Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
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Capítulo 16
Cap 16: Navidad amarga
Cuca insistió en que fuera al cumpleaños de Bianca.
—Una cosa son los pleitos de los grandes y otra que dejes de ver a tu hermana.
No era una distinción que yo pudiera compartir, pero no sabía cómo explicársela. Acepté con la condición de que me acompañara y regresáramos juntas.
Bianca cumplía once. Había globos en la sala y un pastel que ocupaba casi toda la mesa. Rogelio estaba sentado junto a ella, con una caja de regalo sobre las rodillas.
Herminia le servía antes que a los demás. Yo me quedé cerca de Cuca, contando cuánto faltaba para que cantaran y pudiéramos irnos.
Bianca cerró los ojos frente a las velas.
—Quiero que mi hermana y yo estemos juntas siempre.
Todos me miraron. Yo vi sus manos junto al pastel y recordé las que me habían empujado, la voz que después gritó que yo quería hacerle daño al bebé.
Cuca me tocó el codo. Esperaba que abrazara a Bianca.
Me acerqué lo suficiente para decirle feliz cumpleaños. Ella me sostuvo del brazo un momento más de lo necesario para que nos vieran juntas.
Rogelio le dio el teléfono. Era nuevo, con caja y moño. Bianca lo levantó para mostrarlo y Herminia le dijo que agradeciera bien.
Yo había visto ese modelo en manos de Rogelio una semana antes. Me había preguntado si me gustaba, antes de que yo le recordara que ya tenía uno. Ahora no podía saber si había pensado regalármelo o solo quería presumirlo. Decidí no darle más vueltas.
Herminia me tendió una rebanada de pastel.
—Tiene crema. No puedo comerla.
—Un poquito no te va a hacer nada.
—Soy alérgica. Ya lo sabe.
La dejé sobre la mesa. Cuca preguntó si quedaba otra cosa que pudiera comer. Herminia empezó a protestar por mis exigencias y mi abuela le pidió una fruta. La conversación siguió sin que yo tuviera que probar el pastel para demostrar educación.
Al bajar, encontramos apagado el foco del descanso. Me detuve. De noche me costaba distinguir los bordes desde niña; cuando había escalones, necesitaba luz o una mano sobre la pared.
Rogelio me agarró de los dedos.
—Yo te bajo. Lucero dice que no ves bien en lo oscuro.
Retiré la mano demasiado rápido y tuve que pegarme a la pared para no perder el equilibrio.
—No me agarres.
—Solo quería ayudarte.
No podía discutir mientras buscaba con el pie el primer peldaño. Encendí la linterna del teléfono que me había dado Santiago. Rogelio retrocedió y pude seguir a Cuca.
Antes de salir de vacaciones pedí de nuevo un cambio de asiento. Beatriz aceptó revisarlo al reorganizar los equipos. Esta vez le expliqué lo del cubrebocas y que Rogelio me agarraba aunque le dijera que no. No lo dejé en que me caía mal. La maestra me escuchó hasta el final y anotó mi petición.
En Navidad volvimos a coincidir en una salida al centro. Cuca aceptó acompañar a Herminia y se empeñó en que yo fuera. Había otros compañeros, entre ellos Miroslava, que buscaba caminar junto a Rogelio cada vez que el grupo se dividía.
Empezó a lloviznar. Entramos a una tienda y Rogelio compró una bufanda para Bianca. Después me tendió otra.
—Te va a dar frío.
Yo había llevado un suéter y me lo cerré hasta arriba.
—Gracias. No la quiero.
—No cuesta nada aceptarla.
—No quiero que me compres cosas.
Miroslava estaba mirando. Bianca dejó de tocar la suya. Rogelio insistió una vez más y, cuando no estiré la mano, salió con la bolsa y la tiró en un bote.
—¡Me la hubieras dado a mí! —protestó Bianca, mirando el bote.
Se echó a llorar. Decía que por mi culpa él se había enojado y ya se había arruinado la salida. Herminia fue hacia ella. Rogelio aprovechó el movimiento para agarrarme del brazo y apartarme del grupo.
Me llevó unos pasos hasta un pasaje junto a la plaza. No había dejado de sujetarme.
—Suéltame.
—Dime qué te hice.
—Ahora mismo, esto.
Miró mi brazo y lo soltó. Tenía los ojos húmedos, enojado y avergonzado de que los otros hubieran visto su regalo en la basura.
—Todo lo hago por ti. Hasta ser bueno con Bianca. Es tu hermana, quiero estar cerca de ti. ¿No entiendes?
Lo había oído antes. En la otra vida usó casi esas palabras cuando le pregunté por qué pasaba tanto tiempo con ella. Yo quise creer que su consideración hacia mi familia era una forma de quererme.
Me costó ver al muchacho de trece años que tenía enfrente. Por momentos solo veía al hombre que conocía todas mis excusas porque él mismo me las había dado.
—Si quieres hacerle un regalo a Bianca, házselo a ella. No me lo cobres a mí.
—No te estoy cobrando nada.
—Entonces acepta que te diga que no.
Se quedó callado. Yo miré hacia la plaza, donde Cuca acababa de vernos.
—No quiero que me agarres. No quiero regalos. Y no quiero que decidas por mí porque te gusto.
—Pues antes me gustabas. Ya se me quitó.
Asentí. No quise ganar la última palabra. Necesitaba salir del pasaje.
Miroslava me acompañó al baño de un café para secarnos. Pensé que venía a reclamarme y acerté solo a medias.
—No sabes lo feo que se vio lo de la bufanda.
—La tiró él.
Ella arrancó dos toallas de papel y me dio una.
—A mí me gusta. Y él ni me ve. No entiendo por qué te busca a ti si siempre lo tratas así.
Se lo dijo al espejo. Era más fácil que decírmelo a la cara.
Me contó que lo había visto proteger de la lluvia a un gato con su paraguas. Él se mojó para que el animal quedara debajo. La escena le había bastado para seguir mirándolo incluso cuando Rogelio no la miraba a ella.
Yo también conocía esa historia. En la otra vida él terminó contándome que sabía que una muchacha lo observaba. Aun así, aquel gato había quedado seco. Me molestaba que los gestos buenos no vinieran separados de todo lo demás, que no bastara señalar uno para explicar a una persona.
—Puede haberse portado bien con el gato —le dije—. Eso no me obliga a dejar que me toque.
Miroslava no respondió. Se secó la cara y me preguntó si ya estaba lista para salir.
Al salir, Rogelio seguía junto a la puerta de la tienda. Levantó la cabeza al vernos, pero no se acercó. Miroslava me dejó para ir con él.
Yo busqué a Cuca. Todavía llovía y había que encontrar un taxi. Esa tarde ya había dicho todo lo que quería decirle a Rogelio.