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Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Status: En proceso
Genre:CEO
Popularitas:574
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?

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CAPÍTULO 4 LO QUE LAS PAREDES GUARDABAN

Aquella mañana, Dante se había marchado temprano a la oficina, dejando la mansión en un silencio tranquilo que solo se rompía por el canto de los pájaros en el jardín. Después de desayunar sola, decidí que ya era hora de dejar de encerrarme en mi habitación y empezar a conocer el lugar que, por contrato, sería mi hogar durante los próximos dos años.

Caminé por los pasillos de la planta baja admirando los cuadros que colgaban en las paredes: retratos de hombres y mujeres de mirada seria, vestidos con ropas de otras épocas, que seguramente eran antepasados de la familia Ferrer. Cada uno de ellos parecía vigilar el lugar con una mezcla de orgullo y solemnidad, como si el peso de todo el legado familiar descansara sobre sus hombros.

De pronto, mis pasos me llevaron hasta una puerta entreabierta que no había visto antes. Estaba al final de un pasillo más pequeño, alejado de las salas principales. Por curiosidad, me acerqué y la empujé suavemente. Era una biblioteca inmensa, con estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, llenas de libros de todos los tamaños y colores. En el centro había una mesa grande de trabajo, cubierta de papeles y libros abiertos, y cerca de una ventana, un sillón viejo de cuero que parecía haber sido usado miles de veces.

Entré despacio, sintiendo el olor a papel viejo y madera que llenaba el aire. Me acerqué a la mesa y vi que entre los documentos había una fotografía enmarcada, pequeña y un poco desgastada por el tiempo. La tomé con cuidado para mirarla mejor.

En la foto aparecía un niño de unos ocho años, con los mismos ojos oscuros y la misma mirada intensa que Dante. Estaba sentado sobre las rodillas de un hombre guapo que sonreía con cariño, y a su lado había una mujer hermosa que abrazaba a ambos con ternura. Eran una familia feliz, una imagen de calidez y unión que contrastaba totalmente con el Dante que yo conocía, frío y distante, siempre solo.

—Esa foto tiene más de veinte años.

La voz de Don Eliseo me hizo sobresaltar. Me giré y lo vi apoyado en el marco de la puerta, con una expresión melancólica en el rostro. Me apresuré a dejar la foto en su lugar, avergonzada por haber estado husmeando.

—Perdón, no quería… no sabía que nadie vendría —empecé a decir.

El anciano me hizo una seña con la mano para que no me preocupara. Entró despacio en la biblioteca y se acercó a la mesa, tomando la foto entre sus manos con infinita ternura.

—No tienes que pedir perdón, querida. Esta biblioteca es parte de la casa, y la casa ahora también es tuya, al menos por un tiempo.

Se quedó mirando la foto unos segundos y luego suspiró.

—Esos son Lorenzo y Elena, los padres de Dante. Eran personas maravillosas, llenas de vida y de amor. Se querían muchísimo, y Dante era todo para ellos. Tenían planes de modernizar la empresa, de hacer proyectos sociales, de viajar por el mundo… pero el destino decidió otra cosa.

—¿Qué pasó? —pregunté con voz baja, sintiendo que estaba a punto de conocer una parte de Dante que él nunca me contaría.

—Hubo un accidente aéreo cuando Dante tenía diez años. Ellos viajaban a una reunión importante y el avión nunca llegó a su destino. Se lo llevaron a los dos de golpe, sin despedirse, sin dar tiempo a nada.

Sentí un nudo en la garganta. Miré de nuevo la foto del niño sonriente y entendí por primera vez por qué Dante era así, por qué se había cerrado tanto, por qué hablaba del amor como de algo peligroso que no valía la pena sentir. Perder a las personas que más amabas de esa manera… eso podía cambiar a cualquiera para siempre.

—Después de eso —continuó Don Eliseo, guardando la foto con cuidado—, Dante cambió de la noche a la mañana. Dejó de reír, dejó de jugar, se encerró en sí mismo. Yo hice lo que pude para ayudarlo, pero él decidió que la única forma de no volver a sufrir era no sentir nada. Se dedicó por completo a los estudios, a los negocios, a aprender todo lo necesario para hacerse cargo del imperio de su padre. Creyó que si se convertía en un bloque de hielo, nada ni nadie podría volver a lastimarlo.

—Es tan triste —murmuré, sintiendo una punzada de compasión y ternura por ese hombre que siempre me mostraba su lado más duro.

—Sí, lo es —asintió el anciano, mirándome fijamente—. Pero tú puedes cambiar eso, Aitana.

—¿Yo? —lo miré sorprendida—. Pero yo soy solo… un contrato para él.

Don Eliseo sonrió con una sabiduría que solo tienen los que han vivido mucho.

—Los contratos son papeles. Lo que pasa entre dos corazones no se escribe con tinta, sino con pequeños gestos, con miradas, con momentos que nadie planea. Yo lo vi anoche en la cena. Lo vi cómo te miraba, cómo te protegía sin darse cuenta, cómo su rostro se suavizaba cuando estabas cerca. Dante no lo admite ni ante sí mismo, pero ya has empezado a derretir ese hielo que lo rodea.

No supe qué responder. Sus palabras me hicieron latir el corazón con fuerza, a la vez que me asustaban. Sabía que debía mantenerme alejada, que debía cumplir las reglas y no enamorarme. Pero conocer un poco más de su pasado, entender por qué era así… hacía que me resultara imposible verlo solo como el hombre frío y calculador que me había firmado un contrato.

Don Eliseo se acercó y me tomó la mano con cariño.

—No te apresures, querida. Deja que las cosas fluyan solas. El corazón tiene sus propios tiempos, y nadie puede obligarlo a sentir ni a dejar de sentir. Solo… ten paciencia con él. Dante ha estado solo mucho tiempo. Le cuesta aceptar que alguien pueda quererlo sin condiciones.

En ese momento oímos los pasos firmes de Dante en el pasillo. Apareció en la puerta de la biblioteca, y su mirada se posó primero en su abuelo y luego en mí, con una mezcla de sorpresa y desconfianza.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó, cerrándose de nuevo, recuperando esa expresión seria y distante que conocía tan bien.

—Estaba enseñándole un poco de la historia de la familia a tu esposa —respondió Don Eliseo con naturalidad, sin inmutarse por el tono de Dante—. Creo que es justo que sepa de dónde vienes.

Dante frunció el ceño y entró en la habitación, acercándose a la mesa. Vio la foto que su abuelo había dejado allí y su rostro se endureció aún más. La tomó y la guardó rápidamente en un cajón, como si no quisiera que nadie viera esa parte de él.

—Eso es asunto privado —dijo con voz fría, mirándome fijamente—. No tienes por qué conocerlo.

—Dante… —empecé a decir, sintiendo que debía explicarle que no había querido invadir su intimidad.

—No —me cortó él, secamente—. Las reglas eran claras. No preguntes por mi pasado, no busques lo que no te pertenece.

Sentí cómo me dolían sus palabras. Sabía que estaba a la defensiva, que aquel tema le hería más de lo que quería demostrar, pero su frialdad me lastimaba de todos modos. Asentí en silencio, agachando la mirada.

Don Eliseo soltó un suspiro y le dio un golpe suave en el brazo a su nieto.

—No seas así con ella, muchacho terco. Solo tenía curiosidad. No hizo nada malo.

Dante no respondió. Seguía mirándome con esa expresión inescrutable, como si estuviera debatiéndose entre decir algo más o callarse para siempre. Al final, solo dijo:

—Tengo trabajo que hacer. Por favor, déjenme solo.

Me marché de la biblioteca sin decir una palabra, sintiendo una mezcla de tristeza y comprensión. Sabía que Dante había sufrido mucho, que su corazón estaba herido y protegido por capas y capas de hielo. Y aunque él me lo prohibiera, aunque él me lo advirtiera una y otra vez, yo sentía que no podía alejarme.

Esa noche, mientras cenábamos en silencio, me atreví a mirarlo de vez en cuando. Él también me miraba a escondidas, y en sus ojos ya no había solo frialdad: había algo más, una confusión, una duda que antes no estaba.

Y yo supe que, aunque él se empeñara en negarlo, aunque el contrato dijera que esto era solo un trato… algo entre nosotros estaba cambiando. Y nada, ni siquiera las reglas que él mismo había puesto, podría detenerlo.

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FIN DEL CAPÍTULO 4

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