Ella renace en un nuevo mundo, en el cual tendrá que enfrentar dificultades por los problemas de su familia. Pero, no se quedará a sufrir, porque ella es una luchadora, siempre lo fue y siempre lo será..
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Posada 1
Los primeros días en la nueva casa fueron bastante más difíciles de lo que Gemma había imaginado.
Aunque la casa era grande en comparación con lo que podía permitirse, todavía estaba prácticamente vacía.
Había habitaciones sin muebles.
Espacios que necesitaban limpieza.
Cajas por todas partes.
Y una cantidad considerable de trabajo por hacer.
Pero esta vez no había acreedores detrás de ella.
No había una fecha de subasta.
No había una mansión que perder.
Ahora tenía algo mucho más importante.
Tenía un comienzo.
Gemma, Marta y Pedro trabajaron desde temprano hasta que caía la noche.
Movieron camas.
Ordenaron habitaciones.
Limpiaron.
Acomodaron muebles.
Organizaron la cocina.
Revisaron las provisiones.
Prepararon el comedor.
Gemma no dejó de trabajar ni un solo día.
Y lo más sorprendente para Marta y Pedro era que jamás se quejaba.
No protestaba porque estuviera cansada.
No gritaba porque algo hubiera quedado mal.
No exigía que alguien hiciera el trabajo por ella.
Simplemente se arremangaba y ayudaba.
Cuando algo salía mal, se reía.
Cuando algo era demasiado pesado, pedía ayuda.
Cuando terminaban una tarea, pasaba a la siguiente.
Y durante todo aquel tiempo seguía cuidando sus nuevos hábitos.
Comía a horarios más regulares.
Preparaba comida sencilla.
Tomaba agua.
Comía frutas y verduras.
Y caminaba constantemente.
Marta la observaba con frecuencia.
Había conocido a la antigua Gemma durante años.
La muchacha que había tenido todo y, aun así, siempre encontraba algo de qué quejarse.
Ahora aquella misma persona parecía completamente diferente.
Era alegre.
Libre.
Trabajadora.
Y tenía una personalidad mucho más cercana a la mujer que realmente era.
Además...
Seguía siendo bastante picara.
Un día, mientras Pedro intentaba mover una mesa demasiado pesada, Gemma lo observó unos segundos.
—¿Necesita ayuda?
Pedro negó.
—Puedo solo.
Gemma cruzó los brazos.
—Claro.
Lo miró levantar la mesa.
—Y yo seré la reina.
Pedro soltó una carcajada.
—Está bien, mi lady. Ayúdeme.
Gemma sonrió.
—Eso pensé.
Poco a poco, la casa comenzó a transformarse.
Y después de varios días...
Estuvieron listos.
La posada podía abrir sus puertas.
Pedro incluso había preparado un cartel.
Lo colocó frente a la entrada.
Gemma salió a verlo.
Se quedó mirando las letras.
LA POSADA DE GEMMA
Sonrió.
—Me gusta.
Pedro parecía orgulloso.
—Pensé que sería sencillo.
—Es perfecto.
Gemma tocó el cartel.
[Mi primera posada.]
Volvió a mirar la entrada.
[Ahora solo necesitamos clientes.]
Y ese pequeño detalle...
Resultó ser un problema.
El primer día pasó.
Nadie entró.
Gemma esperaba junto a la puerta.
Nada.
Esperó durante el almuerzo.
Nada.
Llegó la tarde.
Nada.
Finalmente cerró.
—Bueno...
Miró a Marta y Pedro.
—Quizás mañana.
El segundo día ocurrió exactamente lo mismo.
Nadie.
Ni un cliente.
Ni una persona curiosa.
Ni siquiera alguien que hubiera entrado por error.
Gemma comenzó a mirar la puerta con sospecha.
[¿Acaso mi posada es invisible?]
El tercer día fue igual.
Por la tarde, Gemma estaba sentada en una mesa del comedor.
Golpeaba suavemente los dedos contra la madera.
—Tres días.
Marta la miró.
—Sí, mi lady.
—Tres días.
Pedro asintió.
—Sí.
Gemma miró la puerta.
—¿Y nadie?
—Nadie.
Gemma respiró profundamente.
Estaba enojada.
Muy enojada.
Pero no decepcionada.
Había una diferencia.
[Que esté enojada no significa que vaya a rendirme.]
Se levantó.
—Voy al pueblo.
Marta preguntó..
—¿Para qué?
—A descubrir qué estamos haciendo mal.
Cuando llegó al pueblo, comenzó a caminar por las calles.
Observó las posadas existentes.
Vio restaurantes.
Tiendas.
Comercios.
Personas entrando y saliendo.
Y entonces comprendió.
Se detuvo en medio de la calle.
[Nadie sabe que existo.]
Era tan sencillo que casi se sintió tonta.
Había abierto una posada.
Había preparado comida.
Había colocado un cartel.
Y esperaba que la gente apareciera mágicamente.
[¿Cómo van a venir si nadie sabe que abrí?]
Recordó entonces algo de su vida anterior.
La publicidad.
Los pequeños negocios.
Los afiches.
Los anuncios.
Y una sonrisa apareció en su rostro.
[Bien.]
Regresó a la posada.
Buscó papel.
Tinta.
Y comenzó a escribir.
No era una obra de arte.
Pero era claro.
LA POSADA DE GEMMA
COMIDA CASERA
HABITACIONES DISPONIBLES
ESPECIAL DEL DÍA
Y debajo escribió:
¡PASE A CONOCERNOS!
Hizo varios.
Muchos.
Después se los entregó a Pedro.
—Repártalos por el pueblo.
Pedro miró los papeles.
—¿De verdad?
—Sí.
—Nunca había visto algo así.
Gemma sonrió.
—Entonces vamos a ser los primeros.
Pedro comenzó a repartirlos.
Algunas personas los miraban con curiosidad.
Otras preguntaban qué era.
Algunas se reían.
No era una costumbre habitual.
Pero funcionó.
Porque por primera vez...
La gente comenzó a saber que existía una nueva posada.
Al cuarto día, Gemma estaba limpiando una mesa cuando escuchó la puerta.
Levantó la cabeza.
Dos personas entraron.
Eran ancianos.
Un matrimonio.
Los dos miraron alrededor con cierta desconfianza.
Era evidente que no estaban completamente seguros de haber tomado una buena decisión.
Gemma inmediatamente se acercó.
Sonrió.
—¡Bienvenidos!
Los ancianos se miraron.
Gemma señaló una mesa.
—Pueden sentarse.
Los acompañó.
—Hoy tenemos un especial.
El hombre levantó una ceja.
—¿Qué especial?
Gemma sonrió.
—Sopa de pollo casera.
La mujer miró a su esposo.
Luego a Gemma.
—¿Es buena?
Gemma llevó una mano al pecho.
—Ofende que lo pregunte.
El anciano soltó una pequeña carcajada.
—Entonces queremos probarla.
—¡Excelente decisión!
Gemma regresó rápidamente a la cocina.
Sirvió dos platos.
El aroma comenzó a llenar el comedor.
Los ancianos observaron la comida.
Después probaron.
Primero él.
Luego ella.
Ambos quedaron en silencio.
Gemma los observó nerviosa.
[Por favor, que les guste.]
La anciana volvió a tomar otra cucharada.
Después sonrió.
—Está deliciosa.
El hombre asintió.
—Realmente deliciosa.
Gemma soltó el aire que había estado conteniendo.
—¡Me alegra!
Los dos terminaron sus platos.
Pagaron.
Y antes de marcharse, agradecieron a Gemma.
Ella sonrió.
—Si realmente quieren agradecerme...
Los ancianos la miraron.
—Recomienden la posada.
La pareja asintió.
—Lo haremos.
Y lo hicieron.
Al día siguiente...
Llegaron dos parejas de ancianos.
Gemma los recibió con una sonrisa.
—¡Bienvenidos!
Marta la observaba desde la cocina.
Pedro estaba detrás del mostrador.
La posada seguía estando prácticamente vacía.
No tenían una multitud.
No tenían largas filas.
No estaban ganando una fortuna.
Pero tenían clientes.
Y eso era suficiente.
Durante aquel día, Gemma sirvió sopa.
Preparó pan.
Atendió mesas.
Limpió.
Cobró.
Sonrió.
Y al final del día contó las monedas.
Eran pocas.
Muy pocas.
Las colocó sobre la mesa.
Marta miró la cantidad.
—No es mucho.
Gemma sonrió.
Tomó una moneda entre los dedos.
La observó.
—No.
Luego añadió:
—Pero es mío.
Miró las demás.
[Yo trabajé por esto.]
Sonrió.
[No me lo regaló nadie.]
Guardó las monedas cuidadosamente.
[Y mañana intentaré ganar un poquito más.]
La posada todavía era pequeña.
Los clientes todavía eran pocos.
El dinero todavía era escaso.
Pero Gemma no estaba preocupada.
Porque aquella vez no estaba intentando salvar lo que le quedaba de una fortuna.
Estaba construyendo algo desde cero.
Y, por primera vez...
Cada moneda que entraba por aquella puerta representaba exactamente lo que ella quería.
Trabajo.
Esfuerzo.
Y una vida que, poco a poco, comenzaba a pertenecerle.