Rosaly es una loba Alfa de pura sangre, primogénita de la manada Tierra de Fuego. Sin embargo, para huir de las guerras y de la presión por encontrar a su pareja ideal, se exilia en la ciudad y abre el Spa Serenidad Azul junto a su mejor amiga Thais. Su pacífica vida de oficina cambia por completo cuando dos hombres imponentes vestidos de traje entran exigiendo un masaje VIP.
Al cruzar miradas, su loba ruge una palabra: «¡MATE!». El cliente de ojos carmesí es Asmodeo Vane, el mismísimo Rey del Inframundo. Él busca a unos demonios traidores compinchados con brujas oscuras y con el tío rebelde de Rosaly para destruir a su familia.
Rosaly no es una sumisa damisela en apuros y Asmodeo no acepta un «no» por respuesta. En medio de un sensual tira y afloja entre la CEO de la ciudad y el Soberano del Abismo, se sellará la alianza más peligrosa de sus vidas. ¿Podrá el fuego del infierno domar el orgullo de la manada?
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CAPITULO 24 CARRITOS REBELDES Y PASILLOS DE COMBATE
Mientras en el apartamento de Ciudad Azul se libraba una batalla contra el armario —Rosaly llevaba dos horas probándose vestidos y Asmodeo la observaba desde el marco de la puerta con una sonrisa que derretía el espejo—, Thais y Damian habían recibido la misión más peligrosa del día: ir al supermercado a reponer las existencias de la cocina.
Damian caminaba por el pasillo central del Súper Ahorro con la misma rigidez y seriedad con la que cruzaría un campo minado. Vestía su cazadora de cuero y vaqueros oscuros, pero su mirada gris de granito analizaba las estanterías de cereales como si buscaran emboscadas de francotiradores. Con la mano derecha empujaba un carrito de metal que, para colmo de males, tenía la rueda delantera izquierda defectuosa y se desviaba constantemente hacia los estantes de las galletas.
—Damian, relaja los hombros —le susurró Thais, muerta de la risa, mientras revisaba la lista de la compra en su móvil—. Estás asustando a la señora del carrito de los yogures. Esto es un supermercado humano, no una incursión en el abismo.
—Este artefacto con ruedas carece de alineación estratégica, Thais —respondió Damian con su habitual voz profunda y fría, propinándole un sutil empujón al carrito para enderezarlo. Un crujido de metal resonó en el pasillo—. Su trayectoria es errática. Si estuviéramos en mi plano, ya habría ejecutado al herrero responsable de este diseño. Además, la densidad demográfica de este pasillo es inaceptable. Hay demasiados civiles entorpeciendo el paso.
—Se llaman clientes, soldado, y tienen tanto derecho como tú a buscar las ofertas de tres por dos —le recordó Thais, lanzando un paquete de pasta dentro del carro—. A ver, siguiente objetivo: botes de tomate triturado. Están en el pasillo cuatro.
Caminaron hacia el pasillo de las conservas. Damian se detuvo frente a una inmensa pared de botes de cristal de diferentes marcas, tamaños y precios. El general entornó los ojos, cruzándose de brazos y analizando las etiquetas con una concentración impecable.
—Thais, detecto una anomalía en este sector —declaró Damian con total seriedad, señalando dos botes de tomate idénticos—. Este espécimen contiene albóndigas integradas y cuesta un cincuenta por ciento más que el espécimen estándar. Desde un punto de vista logístico, es una estrategia de estafa masiva para el consumidor. Sugiero que compremos el tomate puro y cacemos nosotros mismos la carne para las albóndigas en el bosque de la manada el fin de semana. Es más eficiente.
Thais soltó una carcajada tan limpia que varios humanos se giraron a mirarla. Se acercó a él y le dio una palmadita cariñosa en el brazo musculoso, sintiendo el calor de su lazo.
—No vamos a ir al bosque a cazar ciervos para hacer salsa boloñesa, Damian. Deja el bote en el carro y camina. Nos falta el detergente para la ropa.
El verdadero desafío de la supervivencia urbana llegó en el pasillo de la droguería y los suavizantes. Damian se quedó petrificado frente a una estantería con cincuenta tipos diferentes de botellas de plástico de colores brillantes.
—Esto es ridículo —murmuró el general, arrugando la nariz—. ¿Por qué los humanos necesitan que sus armaduras de algodón huelan a «Caricias de Algodón», «Brisa de Primavera» o «Azahar Silvestre»? En mi plano, la ropa huele a cuero, a forja y a victoria.
—En este plano la ropa huele bien o vas al sofá a dormir solo, Cross —le amenazó Thais con una sonrisa de lado, guiñándole un ojo mientras tomaba una botella de color azul pastel—. Elige uno que no huela demasiado a flores, que luego Asmodeo se queja de que la contabilidad del Spa le huele a campo de rosas.
Damian tomó una botella de suavizante con aroma a «Océano Ártico», la destapó con una brusquedad que casi rompe el tapón de plástico y se la llevó a la nariz. Aspiró hondo, parpadeó un par de veces con rigidez militar y asintió.
—Este es aceptable. Huele a tormenta helada y a metal limpio. Cumple con los estándares mínimos de la dignidad del abismo.
Thais sonrió de oreja a oreja, encantada de ver cómo el rudo soldado se adaptaba a las sutiles negociaciones del hogar humano.
Mientras tanto, en la línea de cajas, el drama de Damian llegó a su clímax. La cajera, una chica humana de unos veinte años, pasaba los productos por el escáner a toda velocidad. Cuando llegó al final, miró a Damian con las mejillas completamente coloradas, deslumbrada por la imponente presencia del general rudo.
—¿Va a pagar con tarjeta o en efectivo, señor? —preguntó la cajera con voz tímida.
Damian dio un paso al frente, sacó una tarjeta de crédito VIP internacional de su cartera de cuero negro y la estampó sobre el datáfono con una firmeza que hizo que la pantalla digital parpadeara.
—Con este dispositivo de plástico —sentenció Damian, sosteniéndole la mirada gris a la pobre cajera, que casi se olvida de cómo respirar—. Introduzca las credenciales de cobro de inmediato.
—S-Sí, señor... marque el pin, por favor —tartamudeó la chica.
Thais tuvo que morderse el labio inferior para no soltar un rugido de risa en mitad de la fila. Tomó a Damian del brazo, pegándose a su costado para marcar territorio loba ante la cajera, y lo arrastró hacia la salida cargando las bolsas de papel.
Mientras Thais y Damian lograban sobrevivir a las peripecias del supermercado, en el apartamento del ático el ambiente era puramente eléctrico.
Me miré al espejo del pasillo por enésima vez. Llevaba un vestido ajustado de seda color azul zafiro que combinaba a la perfección con el destello de mis ojos de Alfa. Tenía un escote sutil pero elegante, la espalda semicubierta y unos zapatos de tacón negro que estilizaban mis piernas de una manera espectacular. Me había soltado el cabello castaño en ondas suaves y Kala en mi interior estaba dando vueltas de campana, totalmente impaciente.
—Estás absolutamente deslumbrante, Rosaly —una voz grave, ronca y cargada de una devoción absoluta resonó detrás de mí.
Giré la cabeza y sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Asmodeo estaba apoyado en el marco de la puerta de la habitación. Había dejado atrás las chaquetas de cuero del bosque; vestía un traje de tres piezas de color negro riguroso, una camisa blanca de cuello italiano perfectamente almidonada y una corbata de seda oscura. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás con esa elegancia aristocrática que lo caracterizaba, y sus ojos rojos brillaban en la penumbra del pasillo con el fuego purísimo de su plano.
El lazo entre nosotros dio un latigazo de calor abrasador, conectando nuestros corazones en un ritmo acelerado que se escuchaba en el silencio del piso.
Asmodeo se acercó a mí con pasos lentos, seguros, felinos, eliminando la distancia hasta quedar a escasos centímetros. Pude oler su perfume caro mezclado con ese sutil aroma a ozono que me volvía loca. Extendió sus manos grandes y cálidas, posándolas con una delicadeza infinita en mi cintura, atrayéndome suavemente hacia su cuerpo.
—Llevo siglos gobernando el abismo, Rosaly —murmuró, y su aliento rozó mis labios, haciéndome dar un respingo de puro deseo—, pero te juro por mi corona que jamás he visto una criatura tan perfecta, tan imponente y tan hermosa como tú en ninguno de los tres planos. Esta noche no voy a cenar con una Alfa de la ciudad... voy a cenar con la dueña de mi existencia.
Esbocé una sonrisa de medio lado, sosteniéndole la mirada de fuego con todo mi orgullo de CEO, aunque por dentro mis piernas temblaban un poco debido a la intensidad de su cortejo. Le acomodé las solapas de la americana con mis manos de loba, disfrutando de la firmeza de sus músculos.
—Es un buen discurso de apertura, Vane —le respondí en un susurro desafiante—. El departamento de marketing de tu plano te ha preparado bien las líneas. Pero recuerda lo que acordamos: el coche nos espera abajo, la reserva en el restaurante más lujoso de Ciudad Azul está a mi nombre y el examen de la primera cita formal acaba de comenzar. Más te vale mantener ese nivel de elocuencia durante la cena si quieres que pasemos a los postres.
Asmodeo soltó una carcajada limpia, seductora, y se inclinó para dejar un beso ardiente, posesivo pero cargado de una promesa eterna en mis labios, sellando el inicio de nuestra noche especial justo cuando la puerta del apartamento se abría, mostrando a Thais y a un Damian cargado de bolsas de la compra con olor a suavizante Ártico.
El cortejo urbano de las dos parejas estaba en su punto más álgido, los demonios habían superado las peripecias del supermercado y la gran cita de los reyes de la ciudad estaba lista para arrancar.