Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.
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CAPÍTULO 3
Llegué al final del pasillo y vi el nombre de la puerta: Director Fernández.
Tratando de calmar mi respiración, me acomodé la ropa y toqué la puerta.
Escuché una voz suave pero había una firmeza que lo delataba:
-Pase.
Acomodé mi ropa por última vez y entré a paso lento.
-Buenos días- sonreí mientras tomaba asiento en el sillón de enfrente de su escritorio.
Era un señor de unos cincuenta años: barba blanca bien cortada y elegante, un suéter de cuadros con unos pantalones de vestir.
-Gracias por venir. Quería hablar con usted personalmente sobre su solicitud.
Me quedé en silencio, esperando.
-Revisamos tu expediente y evaluamos tu postulación con mucho cuidado. Lamentablemente, no podemos ofrecerte una vacante para este ciclo.
-¿No fui aceptada? -pregunté, intentando asimilarlo.
-No. Sé que probablemente no es la respuesta que esperabas, y lamento tener que comunicárselo de esta manera. Esto no significa que no tengas capacidad para estudiar la carrera. Simplemente, este año hubo muchos postulantes y las vacantes eran limitadas.
Asentí lentamente.
-Entiendo.
-Podés volver a presentarte en el próximo período de admisión. Y, si querés, podemos explicarte cuáles fueron los criterios que se tuvieron en cuenta.
Asentí antes de ponerme de pie y salir de la dirección.
-Fracasé-susurré mientras sentía mi garganta cerrarse y aguantaba las lágrimas.
Afuera sentí que el bullicio mismo se burlaba de mi fracaso: filas largas de autos y gente yendo a su trabajo.
Lo único que pensaba era que a nuestra clase nos tocaba trabajar y ser esclavos del sistema, mientras que los ricos levantaban un dedo y ya tenían asegurada una vida o lo que quisieran, y debía admitir que eso me enojaba.
Caminaba sin rumbo definido hasta que me topé otra vez con el mismo muchacho de la universidad.
-¿Me estás siguiendo?-arremetí sin razón hacia él.
-Solo quería entregarte tu teléfono-respondió con una sonrisa impasible, algo encendió un sentimiento de enojo hacia él.
-Gracias.
Me di la vuelta y seguí caminando, cuando escuché un grito de ese extraño chico:
-¡Soy Elian Capell!
Me di vuelta para mirarlo.
-Morgana-dudé un poco, sonreí-:Morgana Sinclair.
No dejé que esa mala noticia me desanimara; rápidamente me concentré en conseguir un trabajo, porque sino, me tendría que volver al rancho, y una vez que probas la libertad no querés volver a esa jaula.
Estuve mucho tiempo buscando trabajo y no conseguí nada, hasta que vi que pedían una mesera para una gala de élite en la Casa Rosada y rápidamente mandé mi currículum para ver si pasaba la prueba.
Pasaban los días y cada vez que sonaba mi celular pensaba que era el correo de que me habían aceptado en el trabajo, pero siempre eran de aplicaciones o de casinos en línea pidiéndome jugar.
Cuando ya había perdido las esperanzas, llegó ese tan ansiado mensaje:
-Buenas tardes, señorita Castellantes, su solicitud de empleo ha sido aceptada.
La esperamos la semana que viene en la Casa Rosada.
No podía ser mejor el día.
Mi teléfono sonó con un sonido muy chirriante; al verlo, era mi Tete.
-¿Hola gurisa, cómo va todo allá?-su voz sonaba tal y cual recordaba.
-Hola, Tete-se me quebró la voz a mitad de frase-, no todo va tan bien aqui.
Noté la preocupación de ella a través de la llamada:
-¿Estás bien? ¿algo te pasó?-
-No me aceptaron en la universidad-largué todo lo que hace días apretaba mi pecho.
-Mi niña, la aceptación de una universidad no te hace más o menos capaz...
-Gracias, Tete, lo necesitaba.
Pasamos horas charlando hasta que mi abuela se fue a tomar unos mates con sus amigas de tejido.