Cal murió solo, arruinado y consumido por el recuerdo de Rose. Pero, contra toda lógica, despierta diez años antes, a bordo del Titanic, justo cuando su antigua historia está a punto de repetirse.
Esta vez no piensa cometer los mismos errores.
Rompe su compromiso, deja de financiar las deudas de Rose y Ruth y decide construir una vida completamente diferente. Entonces conoce a Amaya, una joven de buena familia caída en desgracia que viaja en tercera clase para casarse con un hombre al que no ama.
Lo que comienza como un acuerdo termina convirtiéndose en un amor verdadero.
Pero Cal sabe que el Titanic está condenado.
Cuando llega la noche del desastre, utilizará todo lo que recuerda para intentar salvar vidas.
¿Podrá cambiar el destino?
¿Y qué ocurrirá cuando el hombre que una vez lo perdió todo descubra que su verdadera riqueza nunca estuvo en el dinero… sino en Amaya, su familia y la vida que eligió?
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El cuadro completo
El grueso sobre de cuero descansaba sobre el escritorio de la suite, limpio y ordenado, con cada hoja perfectamente alineada. Cal lo tomó entre sus manos y lo sopesó un instante antes de abrirlo. Estaba bastante bien armado, pese a lo limitado del tiempo y de los recursos disponibles a bordo de un transatlántico en medio del océano, donde la única conexión con el mundo exterior eran los telegramas que llegaban escasos y breves. Su asistente realmente se había lucido. No había omitido nada importante, ni había desperdiciado espacio con detalles irrelevantes. Era exactamente lo que necesitaba: la verdad desnuda, sin adornos.
—Has hecho un trabajo excelente —dijo Cal, mirando al hombre que permanecía de pie junto a la puerta, con la postura recta y respetuosa que siempre lo caracterizaba—. Cuando lleguemos a Nueva York, cobrarás un bono de quinientos dólares. Te lo mereces.
El asistente sonrió con discreción, aunque sus ojos brillaron con gratitud genuina.
—Gracias, señor. Es un honor servirle.
—Lo mereces —respondió Cal con calma—. Y no solo por esto. En mis momentos más difíciles, fuiste de los pocos que se mantuvieron a mi lado. Incluso cuando… cuando ya no había razón para quedarse. No olvido a quienes son leales cuando serlo no les reporta ningún beneficio inmediato. Ve, descansa. Te llamaré si necesito algo más.
Cuando la puerta se cerró, Cal volvió su atención al expediente. Lo abrió despacio, como quien desenvuelve un regalo que no tiene prisa por ver. En la primera página, escrito con letra clara y ordenada, estaba el nombre: Jack.
—Su nombre es Jack —murmuró para sí mismo, y comenzó a leer.
Huérfano desde pequeño. Había vivido con sus tíos maternos hasta que alcanzó la edad suficiente para valerse por sí mismo. No fue maltratado, eso quedaba claro: no había marcas de violencia ni abuso en su historia. Había crecido en un hogar donde se le daba techo y comida, pero donde también se le dejaba hacer lo que quisiera sin ponerle límites. Sin disciplina, sin guía, sin que nadie le exigiera responsabilidades. Eso lo había convertido en un joven de espíritu libre, sí, pero también en alguien que no entendía que cada acción tiene una consecuencia, que la libertad no significa hacer lo que uno quiera sin importarle a quién afecte.
—Interesante —dijo en voz alta, recostándose en su sillón—. No es que el mundo fuera cruel contigo, Jack. Es que nadie te enseñó que el mundo no te debe nada. Que la libertad maravillosa que tanto presumes… tiene un precio que alguien tiene que pagar. Y tú siempre esperaste que fuera otro quien lo hiciera.
Siguió leyendo. Se había marchado a Francia con la ilusión de abrirse paso como artista. Quería que el mundo reconociera su talento, que lo valoraran por lo que era. Pero no lo lograron. Y Cal entendió por qué, aunque el informe no lo dijera explícitamente. No era que no tuviera talento. Era que llegaba con las manos vacías, sin respaldo, sin oficio, sin saber que en cualquier arte, igual que en la vida, hay que demostrar que mereces estar ahí. No basta con creer que eres especial. Los demás necesitan ver que estás dispuesto a trabajar por ello.
—No vieron solo tus cuadros, Jack —murmuró—. Vieron a un chico que esperaba que le abrieran las puertas sin siquiera llamar. Y así no funciona. El talento sin disciplina es como un barco sin timón: puede ir a cualquier parte, pero rara vez llega a buen puerto.
Después de París, su vida había sido una sucesión de días difíciles. Había recorrido Europa de un extremo a otro, sin rumbo fijo, sin trabajo estable. Durmiendo bajo puentes, en parques, en estaciones de tren. Buscando siempre la próxima aventura en lugar de la próxima responsabilidad. Dos veces aparecía en los registros policiales, detenido por vagancia. No era un criminal, eso era evidente. Pero tampoco era alguien que supiera sostenerse por sí mismo. Vivía al día, sin mañana, sin plan, confiando en que la suerte o la bondad de extraños resolverían lo que él no se molestaba en enfrentar.
Cal cerró la carpeta con suavidad, pero con firmeza, y la dejó sobre la mesa. Una sonrisa tranquila, casi amable, se dibujó en sus labios. No había rabia en ella, ni desprecio, sino la seguridad de quien ha visto suficiente para entender todo el panorama.
—Todo un personaje —dijo, mirando la carpeta cerrada—. Pero no eres el peligro que crees ser, Jack. Ni siquiera eres el héroe de tu propia historia. Eres simplemente un chico que aprendió a sobrevivir convenciendo a los demás de que sus problemas son culpa de un mundo injusto.
Se quedó en silencio unos momentos, pensando en lo que todo eso significaba.
—No será necesario que mueva hilos, ni que gaste dinero, ni que invente mentiras para hacerte daño —continuó en voz baja, como si el propio Jack pudiera escucharlo—. Tú solo te destruyes. Tu falta de constancia, tu rechazo a cualquier regla, tu creencia de que todo debe ser fácil… eso será tu ruina mucho antes de que yo tenga que levantar un dedo. Sería una mala inversión de mi tiempo y mi esfuerzo gastar energías en alguien que ya lleva su propia caída dentro de sí mismo.
Miró hacia la ventana, donde el mar se extendía infinito y oscuro bajo la luz de la luna. Pensó en Rose, en cómo miraba a Jack con ojos de admiración, viendo en él una libertad que ella creía envidiable. Pensó en Ruth, que veía en él una molestia, un intruso, pero que no entendía lo que realmente significaba para su hija.
—Además —añadió con una sonrisa que tenía un toque de ironía—, quiero ver algo con mis propios ojos. Quiero observar, sin intervenir, si Rose sigue fascinada por ti, el chico libre y apasionado, ahora que no tiene casa, ahora que no tiene joyas, ahora que no tiene un centavo en el bolsillo y un futuro incierto esperándola en Nueva York. Cuando la aventura se vuelva necesidad, cuando el romanticismo no llene el estómago, cuando tenga que elegir entre tus sueños y su supervivencia… entonces veremos si sigues siendo tan especial para ella como crees.
Apagó la lámpara del escritorio y se puso de pie.
—Que siga el juego. No haré nada. Solo observaré. Y la verdad… la verdad siempre se revela sola, sin que nadie tenga que forzarla.