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SABOR A FUEGO Y SOMBRA

SABOR A FUEGO Y SOMBRA

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Enfermizo / Completas
Popularitas:9.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LAS CENIZAS DEL AMANECER Y UNA NUEVA TREGUA

El silencio que siguió a la tormenta de pasión en el dormitorio principal de la Mansión Bustamante no era un silencio incosteable, sino uno de esos espacios donde el aire parece acomodarse de nuevo tras una descarga eléctrica. La luz de la luna llena, filtrándose con pereza a través de los pesados cortinajes de terciopelo, dibujaba sombras alargadas sobre el suelo de parquet, iluminando los restos de ropa esparcida y el desorden caótico de unas sábanas que habían sido testigo de un desahogo titánico.

Jeremías yacía boca arriba, con la cabeza apoyada cómodamente sobre la almohada, respirando con una tranquilidad que no conocía desde hacía lustros. Su cuerpo, que pocas horas antes ardía en una fiebre descontrolada y se convulsionaba por el tormento de una erección dolorosa, se sentía ahora ligero, vaciado de toda tensión. A su lado, acurrucada con la cabeza reposando directamente sobre el pecho firme y musculoso del empresario, Ana Belén trazaba círculos invisibles con la punta de su dedo índice sobre los músculos de su costillar, sintiendo aún el pulso a rítmicos latidos bajo su mejilla.

—¿Te duele algo? —preguntó ella de repente, rompiendo la quietud con un tono de voz suave, casi un susurro que vibraba contra la piel del magnate.

Jeremías bajó la mirada hacia ella, esbozando una sonrisa torcida que suavizaba los durísimos rasgos de su rostro. Levantó una de sus grandes manos y comenzó a enredar con torpeza pero con infinita ternura los mechones sueltos del cabello de Ana Belén, acomodándoselos detrás de la oreja.

—¿Después de semejante tratamiento milagroso? Lo único que me duele es no haber perdido la cabeza antes, Ana Belén —respondió él con esa ronquera natural que ahora sonaba cálida, desprovista de la arrogancia de antaño—. El doctor Duarte tenía razón. Eras la única medicina que podía bajarme esta fiebre... aunque reconozco que el remedio estuvo a punto de dejarme sin aliento de forma definitiva.

Ana Belén soltó una carcajada suave que hizo vibrar el pecho del magnate, dándole un golpecito juguetón en el abdomen con la palma de la mano.

—No te hagas el gracioso, viejo testarudo, que cuando te vi ese monstruo por primera vez pensé que me ibas a atravesar de lado a lado. Todavía tengo las piernas temblando —replicó ella con una mezcla de humor y descaro, aunque sus mejillas se tiñeron de un rubor cálido en la penumbra.

Jeremías soltó una risa gutural, disfrutando de la réplica con un placer genuino. Durante años, la gente a su alrededor —empleados, socios, familiares distantes— le había hablado con cautela, midiendo cada palabra por miedo a su carácter implacable o por lástima ante su condición física. Nadie se había atrevido jamás a retarlo, a llamarlo "viejo testarudo" o a mirarlo con esa mezcla de desparpajo y devoción apasionada. Con Ana Belén no existían títulos nobiliarios, ni cuentas bancarias, ni sillas de ruedas; solo dos seres humanos despojados de armaduras, encontrándose en el terreno más primario y sincero del deseo y la entrega.

—Gracias... —murmuró Jeremías de pronto, cambiando el tono de su voz, volviéndolo más grave, más íntimo, mientras la abrazaba con más fuerza contra su costado—. Sé que no te he tratado como te mereces. Que llegué a tu cafetería como un torbellino de arrogancia, que te insulté y que salí huyendo como un cobarde cuando me diste el primer beso de verdad en cinco años. No tengo excusa. Mi orgullo ha sido siempre el peor de mis carceleros.

Ana Belén se incorporó ligeramente sobre el codo, mirándolo a los ojos con fijeza. En la oscuridad de la habitación, las pupilas verdes de Jeremías brillaban con una vulnerabilidad que él jamás habría mostrado ante el mundo exterior. Ella extendió la mano y acarició con suavidad su mejilla, sintiendo la textura de la barba crecida.

—No tienes que pedirme perdón por tener miedo, Jeremías —dijo ella con una dulzura inesperada que desarmó por completo al magnate—. Todos cargamos con nuestros propios monstruos, con murallas que construimos para que nadie nos vuelva a hacer daño. La diferencia es que algunos se encierran en una torre de cristal y otros, como tú, prefieren rugir para que nadie se acerque a ver lo rotos que están por dentro. Pero ya ves... los muros se cayeron.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez era un silencio lleno de entendimiento mutuo. Fuera de la habitación, la noche seguía su curso silencioso; en la planta alta, doña Anahí dormía tranquila sabiendo que el peligro había pasado, y la pequeña María Fernanda descansaba sin sospechar el torbellino de pasiones que había sacudido los cimientos de la mansión.

—¿Y ahora qué? —preguntó Ana Belén con una ceja alzada, rompiendo la tregua reflexiva con una chispa de picardía en la mirada—. Porque supongo que no pretendes que finjamos que esto fue solo un tratamiento médico de emergencia y que mañana volveremos a ser unos desconocidos que se lanzan pullas en la cafetería, ¿o sí?

Jeremías sonrió de oreja a oreja, incorporándose con la ayuda de sus brazos hasta quedar semisentado, atrapándola entre su cuerpo y las sábanas en un gesto posesivo pero tierno.

—¿Desconocidos? Ni lo sueñes, hermosa —afirmó el magnate con una seguridad imponente, acercando sus labios a los de ella en una caricia que prometía continuidad—. Desde el momento en que pusiste un pie en mi vida, supe que ibas a poner mi mundo de cabeza. No pienso dejarte ir tan fácil. A partir de mañana, vas a tener que aguantarme el doble... tanto en la cafetería como aquí, en esta casa que ya no es tan fría ni tan oscura.

Ana Belén suspiró, dejándose besar de nuevo, sabiendo perfectamente que su vida acababa de dar un giro sin retorno. Entre las sábanas revueltas y el aroma a jazmín y sudor, el león herido había encontrado a su domadora, y ninguno de los dos tenía la más mínima intención de escapar.

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Nerika Moreno
Por Dios casi muero de tanto llorar, que capítulo tan fuerte me hizo recordar cuando yo pasé por lo mismo
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