Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
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Capítulo 5
Cap 5: La mano que da de comer
El domingo salí al tianguis con Bianca. Herminia nos había mandado por el mandado y yo llevaba toda la noche pensando en cómo conseguir dinero sin dejarlo en la casa.
No necesitaba mucho al principio: un pasaje, una llamada, algo que comer si volvían a cerrarme la puerta. Me avergonzaba que incluso eso dependiera de pedir.
Bianca se detuvo en un puesto de pulseras. Le dije que iba a mirar el de enfrente y seguí hasta una calle donde recordaba haber trabajado con piel en la otra vida. Ahora no había taller abierto, pero al final estaba Boutique Praga.
Me quedé junto al aparador, descansando la pierna. Todavía me dolía donde Ulises me había pateado.
—Si vas a mirar tanto, pásate —dijo una mujer desde la puerta.
Creí que me estaba corriendo y di un paso atrás. Ella vio la marca de mi mejilla.
—Espera. ¿Tú eres la hija de Azucena?
Asentí.
La mujer me miró con más atención, sin tocarme la cara.
—Me contaron lo de ayer. Soy Susana. Conocí a tu mamá antes de que se casara. Ven, siéntate tantito.
Dentro olía a tela nueva. Me ofreció un pan y tuve que preguntarle si llevaba leche. Cuando le expliqué lo de la alergia, lo apartó sin hacer comentarios y me dio una fruta de lo que había llevado para almorzar.
Yo esperaba preguntas sobre Genaro. Ella me dejó comer. Atendió a una clienta y regresó con una silla para sentarse enfrente.
—Te pareces a Azucena cuando frunces la boca. Le pasaba cuando algo no le gustaba y todavía no sabía cómo decirlo.
Bajé los ojos. Quise pedirle que me contara más, pero no había salido de casa a llorar por mi mamá.
En el mostrador había un canasto de retazos y broches. Señalé un listón.
—¿Eso lo usa?
—Para arreglos. ¿Sabes coser?
—Un poco. ¿Me presta?
Me acercó el canasto. Escogí dos listones, un trocito de tul y un broche. Había hecho cosas mucho más difíciles durante los años con Rogelio, pero mis dedos de doce años no obedecieron a la primera: el doblez se me soltó y tuve que empezar otra vez.
Susana no me apuró. Cuando terminé el moño, tiró suavemente del broche para comprobar que no se desarmara.
—Esto sí se puede vender.
Lo dejó junto a otros accesorios del aparador. Por un momento pensé que iba a quedárselo y darme las gracias.
—¿Cuánto tardas en hacer diez? —preguntó.
—Depende del material.
—El material lo pongo yo. Y no quiero que dejes la escuela por esto. Ven un rato los sábados y vemos cuántos salen bien.
Le pregunté cuánto me pagaría por pieza. Me dio una cantidad y la anotó en un papel, junto al costo que asumiría ella. No me habló como a una niña haciendo una gracia. Revisamos juntas qué pasaría si una pieza quedaba mal.
—Está bien —dije—. Pero no le diga a Herminia.
Susana dejó el lápiz.
—¿Te quita lo que tienes?
Recordé las costuras del bolsillo abiertas, el dinero que mi abuela había escondido para mí y que desaparecía en cuanto llegaba a casa.
—Lo va a encontrar. Aunque lo guarde bien.
—Entonces lo dejamos aquí, apuntado. Cada vez que cobres, lo contamos las dos.
Me enseñó el cajón donde guardaba las cuentas. Yo todavía no sabía si podía confiarle todo, pero sabía que llevarme el dinero a casa era perderlo.
Antes de irme me dio quince pesos de adelanto.
—Y dime tía Susana. Tu mamá se reiría si te oyera tratarme de doña.
Compré algo para comer y regresé a buscar a Bianca. Se había enojado porque tuvo que cargar una bolsa. Le cargué el resto sin discutir; la preocupación era explicar el tiempo que había tardado, no ganar otra pelea.
Herminia quiso saber quién me había dado comida.
—Encontré unas monedas.
Me hizo vaciar los bolsillos. Solo estaban el cambio y el papel del examen. Los materiales se habían quedado en Praga, donde iba a trabajar. Ella revisó las monedas, tomó una y me dejó ir.
Esa noche anoté lo que me había ganado en la parte de atrás de una hoja. Era poco. Servía para empezar, pero no para enfrentarme a mi papá cuando decidiera firmar aquellos papeles.
Necesitaba que alguien más supiera lo de la escuela.
El maestro Lázaro visitaba a las familias de los niños que llegaban a la colonia y todavía no estaban inscritos. Lo recordaba de la otra vida. Esta vez confirmé en el centro comunitario el día en que pasaría por nuestra calle; no quería quedarme esperando una visita que podía llegar demasiado tarde.
La mañana de la visita amanecí enferma. Llevaba días tosiendo y durmiendo mal en aquel colchón. Me costaba sostener el vaso de agua sin que me castañetearan los dientes.
Herminia dijo que moverme me quitaría la flojera. Me dio un trapo y señaló el piso.
Podía pedirle que me dejara acostarme. Miré la puerta y me quedé. Si Lázaro llegaba y ella le decía que yo había salido, perdería la ocasión.
Tardó más de lo que esperaba. Cuando tocaron, tuve miedo de no poder levantarme para que me viera.
—¿Daniela? —preguntó desde el marco.
Alcé la mano del trapo. Él se acercó, miró mi cara y me pidió que me sentara en una silla. Herminia empezó a explicar que yo era muy delicada.
—¿Tiene termómetro? —la interrumpió.
Ella fue a buscarlo. Lázaro se quedó junto a mí.
—¿Ya te inscribieron?
—Voy a presentar lo del Monteverde. Si no paso, me mandan a trabajar lejos.
El maestro me preguntó adónde. Se lo dije con Genaro ya parado en la puerta. Mi papá se apresuró a aclarar que solo habían hablado de aprender un oficio.
Lázaro cerró su carpeta.
—Si no obtiene la beca, buscamos otra escuela. No se queda sin estudiar. Y lo de los golpes y la fiebre lo tienen que atender.
—Claro, maestro. Ahorita la llevamos.
—Los acompaño.
Genaro miró a Herminia. Ella ya no pudo decir que esperáramos a que se me pasara.
En la clínica, Lázaro dejó sus datos y habló con la doctora. No lo oí todo. Me estaba quedando dormida en la silla, pero desperté cuando mi papá dijo que él mismo me llevaría al examen.
—Voy a comprobar que esté inscrita —respondió el maestro—. Y si hay algo que lo impida, me avisa a mí. Daniela también tiene mi dirección.
Me puso un papel doblado en la mano. Lo guardé junto al volante del Monteverde.
Herminia no había renunciado a mandarme lejos. Ahora, al menos, tendría que explicarle a alguien por qué yo ya no estaba. Mientras me revisaban, repetí mentalmente el nombre de la calle del maestro para no depender solo de aquel papel.