Ella no debía cruzarse en su camino.
Isabella Moretti es hija de un soldado —no de un Don, ni de un Caporegime, ni de nadie lo suficientemente importante para marcar la diferencia en ese mundo de oro podrido y sangre seca. Creció a la sombra de la Cosa Nostra sin pertenecer jamás a ese mundo de verdad, y precisamente eso la mantuvo libre. Reía cuando quería, decía lo que pensaba, escondía su Kindle debajo de la almohada, como si los romances que leía fueran su mayor pecado —y sonreía sola, divertida por ello.
Soñaba con el amor. De ese que duele de bonito, de ese que te elige por completo.
Leon Ravelli también soñó, una vez. Tenía dieciocho años y creyó que el mundo cabía en el corazón de una mujer. Aprendió de la forma más cruel posible que no era así. Que la traición solo tiene una sentencia. Que las lágrimas en el rostro son debilidad, y la debilidad mata antes de que llegue el enemigo.
Desde esa noche, se convirtió en otra persona.
El hielo se derrite. Él se convirtió en mármol.
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23
ADMIRADOR SECRETO...
La vi por primera vez a los dieciséis años.
Ella tenía quince y estaba en la cafetería de la escuela con esa risa que ocupaba demasiado espacio para una chica a la que el mundo insistía en decirle que debía ocupar menos. Cabello desordenado, uniforme chueco, una dona en la mano que comía sin importarle nada ni nadie a su alrededor.
Me detuve en medio del pasillo mirándola.
Y no me detuve más.
Me llamo Giovanni Marinho. Tengo veintitrés años, soy hijo del Consigliere Antonio Marinho —uno de los hombres más respetados de la Cosa Nostra italiana, consejero directo del Don Damian Bellacorte desde hace más de veinte años. Crecí en este mundo con el apellido correcto, la educación correcta, el rostro correcto. Soy rubio, tengo ojos claros, soy alto, me visto bien, fui criado para ser exactamente el tipo de hombre que las familias quieren para sus hijos.
Todo correcto. Todo en su lugar.
Menos ella.
Isabella Moretti nunca me vio de la manera en que yo la veía. Ese fue el comienzo de todo —esa injusticia específica que fue creciendo dentro de mí a lo largo de los años con una consistencia que a mí mismo me asustaba cuando me detenía a examinarla de cerca.
Fui gentil. Fui romántico. Fui todo lo que sus libros decían que el héroe debía ser. Aprendí que le gustaba la repostería e tomé un curso solo para tener tema de conversación. Aprendí que le gustaba la música italiana antigua y descargué cada álbum que existía. Fui paciente cuando no me notaba, fui más paciente aún cuando me notaba pero me veía solo como el hijo del Consigliere que andaba por ahí —ese muchacho educado y sin chiste que sonreía en el momento correcto y decía las cosas correctas.
Sin chiste.
Nunca lo dijo en voz alta. Pero yo lo veía. En sus ojos yo era un mueble —presente, inofensivo, completamente invisible de la manera que importaba.
Mientras tanto Leon Ravelli existía.
Leon Ravelli que entraba a un salón y el aire cambiaba de temperatura. Leon Ravelli con ese tatuaje, con esa mirada que prometía cosas que ningún hombre decente prometía, con esa reputación de monstruo que debería alejar a cualquier mujer con juicio y que por el contrario funcionaba como un imán absurdo.
Nunca lo entendí. Nunca.
Ella merecía gentileza. Merecía a alguien que la viera de verdad —que viera cada curva, cada tormenta, cada capa de esa mujer extraordinaria que creció sola en un mundo que no paraba de intentar hacerla menos y que no se dejó hacer menos nunca. Merecía a alguien que llegara con flores y paciencia y amor del tipo que dura.
Yo habría sido ese alguien.
Ella fue entregada al monstruo.
No eligió —fue entregada. Supe cada detalle de ese matrimonio arreglado porque mi padre estaba en la reunión cuando el Don tomó la decisión y yo escuché desde el pasillo sin que nadie supiera que estaba escuchando. Me quedé parado en ese pasillo con el corazón desmoronándose mientras el Don sellaba el destino de ella con la frialdad de quien mueve una pieza en un tablero.
Y Leon Ravelli, que nunca la había volteado a ver en su vida, iba a tener a Isabella Moretti.
Eso me destruyó por dentro de una manera que no tenía nombre bonito.
Mandé la rosa porque necesitaba que ella supiera. Necesitaba que entendiera que había alguien en el mundo que la veía de verdad, que la quería de verdad, que habría dado todo por ella si hubiera volteado en la dirección correcta una sola vez. Usé a Marcos para entregarla —mi amigo de la infancia, discreto, que iba con ella a los cursos de cocina y que haría cualquier cosa que yo le pidiera porque me debía un favor antiguo.
Era solo una flor. Era solo una nota.
Pero yo sabía lo que vendría después.
Conocía a Leon Ravelli. Conocía a la mafia. Sabía que en menos de veinticuatro horas Enzo estaría revisando las cámaras de la caseta, escaneando el rostro de Marcos, encontrando su nombre. Y Marcos —por más que yo lo quisiera, por más que fuera mi amigo desde niño— no aguantaría. No estaba hecho de ese material. Se derrumbaría en la primera hora de interrogatorio y soltaría todo, cada detalle, cada nombre, cada conversación que tuvimos.
Mi nombre.
No podía dejar que llegara a eso.
Le llamé a Marcos antes de que Enzo lo alcanzara. Le dije que necesitaba vernos, que era urgente, que había salido mal y necesitábamos hablar en persona. Vino sin sospechar nada porque era así —confiado, abierto, incapaz de imaginar que el amigo de veinte años pudiera ser aquello en lo que yo me estaba convirtiendo en ese momento.
Fueron varios disparos.
Rápido. Sin sufrimiento innecesario. Eso me lo concedí.
Me quedé mirando el cuerpo de Marcos por exactamente cinco segundos antes de guardar el arma y salir de ese lugar con el mismo paso controlado con el que había entrado. Me alejé antes de que algo empezara, antes de que alguien lo encontrara, antes de que alguna cámara me alcanzara.
La mafia no llegaría a Marcos antes que yo.
Ya había llegado.
Fui más rápido.
Llegué a casa, me senté en el sillón de mi despacho y me quedé en silencio en la oscuridad por un largo rato. Esperando algo por dentro —culpa, remordimiento, cualquier rastro de aquel Giovanni de dieciséis años que se detuvo en el pasillo de la cafetería creyendo que había encontrado algo bonito.
No vino nada.
Y eso me dijo mucho sobre en lo que me había convertido sin darme cuenta.
El amor —si es que alguna vez fue amor de verdad— se había agriado a lo largo de años mezclado con la rabia, con la envidia que me daba vergüenza sentir pero sentía sin poder parar. Envidia de Leon Ravelli que la tenía sin quererla. Que dormía al lado de esa mujer todos los días sin merecer un segundo de su tiempo.
La amé de verdad una vez. Estoy casi seguro de eso.
Pero el amor que no es correspondido durante suficientes años se convierte en otra cosa. Se convierte en obsesión. Se convierte en esa posesividad enfermiza de algo que nunca fue tuyo. Se convierte en el odio específico que solo existe cuando alguien a quien deseabas termina en los brazos del hombre más equivocado del mundo y le sonríe de todos modos.
Y cuando cruzas el límite —cuando matas a tu propio amigo para proteger un plan, cuando te das cuenta de que no sientes nada después— ya no hay vuelta a ningún lugar bonito.
Solo queda lo que viene a continuación.
Isabella Moretti prefirió al monstruo.
Entonces que el monstruo la destruyera.
Yo me iba a encargar de eso. Iba a crear cada pieza, cada mentira, cada sombra de duda necesaria para hacer que Leon Ravelli creyera que ella lo estaba engañando. Iba a usar el propio sistema al que ella nunca pidió pertenecer para acabar con ella dentro de él.
Si no podía ser mía, que no fuera de nadie.
Prefería a Isabella muerta que sonriéndole en los brazos de ese hombre un solo día más.