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La Esposa Que Él No Quiso

La Esposa Que Él No Quiso

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Malentendidos / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio
Popularitas:200.4k
Nilai: 4.4
nombre de autor: maria

Jimena Rivas pasó cinco años siendo la esposa secreta de Sebastián Alcázar. Lo amó en silencio, cuidó su casa, soportó su frialdad y creyó que algún día él aprendería a mirarla.

Pero la noche en que descubrió que estaba embarazada, también vio a Sebastián anunciar ante todos a otra mujer: Sofía, joven, dulce, embarazada... y dueña de toda la ternura que él jamás le dio.

Sebastián le pidió el divorcio con desprecio, la obligó a cuidar a su amante y usó la enfermedad de su madre para mantenerla atada. Jimena decidió irse. Sin escándalos. Sin rogar. Sin mirar atrás.

Lo que Sebastián no sabía era que ella también esperaba un hijo suyo.

Y cuando por fin quiso recuperarla, Jimena ya había aprendido algo que él nunca imaginó:

amarlo no era destino.

Era una condena de la que estaba dispuesta a escapar.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

Acababa de recibir el resultado de la prueba cuando vi la noticia.

Embarazada.

La palabra seguía flotando en mi cabeza, rara, pesada, casi imposible de creer. Llevaba años diciéndome que algún día tendría un hijo con Sebastián Alcázar. No porque él me lo hubiera prometido con ternura, sino porque yo había sido lo bastante tonta para creer que cinco años de matrimonio podían convertir la costumbre en amor.

Y justo ese día, mientras yo sostenía el papel con manos temblorosas, el teléfono se llenó de videos.

Luces en el cielo. Gente gritando. Música. Una fiesta enorme para una muchacha que sonreía con una mano sobre el vientre.

Sofía.

Ella levantó la cara hacia Sebastián y le preguntó, con esa voz dulce que parecía hecha para que los hombres se sintieran héroes:

—Hoy es mi cumpleaños. ¿No tienes algo que decirme?

Sebastián la miró como jamás me había mirado a mí.

Con paciencia.

Con orgullo.

Con una ternura que me hizo sentir ridícula incluso antes de llorar.

—Desde que te vi, las demás dejaron de importar.

La gente gritó más fuerte.

Sofía sonrió, tocándose el vientre.

—Yo también tengo un secreto.

No necesitaba escucharlo completo. Lo entendí. Ella estaba embarazada. Él lo sabía. Y aun así había decidido hacerlo público, en una fiesta, frente a todos, como si yo no existiera.

Nuestro matrimonio era discreto. Eso decía Sebastián. Discreto por negocios, discreto por su familia, discreto por mi situación, discreto por cualquier excusa que le sirviera para no presentarme como su esposa.

Pero con Sofía no necesitó discreción.

Con ella sí hubo luces.

Con ella sí hubo testigos.

Con ella sí hubo una frase que parecía amor.

Miré la mesa que había preparado desde temprano. Cena caliente, servilletas buenas, velas que compré pensando que tal vez, por una vez, la noticia de un bebé lo haría sonreír conmigo.

Qué vergüenza.

La comida se enfrió antes de que yo pudiera moverme. La guardé en recipientes y decidí llevarla al hospital al día siguiente. Si nadie en esta casa quería comerla, algún perro de la calle tendría más gratitud que mi esposo.

Sebastián llegó cerca de las tres de la mañana.

Yo estaba despierta, aunque no encendí la luz. Conocía sus pasos. Los había esperado demasiadas noches como para no distinguirlos.

La cama se hundió detrás de mí. Olía a alcohol caro, lluvia y perfume ajeno.

Sus brazos me rodearon por la cintura.

—Te extrañé...

La voz le salió ronca, húmeda, demasiado suave.

Se me apretó el pecho.

Porque Sebastián nunca me hablaba así.

Sus labios tocaron mi oreja, luego mi cuello. Su mano bajó por mi vientre con esa seguridad de quien cree que todavía tiene derecho a entrar a un cuerpo solo porque alguna vez fue suyo.

Durante cinco años, lo único que funcionó entre nosotros fue la cama. De día éramos dos desconocidos educados. De noche, él me buscaba como si la piel pudiera reemplazar todo lo que no sabía decir.

Pero esa noche su ternura no era para mí.

Esa noche venía de abrazar a otra mujer.

Intenté apartarlo.

—Sebastián, suéltame.

Él me apretó más.

—Mi mujer... te importa, ¿verdad?

Un trueno iluminó el cuarto por un segundo. Vi mi reflejo en el vidrio de la ventana: pálida, despeinada, con los ojos abiertos como si acabaran de arrancarme algo.

Mi mujer.

Nunca me decía así.

No conmigo despierta. No conmigo mirando.

Le prendí la luz.

Sebastián entrecerró los ojos, confundido.

—Mírame bien —dije—. No soy Sofía. Si quieres volverte loco, ve a buscarla a ella.

El alcohol no le quitó la crueldad. Apenas tardó un segundo en reconocerme. Después apareció esa incomodidad seca que usaba cuando yo le estorbaba.

Se sentó en la cama y se pasó una mano por la cara.

—Claro que no eres ella.

Me quedé inmóvil.

Él me miró de arriba abajo.

—Ella es limpia. No sé de dónde sacas confianza para compararte.

Sentí que algo me raspaba por dentro.

—Si soy tan poca cosa, ¿qué haces en mi cama?

Sebastián soltó una risa baja, ya más despierto.

—Está embarazada. Tengo que darle un lugar.

Así de fácil.

Una frase, y cinco años se volvieron basura.

Está embarazada, entonces no puede tocarla.

Está embarazada, entonces merece nombre.

Está embarazada, entonces yo debía hacerme a un lado, cerrar la boca y quizá seguir sirviendo de cuerpo disponible cuando él tuviera ganas.

Mi mano bajó al vientre sin que pudiera evitarlo.

—¿Y si yo también estuviera embarazada?

La cara de Sebastián se cerró.

No fue sorpresa.

Fue asco.

—Lo abortas.

El aire se me quedó atorado.

Él añadió, como si estuviera hablando de un trámite viejo:

—No sería la primera vez.

No sería la primera vez.

La frase me dejó fría hasta los huesos. Me acordé de aquel embarazo perdido, de mi cuerpo sangrando, de su ausencia convertida en normalidad. En su cabeza, incluso mi dolor tenía historial administrativo.

—Cualquier mujer puede tener un hijo mío —dijo—. Tú no.

No grité.

No lloré.

Me quedé sentada sobre la cama, con los dedos clavados en la sábana, mientras él se levantaba y salía del cuarto dando un portazo.

El teléfono sonó poco después.

Contesté con la garganta rota.

—Doctora Rivas, tenemos una paciente embarazada joven. Se cayó, dice que sangró, y su caso es delicado. ¿Puede venir?

No tuve tiempo de romperme.

Me puse la bata, me lavé la cara y fui al hospital.

Apenas entré al área de obstetricia, lo vi.

Sebastián cargaba a Sofía en brazos.

No caminaba. La llevaba como si el piso pudiera lastimarla.

—No tengas miedo, Sofía. Estoy aquí.

La voz con la que la calmaba era la misma que yo había escuchado en la oscuridad, solo que esta vez sí pertenecía a la persona correcta.

Una colega se acercó a mí con el expediente.

—Doctora, la paciente tuvo una caída. Dice que hubo sangrado. Además tiene antecedente cardíaco y alergias a varios medicamentos. El acompañante pidió a la mejor especialista.

El acompañante.

Mi esposo.

Respiré hondo y entré al consultorio.

Sebastián no se inmutó al verme. Ni vergüenza, ni culpa, ni sorpresa. Nada. Como si yo fuera solo la médica de guardia.

—¿Le duele el abdomen? —le pregunté a Sofía.

Ella estaba recostada, suave, bonita, con los ojos húmedos.

—Un poco. No mucho.

—¿Comió algo irritante o muy pesado?

—No sé... no recuerdo bien.

Sebastián respondió por ella.

—En la mañana comió avena con fruta y huevo. Al mediodía, sopa de pollo, verduras y pescado. En la noche, caldo, arroz y mango.

Lo dijo todo con exactitud.

Yo no recordaba la última vez que él supo qué había desayunado yo.

Ni mi cumpleaños recordaba.

Pero sabía cada cosa que Sofía se había llevado a la boca.

Ahí estaba la diferencia entre amar y tolerar.

—No parece haber problema con la comida —dije, apartando la vista—. Necesito revisar a la paciente. Familiares afuera.

Sebastián no se movió.

—¿Qué revisión no puedo ver?

Su tono era tranquilo, pero yo conocía la amenaza escondida debajo. No confiaba en mí. Pensaba que, por celos, yo podía hacerle daño a Sofía o a su bebé.

Cinco años de matrimonio no le alcanzaban para creer en mi ética.

Sofía tiró suavemente de su manga.

—Sebastián, no incomodes a la doctora. Estoy bien.

Él se ablandó al instante.

—Me preocupa el bebé.

Me mordí la lengua.

El bebé.

Siempre ese bebé.

Salió por fin.

La revisión fue rápida. No había sangrado activo. El embarazo seguía estable. Reposo, vigilancia y citas de control bastaban.

Cuando se lo expliqué, Sebastián no aceptó.

—La internan.

—No hay indicación médica.

—No voy a arriesgar a Sofía ni a mi hijo.

Sofía bajó la mirada, fingiendo pena.

—Sebastián, si la doctora dice que puedo irme...

—En esto me obedeces.

La forma en que lo dijo habría sonado autoritaria con cualquiera. Con ella sonó protectora.

Conmigo, una orden así siempre era desprecio.

Llamé a Lupita para pedir una cama.

Cuando salí, los escuché hablar detrás de la puerta.

—La doctora Rivas es increíble —decía Sofía—. Me dijeron que fue de las mejores de su generación, que hizo especialidad muy joven, que todos la respetan. También dicen que ella y el doctor Salcedo eran como la pareja perfecta de la escuela.

Sebastián soltó una risa seca.

—Normalita.

—¿Cómo normalita? Es brillante.

—Para mí, tú eres la brillante.

No sé por qué me quedé escuchando.

Quizá porque una parte idiota de mí todavía esperaba que defendiera algo mío.

No lo hizo.

Dormí en el hospital esa noche.

Dormir es una forma generosa de decirlo. Cerré los ojos en un sillón, con la espalda adolorida y el resultado de embarazo doblado dentro de la bolsa.

A las seis de la mañana tocaron la puerta.

Abrí.

Sofía estaba afuera, sonriente, con una bolsa de desayuno en las manos.

—Doctora Rivas, no quería molestarla. Vine a agradecerle lo de anoche.

No respondí de inmediato.

Ella entró sin esperar permiso y dejó la bolsa sobre mi escritorio.

—Tiene que comerlo. Mi novio lo preparó tempranísimo. Si lo rechaza, se va a desperdiciar.

Mi novio.

La palabra me cayó encima con una calma cruel.

El mismo hombre que jamás había cocinado para mí en cinco años se había levantado temprano para prepararle desayuno a ella.

Miré la bolsa.

Y por primera vez en toda la noche, sentí ganas de reír.

No porque fuera gracioso.

Sino porque si no me reía, iba a romperme delante de la mujer que estaba usando mi vida como si fuera su lugar natural.

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amparo molina rodriguez
no entiendo próximo capitulo 22 de julio y hoy es 9 de agosto???
karencitha
esta novela sigue con la mismo ya aburre leerla se le acabaron las ideas ala autora
Andrea Pupo
por algo el tal Arturo estaba tan furioso el cambio los resultados
amparo molina rodriguez
aun se vive asi subyugadas y no son rica por la pobreza aguantan
Rico conocer el final
Patry Perez
está novela está siempre en lo mismo no avanza.ya aburre .hasta aquí llegó.ya no la leo más.
Patry Perez
está novela está siempre en lo mismo no avanza.ya aburre .hasta aquí llegó.ya no la leo más.
Rosa Reyes
hasta cuando Jiména va a seguir aguantando a Sebastián si no la quiere que le dé el divorcio o que se vaya lejos y lo deje solo con su apellido y su dinero
amparo molina rodriguez
muy excelente pero siempre dejan el final sin respuesta
amparo molina rodriguez
dejen terminar la serie por favor
noris partidas
aquí ebastia debe sentar a sus padres 6 hablarles claro, no ha sido feliz con Jimena porque no lo han dejado y el se ha dejado
karencitha
esa Jimena no tiene gracia estaba casada y se divorcio luego se volvió a casar y ahora se quiere divorciar
Mariana Posternak
que de vuelta, por dios hace 20 capítulos lo mismo 😡🙏
Cliente anónimo
Es demasiado de lo mismo,
Tere Jimenez
muy interesante el capítulo
noris partidas
esto es un sufrimiento continuado
noris partidas
hay mucho secretos y falta de comunicación entre los dos por eso la relación no avanza
Leila Tapia
se lastima por su gente. hay muchos secretos y maldad
Tere Jimenez
muy bueno el capítulo gracias
Leila Tapia
la familia de sebastian no acepta a sofia. por que
Leila Tapia
eso parece
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