Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
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CAPITULO 5. EL VEREDICTO DEL PATRIARCA
El verano pasó como un suspiro cálido y esquivo, dando paso al otoño de mi decimosexto año de vida. Óscar había comenzado sus estudios universitarios en la facultad de ingeniería de la ciudad, pero tal y como me había prometido, no se alejó de mí. Al contrario, nuestros encuentros se volvieron más maduros, planeados meticulosamente para esquivar los ojos de mi familia. Nos veíamos en pequeñas cafeterías alejadas del centro de Zúrich o dábamos largos paseos por los senderos menos transitados junto al lago, donde el viento fresco nos obligaba a caminar muy juntos.
Para mí, esos momentos eran mi única dosis de oxígeno. El ambiente en la mansión se había vuelto insoportable. Mi padre estaba inmerso en las negociaciones finales de un gran contrato con el astillero y su humor era más volátil que nunca. Mi madre, por su parte, pasaba las tardes mostrándome catálogos de telas para vestidos de alta costura, recordándome sutilmente que el tiempo corría y que pronto tendría que asumir mi papel como la perfecta prometida del heredero automotriz.
Yo me refugiaba en el amor silencioso y profundo que crecía entre Óscar y yo. Ya no éramos los niños de la biblioteca. Aunque él seguía usando sus sudaderas amplias cuando estábamos a solas y sus gafas se empañaban con el frío, ante mis ojos se estaba convirtiendo en el hombre más importante de mi existencia. Sus abrazos me resguardaban del mundo y sus palabras de aliento alimentaban mis ganas de estudiar Derecho para romper mis cadenas.
Sin embargo, la burbuja de felicidad que habíamos construido con tanto cuidado estalló una tarde gris de noviembre, el día en que cumplí los dieciséis años.
Recuerdo que regresé a casa un poco más tarde de lo habitual porque Óscar me había regalado un pequeño colgante de plata con forma de llave, un símbolo de la libertad que tanto ansiábamos. Yo venía con el corazón ensanchado, tocando la joya oculta bajo mi jersey, ignorando por completo la tormenta que me aguardaba tras las imponentes puertas de la mansión.
Nada más cruzar el vestíbulo, el ama de llaves me miró con una mezcla de lástima y nerviosismo.
—Señorita Natalia, su padre la espera en su despacho de inmediato —me comunicó con la voz baja—. Lleva una hora esperándola.
Un presentimiento helado me recorrió la espina dorsal. Asentí, tragué saliva y me encaminé hacia la planta superior. Crucé el pasillo de mármol, sintiendo que cada uno de mis pasos resonaba como una sentencia. Me detuve frente a la enorme puerta de roble macizo del despacho de mi padre. Inspiré hondo, intentando calmar el temblor de mis manos, y llamé suavemente con los nudillos.
—Adelante —ordenó la voz grave, profunda y carente de cualquier calidez de mi padre.
Empujé la puerta y entré. El despacho estaba sumido en una penumbra elegante, iluminado únicamente por los flexos de escritorio y el fuego de la chimenea que crepitaba con pereza. Mi padre, estaba sentado en su imponente silla de cuero negro, con los brazos apoyados en el escritorio de roble. Frente a él, sobre la superficie pulida, había varias fotografías extendidas.
Me acerqué con pasos lentos y me senté en la silla frente a él, manteniendo la espalda recta, tal y como me habían enseñado desde niña. Sin embargo, por dentro, mi inocencia estaba a punto de ser ejecutada. Mi padre no levantó la vista de inmediato; se tomó su tiempo, incrementando la tensión en el aire de forma deliberada. Cuando finalmente me miró, sus ojos grises eran dos témpanos de hielo.
—Natalia, es hora de que tú y yo mantengamos una conversación seria —comenzó a hablar, deslizando una de las fotografías hacia mi lado del escritorio—. Ya no eres una niña y no he podido evitar darme cuenta de ciertas cosas. He sido muy paciente, pero mi paciencia tiene un límite.
Bajé la mirada hacia la fotografía. Se me cortó la respiración. Éramos Óscar y yo, sentados en el banco de un parque dos semanas atrás. Él me sonreía mientras me colocaba la bufanda alrededor del cuello. El corazón me dio un vuelco violento y sentí que el despacho se quedaba sin aire.
—¿Creías que me chupo el dedo, Natalia? —continuó mi padre, con una calma que resultaba aterradora—. Sé perfectamente cómo funciona la mente de un hombre, y ese muchacho está enamorado de ti. Y lo que es peor, tú estás permitiendo que se acerque. Un chico de clase media, un don nadie que viste con harapos deportivos y limpia sus gafas baratas mientras intenta cortejar a mi hija.
—¡Óscar es mi mejor amigo! —mentí desesperadamente, sintiendo cómo las lágrimas de rabia y miedo luchaban por salir de mis ojos—. Él me salvó cuando se metían conmigo en el instituto, es la única persona que realmente me escucha...
—¡Silencio! —interrumpió él, golpeando levemente la mesa con su bolígrafo de oro. El sonido metálico resonó como el martillo de un juez implacable—. No me importan tus excusas sentimentales. Hija mía, no puedo permitir que sigáis compartiendo tiempo juntos. Esto se ha acabado hoy mismo.
—No puedes prohibirme verlo, papá... —supliqué en un hilo de voz, perdiendo toda mi rigidez y apoyando las manos en el borde del escritorio.
—Puedo y lo haré. Te quedan dos años para ir a la universidad y tu comportamiento actual es un riesgo que no voy a tolerar. Por eso, he tomado una decisión —sentenció, mirándome con una frialdad matemática—. Mañana por la mañana saldrás de esta casa. He gestionado tu ingreso en un internado privado en régimen cerrado en la frontera con Francia. Allí no tendrás acceso a teléfonos particulares, no se permiten visitas que no sean de tus padres y tus cartas serán revisadas por la dirección. Pasarás allí los próximos dos años hasta que termines el bachillerato, y de allí irás directa a la facultad que yo elija.
—¡No! ¡Por favor, papá, no me encierres! —las lágrimas finalmente desbordaron mis ojos, resbalando calientes por mis mejillas—. ¡Es mi vida! ¡No puedes decidirlo todo por mí!
Mi padre se reclinó en su silla, cruzando los dedos sobre el regazo, completamente inmune a mi llanto.
—Lo siento mucho, Natalia, pero tú ya tienes un futuro marido y no voy a permitir que estropees el acuerdo que firmé hace ya dieciséis años entre el padre de tu prometido y yo. Esa boda es el pilar de nuestra próxima expansión comercial e industrial. Tu destino es ser la esposa del heredero de la automotriz, y vas a cumplir con tu deber hacia este apellido, te guste o no. Tu opinión no importa en este despacho.
Cada una de sus palabras se clavó en mi pecho como astillas de hielo, destrozando la poca felicidad que me quedaba. Comprendí, con una claridad desgarradora, que para mi padre yo no era un ser humano; era un activo, una mercancía valiosa que debía mantenerse guardada bajo llave hasta el día de la transacción.
—Tu madre ya está preparando tus maletas en tu habitación —añadió él, recogiendo las fotografías del escritorio y guardándolas en un cajón con llave—. Cenarás en tu cuarto y mañana a primera hora el chófer te llevará a la estación de tren. No habrá despedidas, no habrá llamadas. Puedes retirarte.
Me puse de pie con las piernas temblándome tanto que temí caerme sobre la alfombra persa. Salí del despacho arrastrando los pies, conteniendo un sollozo que me quemaba la garganta. Cuando crucé el umbral y la pesada puerta de roble se cerró a mis espaldas, sentí que la jaula de oro se había transformado en una prisión blindada. Mi infancia feliz se había terminado para siempre, y la sombra del internado se alzaba ante mí como un abismo oscuro. Pero mientras caminaba hacia mi habitación, con la mano apretando fuertemente la llave de plata oculta bajo mi ropa, una furia fría comenzó a sustituir al miedo. Mi padre creía que me estaba domando, pero lo único que había conseguido era encender la mecha de mi absoluta rebelión.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️