Una joven reservada y profesional trabaja en la empresa de la familia de su exnovio, soportando humillaciones constantes por no encajar en el ideal de “mujer perfecta”: dulce, sociable y complaciente.
Durante un evento corporativo, salva la vida de un misterioso hombre que ha sido atacado. Sin saber quién es realmente, lo ayuda a escapar y cura sus heridas.
Él desaparece… pero no la olvida.
Cuando finalmente va a buscarla, descubre que ella fue despedida injustamente. Y quienes la destruyeron… están más cerca de lo que cree.
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Capitulo 6
Nina
Los tres días del evento terminaron… pero el agotamiento no.
Fueron jornadas largas. Demasiado largas.
Comidas a medias, sonrisas forzadas, conversaciones que parecían amables… pero que, en el fondo, escondían algo más.
Siempre lo hacían.
Comentarios disfrazados de chistes.
Risas que no eran tan inocentes.
Palabras que, sabía, terminarían siendo usadas en la oficina como armas.
Por eso prefería mantenerme al margen.
Observar.
Callar.
No involucrarme.
Era más seguro así.
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Pero mi mente no estaba tranquila.
No después de lo que había pasado en la bodega.
El hombre.
Sus ojos.
La sangre.
La forma en que me miró.
Durante esos días, más de una vez me descubrí pensando en él.
¿Estaría bien?
¿Lo habrían encontrado?
¿Quién lo estaba buscando?
¿Y si… era alguien peligroso?
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
No debía haberme involucrado.
No debía.
Pero lo hice.
Y ahora… no podía dejar de pensar en eso.
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—Nina —la voz de la señora Camila me sacó de mis pensamientos—. ¿Has visto una camisa del almacén?
Mi corazón dio un pequeño salto.
—No, señora Camila.
Su mirada se posó en mí unos segundos más de lo necesario.
—Es extraño… —dijo con una sonrisa suave—. Todo está tan controlado aquí… que es difícil que algo desaparezca sin que alguien lo note.
Asentí levemente.
—Quizás alguien la tomó por error.
—Quizás —respondió, ladeando la cabeza—. Aunque me gusta saber quién hace qué cosas… para evitar malos entendidos.
Sentí cómo el ambiente se volvía más pesado.
—Revisaré nuevamente —añadí.
—Claro, cariño —dijo con dulzura—. Confío en ti.
Pero no sonaba como confianza.
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La camisa no apareció.
Y aunque varias personas habían entrado a la bodega ese día…
Las miradas comenzaban a dirigirse hacia mí.
Siempre hacia mí.
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El lunes, la oficina volvió a su rutina.
O al menos… a su versión de rutina.
Reunión general.
Observaciones del evento.
Errores.
Correcciones.
Agradecimientos.
—Hicieron un gran esfuerzo —decía Camila—. Sé que fueron días pesados.
Sonreía.
—Pero siempre hay espacio para mejorar.
Sus ojos se posaron en mí.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Nos dieron almuerzo.
Pero no el pago de horas extras.
“Personal de confianza”.
Siempre esa excusa.
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Las semanas siguientes fueron… tranquilas.
O al menos eso creí.
Hasta que lo vi.
Damián.
Tres meses.
Tres meses sin verlo.
Y aun así…
mi pecho se tensó como si no hubiera pasado el tiempo.
—Hola, Nina.
—Hola.
Hablamos poco.
Cortés.
Distante.
Por un momento… pensé que había cambiado.
Que todo podía mantenerse en calma.
Que podía haber paz.
Pero esa sensación…
duró muy poco.
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—Nina —la voz de la señora Camila me llamó al día siguiente.
Entré a su oficina.
—Quería hablar contigo.
Asentí.
—He notado que has sido grosera conmigo.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Sí —dijo, con tono suave—. El día del evento, cuando te invité a la congregación… te negaste.
Recordé.
—Le respondí con respeto.
—No —replicó, levantando ligeramente la voz—. Fue de mala manera.
Sentí el golpe.
—No fue mi intención—
—Lo hiciste —interrumpió.
Silencio.
—Y no sé si tenga que ver con tu ruptura con mi sobrino…
Mi garganta se tensó.
—No tiene nada que ver con eso.
—Claro… —susurró—. Pero sabes… guardo esas cosas en mi corazón.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Otra vez.
—Me duele tu actitud, Nina.
Y sin decir más…
salió de la oficina.
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No regresó.
Minutos después, la vi hablando con Damián.
Ambos inclinados.
Cerca.
Conversando en voz baja.
Pero no hacía falta escuchar.
Las miradas que me dirigían lo decían todo.
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Damián se acercó a mi puesto más tarde.
—¿Puedes ayudarme con algo?
Lo miré un segundo.
Y asentí.
—Claro.
No lo vi como algo extraño.
Ni como una debilidad.
Solo… como madurez.
Trabajo.
Nada más.
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Pero para la señora Camila… no fue así.
—Cuando uno termina una relación —dijo en voz alta, lo suficiente para que todos escucharan—, debe mantener distancia. Es lo más sano.
Silencio en la oficina.
Sentí varias miradas sobre mí.
—No es correcto seguir interactuando como si nada.
Bajé la mirada.
Y seguí trabajando.
Como si no fuera conmigo.
Aunque sabía… que lo era.
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Los comentarios comenzaron a hacerse más frecuentes.
—¿Por qué almuerzas sola?
—Deberías integrarte más.
—Eres muy distante.
Sonrisas.
Siempre sonrisas.
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Un día, Soraya se acercó a mí.
—Oye… ¿sabías que la señora Camila tiene otro sobrino?
Levanté la mirada.
—No.
—Sí —dijo—. Se graduó hace poco… de lo mismo que tú.
Mi estómago se tensó.
—Está buscando entrar a la empresa.
Silencio.
Todo empezó a encajar.
Las críticas.
Los comentarios.
La insistencia.
La presión.
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No era solo mi personalidad.
No era solo mi forma de ser.
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Era que…
yo estaba ocupando un lugar…
que alguien más quería.
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Bajé la mirada hacia mi escritorio.
Mis manos estaban quietas.
Por primera vez en mucho tiempo…
sentí algo distinto.
No solo culpa.
No solo miedo.
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Sino una pregunta.
Silenciosa.
Pero peligrosa.
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¿Y si el problema… no soy yo?
🤷🏼
eres un poco hombre./Smug/
qué satisfacción puede generarte , obligar a una mujer estar a tu lado 🤦🏼
han destruido el cimiento de tu empresa más no tu fuerza y ojalá ya esto no pase desapercibido
desgraciado Pero te metes con las personas equivocadas tenlo por seguro