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Siempre Tendrás 18

Siempre Tendrás 18

Status: Terminada
Genre:Enfermizo / Escuela / Amor eterno / Completas
Popularitas:481
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.

Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.

Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.

Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.

Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: Casa vacía

Mi casa no siempre fue silenciosa. Antes, cuando era chica, sonaba todo el día. La tele de mi papá con las noticias a todo volumen, mi mamá retándome porque dejaba la mochila tirada en medio del pasillo, yo cantando mal en la ducha. Ahora entro y lo primero que escucho es el refrigerador. Ese zumbido bajito que te das cuenta que existe solo cuando todo lo demás se fue.

Desde el diagnóstico mis papás entran en modo trabajo. No es que no quieran estar, es que no pueden parar. Mi mamá hace turnos en una clínica en el centro y después hace aseo en un edificio. Mi papá está en obra, llega con las manos partidas y con cemento hasta en las cejas. Salen a las seis de la mañana, a veces antes. Yo me levanto y ya no hay nadie. Solo queda el olor a café recién hecho y un post-it pegado en el refri.

Hoy decía: Hija, calenté cazuela, come todo. Te amo. Mamá. Con una carita feliz al lado. Mi mamá siempre dibuja caritas felices, aunque esté cansada.

Caliento la cazuela. Como sola en la mesa grande que es para cuatro pero que usamos solo para dejar cuentas. Prendo la tele aunque no la vea. Pongo cualquier cosa, un matinal, una novela, lo que sea que haga ruido. Si no, el silencio se me mete en la cabeza y empiezo a pensar. Y pensar a las cinco de la tarde, sola, es lo peor que puedo hacer. Pienso en la lista de exámenes que tengo pegada en mi pieza, en el próximo control, en si me va a doler de nuevo.

Tengo un truco para no volverme loca. Dejo la mochila abierta en el sillón, como si alguien fuera a llegar y preguntar cómo me fue. Dejo mis zapatillas cruzadas en la entrada, no ordenadas. Dejo una taza sucia a propósito. Cosas tontas que hacen que la casa parezca habitada por más de una persona. Mi psicóloga del hospital me dijo que era normal, que buscara maneras de sentirme acompañada. No me gusta esa palabra, acompañada. Suena a lástima.

Hago la tarea en la cocina porque en mi pieza me da frío. Matemáticas no entiendo, nunca entendí, y ahora menos. Miro la fórmula y pienso en otra cosa. Pienso en la azotea. Pienso en el cabro de ayer. Kael. No sabía su nombre hasta que don Luis lo gritó desde abajo. Kael, bájate de ahí que te vas a caer. Y él no se cayó. Se quedó cinco minutos más, como me dijo a mí.

Me pregunto si hoy estará. Me da vergüenza admitir que quiero que esté. No es que me haya enamorado en cinco minutos, no soy así. Es que por primera vez en semanas alguien me habló sin preguntarme cómo sigo, sin mirarme la cabeza para ver si se me está cayendo el pelo, sin esa cara de pobrecita. Me habló como si yo fuera solo una mina más que estaba invadiendo su lugar.

Mi mamá me llama a las siete. Siempre a las siete. Hola hija, ¿comiste? Sí, mamá. ¿Tomaste agua? Sí. ¿Te duele algo? No. Mentira. Me duele un poco la espalda, como si me apretaran los huesos por dentro, pero no se lo digo. Si le digo, se viene corriendo y pierde plata y después se siente culpable y yo me siento más culpable todavía. Así que le digo que no, que todo bien, que estoy haciendo tarea. Ella me dice te amo, cuídate, deja la puerta con llave. Yo le digo yo también.

Cuelgo y vuelvo al silencio. Son las siete con cinco y afuera ya está oscuro. Conce en invierno se pone oscuro muy temprano y todo se ve más triste. Miro por la ventana y veo las luces de los departamentos de al frente. Gente cenando, gente peleando, gente viviendo normal. Me pregunto si alguno de ellos también tiene una lista escondida en un cuaderno de cálculo.

A las ocho me doy cuenta de que no he hablado con nadie en voz alta desde que llegué. Solo por teléfono. Entonces hablo sola, en voz baja, como para probar que mi voz sigue ahí. Digo mi nombre. Abril. Digo mañana tengo que llevar el certificado médico. Digo tengo que comprar corrector porque se me acabó de tanto borrar la parte cuatro de la lista.

Guardo la cazuela que sobró. Lavo mi plato. Dejo todo ordenado porque mi mamá odia llegar y encontrar la cocina sucia. Me meto a mi pieza y saco el cuaderno. Miro la lista otra vez. Días Prestados. La escribí con rabia y ahora la miro con un poco de esperanza, no sé por qué. Tal vez por el cabro de la azotea. Tal vez porque por fin tengo a quién contarle si logro tachar algo.

Me acuesto temprano, pero no me duermo. Escucho los autos pasar, escucho a los vecinos del segundo piso que siempre arrastran una silla. Pienso que mañana me voy a quedar de nuevo hasta tarde en la biblioteca. La señora Marta ya me guarda el enchufe del rincón. Don Luis ya sabe que subo a la azotea aunque diga que está prohibido.

Apago la luz y dejo el celular con la pantalla prendida un rato, solo para que haya algo de luz. Mañana voy a volver a subir. Cinco minutos más. A ver si está.

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