La noche del cumpleaños número dieciocho de su hija, el mundo de Alma Montoya se derrumba frente a trescientas personas.
Su esposo entra al salón tomado del brazo de otra mujer.
Y no llega solo.
A su lado viene una joven de dieciocho años… idéntica a él.
La misma edad que Lucía.
La misma edad de la mentira que acaba de destruir veinte años de matrimonio.
En cuestión de horas, Alma pierde mucho más que un esposo. Descubre que el hombre al que amó le robó la clínica de su familia, su fortuna y cada cosa que construyeron juntos mientras llevaba una doble vida a sus espaldas. Pero lo peor llega cuando Lucía, su hija enferma del corazón, colapsa en medio del escándalo.
Traicionada, humillada y sin un lugar al que ir, Alma cree haber tocado fondo… hasta que un desconocido aparece bajo la lluvia.
Máximo Salas es joven, poderoso y peligrosamente observador. Un hombre que conoce demasiado sobre ella, sobre Darío y sobre la trampa que destruyó su vida. Lo que Alma no sabe es
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Capítulo 11
Dejaron el carro en la esquina de la calle de atrás y el resto lo hicieron a pie.
Eran las ocho de la noche y la mansión estaba en silencio. Las luces del salón principal apagadas, el portón cerrado, todo quieto. Agatha las esperaba en el jardín trasero con un abrigo encima del uniforme y esa cara suya de toda la vida que a Alma siempre le había parecido la cara más honesta del mundo.
Las abrazó rápido y las empujó hacia adentro sin hacer ruido.
— Darío salió hace una hora con la señora y la muchacha — murmuró mientras caminaban pegadas a la pared del corredor. — Cena con unos inversionistas, no vuelven antes de las once. — Se detuvo frente a la puerta del despacho. — Yo me encargo de la nueva ama de llaves. Esa mujer es Hitler reencarnado, siempre anda dando órdenes y haciendo trabajar a todos horas extras. Será fácil tenerla entretenida. — Las miró. — Pero no se tarden. Tiene por costumbre hacer una ronda por los pasillos cada quince minutos con un guante blanco, pasando el dedo por las superficies a ver si queda polvo. Cómo odio a esa mujer.
— Agatha — dijo Alma. — Esta es tu última noche aquí. Cuando nosotras salgamos, presentas la renuncia y te vas. Te busco pronto. Te lo prometo.
A Agatha le brillaron los ojos.
— Que todo le salga bien, mi señora. — Le apretó la mano. — Suerte.
Se fue por el pasillo sin hacer ruido.
Ángela abrió la puerta del despacho, entraron, y cerró con seguro.
Alma fue directo al cuadro.
La foto de sus padres seguía en el mismo sitio, cubriendo la caja fuerte, exactamente donde siempre había estado. Al parecer Darío no había tocado el despacho todavía. Lo miró un segundo, el rostro de su padre, el de su madre, y apartó la vista antes de que le ganara la emoción.
— ¿Viste cómo dejaron el salón? — susurró Ángela desde la ventana, vigilando el jardín.
— Vi. — Alma descolgó el cuadro con cuidado.
— Cambió todos tus muebles por esos de animal print. Creo que, esa mujer viene directo de la sabana africana. — Soltó una carcajada que ahogó inmediatamente con la mano.
— Cállate que nos van a escuchar — dijo Alma aguantando las suyas.
— Es que una mujer sin clase con dinero es lo más peligroso que existe. Los gustos no se compran, mi amor.
— Ángela.
— Sí, sí. Ya me callo.
Alma introdujo la clave. Cuatro dígitos. Los mismos de siempre.
La puerta abrió.
Adentro había fajos de dinero en efectivo, varios sobres manila y una caja de terciopelo negro que Alma reconoció antes de tocarla. La abrió. Las joyas de su madre. El collar de perlas, los aretes de esmeralda, el anillo de su abuela que Darío había insistido en guardar ahí porque decía que en el joyero no estaban seguras.
Ahora entendía por qué le había importado tanto la seguridad de esas joyas.
Las sacó todas. Las echó en su cartera sin dudar. Dejó las cajas vacías en su sitio.
Luego fue por los sobres. Los tomó todos, rezando en silencio para que la clave estuviera ahí porque no tenía tiempo de revisar. Abrió el cajón del escritorio, sacó una resma de papel, y rellenó cada sobre con hojas en blanco antes de volver a colocarlos en la caja fuerte.
Cerró. Colgó el cuadro.
— Listo. Vamos.
Ángela ya tenía la mano en el seguro cuando las dos se pararon en seco.
Pasos en el pasillo.
Lentos. Metódicos. El sonido específico de alguien que camina inspeccionando.
— La Hitler — susurró Ángela.
Alma asintió. Las dos se pegaron a la pared junto a la puerta y esperaron sin respirar. Los pasos se acercaron, se detuvieron justo afuera, siguieron. Una voz cortante ladró algo a una de las empleadas sobre el brillo del suelo y los pasos continuaron.
Silencio.
Entonces, desde el salón principal, un golpe seco. Algo rompiéndose. Cristal, por el sonido.
Voces. Carreras. La Hitler gritando instrucciones mientras todo el mundo corría hacia allá.
— Agatha — dijo Alma.
— Vamos — dijo Ángela abriendo la puerta.
Salieron pegadas a la pared del corredor, rápido, pero sin correr. Cuando estaban a punto de doblar hacia el jardín trasero llegó desde el salón el sonido inconfundible de una bofetada y luego la voz de Agatha, pequeña, disculpándose.
Alma paró en seco.
— La están golpeando.
— Vamos. — Ángela la agarró del brazo.
— Ángela, la están...
— Si nos descubren aquí y nos quitan esos documentos todo esto no sirvió para nada. — La miró directo. — Vamos.
Alma apretó la cartera contra el pecho. Cerró los ojos un segundo.
Siguió caminando.
Salieron por el jardín trasero, cruzaron hacia la calle de atrás, y no pararon hasta llegar al carro. Ángela arrancó sin encender las luces hasta doblar la primera esquina.
De camino al apartamento Alma fue abriendo los sobres uno por uno sobre sus rodillas con la linterna del teléfono.
Estados de cuenta. Contratos. Transferencias. Y al fondo de uno de los sobres, una hoja doblada en cuatro con números escritos a mano.
Las claves.
Más de una cuenta. Alma fue leyendo. Una a nombre suyo, otra a nombre de Darío. Y una tercera que la hizo parar.
— Ángela.
— ¿Qué?
— Hay una cuenta a nombre de Lucía.
Ángela frenó en un semáforo y la miró.
— ¿Qué?
— Una cuenta. A nombre de mi hija. Con un fondo importante. — Levantó la vista del papel. — Máximo no la detectó. Debe ser porque Lucía recién cumplió dieciocho. Antes era menor, nadie hubiera podido acceder.
— Ese desgraciado — dijo Ángela en voz baja. — ¿Qué iba a hacer con eso?
— Lo que hacía con todo. — Alma dobló el papel y lo guardó. — Quedárselo.
Arrancaron de nuevo.
— Mañana le pasamos todo a Máximo y a Valentina — dijo Alma. — Que se prepare Darío. Me voy a cobrar cada humillación. Cada una. Con intereses.
— Así se habla.
— Me quitó veinte años, mi casa, mi clínica y casi a mi hija. — La voz no le temblaba. — Que le vaya rezando a quien tenga que rezarle.
En el apartamento Ángela se quedó dormida en el sofá antes de las once con el televisor encendido y el vino a medias en la mano. Alma la tapó, apagó el televisor, y se fue al baño.
Llenó la tina.
Se metió en el agua caliente y cerró los ojos y por primera vez en días no pensó en nada. Solo dejó que el silencio y el calor hicieran su trabajo.
Duró exactamente cuatro minutos antes de que el teléfono sonara.
Lo miró desde el borde de la tina.
Máximo.
Contestó.
— ¿Conseguiste algo? — preguntó él sin preámbulo.
— Todo. Las claves, los documentos, las cuentas. — Pausa. — Y hay una a nombre de Lucía que tú no habías detectado.
Un silencio breve al otro lado.
— ¿A nombre de Lucía?
— Recién cumplió dieciocho. Supongo que antes no aparecía.
— Mañana a primera hora me mandas todo. — Otro silencio, este diferente al anterior, más largo. — ¿Estás bien?
— Estoy en la tina.
Silencio.
— Perdona, no quería interrumpir...
— No interrumpes. — No supo por qué lo dijo. — Ya estaba saliendo.
Mentira. Pero lo dijo igual.
— Alma. — La voz le cambió el tono, apenas, lo suficiente para que ella lo notara. — Quiero que sepas que esto no es solo una deuda para mí. — Una pausa. — Ojalá con el tiempo me dejes demostrártelo.
Alma abrió los ojos.
No dijo nada durante un segundo.
— Te lo agradezco, Máximo. De verdad. Buenas noches. — Colgó.
Se quedó mirando el techo con el teléfono sobre el pecho y el corazón a un ritmo que no tenía ninguna razón de estar así.
— Qué me estás haciendo, Máximo Salas. — Lo dijo en voz baja, solo para ella. — Para. Basta. No puedo. Sería una locura absoluta.
El agua seguía caliente.
El corazón seguía acelerado.
Y ninguna de las dos cosas tenía intención de calmarse pronto.