, largamente dormidas, volvían a latir con sangre nueva. Extendió los brazos, la atrapó de la cintura y la arrastró hacia su regazo entre besos apasionados que sellaron de inmediato el pacto. La planificación había dejado de ser un campo de batalla para convertirse en la rampa de lanzamiento hacia el capítulo más ambicioso y transformador de sus vidas.