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Mi ex, mi jefe y mi esposo

Mi ex, mi jefe y mi esposo

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Malentendidos / Elección equivocada / Romance de oficina / La mimada del jefe / Matrimonio contratado / Completas
Popularitas:98
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12

Pasé la semana diciendo que todavía no había aceptado mientras reunía los documentos que necesitábamos para casarnos.

Pedí cambios en el convenio. Revisé las funciones del puesto, insistí en que el plazo de un año quedara claro y asistí con Damián al curso prenupcial. Julián consiguió una cita extraordinaria para el domingo siguiente, pendiente de que yo confirmara. A todo eso le llamé estudiar la propuesta.

El sábado Fabiola me llevó a un bar de la Roma.

—Hoy no vas a leer contratos —dijo al quitarle un lugar a mi bolsa para sentarse junto a mí.

Pedimos mezcal y algo de comer. Apenas probé la comida. Había dejado en casa la versión corregida del convenio y seguía repasándola, como si encontrar otra coma mal puesta pudiera aplazar la única pregunta que no sabía responder.

Fabiola pidió otra copa.

—Andrés me contó algo de Damián. De primero de prepa.

—No quiero hablar de eso.

—Ya sé. Por eso me sorprende que vayas a casarte con él.

La miré. Me devolvió una expresión inocente que no le creí.

Según Andrés, de pronto a Damián le había empezado a importar el promedio. El muchacho que entregaba lo indispensable pasó a competir con los primeros del grupo. Cuando Andrés le preguntó por qué, contestó que ahora tenía un objetivo.

—Una muchacha —dictaminó Fabiola—. Yo digo que era una muchacha.

—O quería fastidiar a su papá.

—También se pueden hacer las dos cosas.

Recordé a Damián pidiéndome apuntes que después fingía no necesitar. Un día había recibido un examen sin un solo error y se había vuelto hacia mí antes de guardarlo. Yo le pregunté si había copiado. Él se rio, pero dejó de enseñármelo.

No había pensado en ese momento en años.

—¿En qué te quedaste? —preguntó Fabiola.

—En nada.

—Rena.

—En que pudo haberme dicho las cosas sin hacer todo tan difícil.

Fabiola dejó su vaso.

—Eso mismo puede estar pensando él.

Seguí bebiendo. Entre las dos acabamos pidiendo una botella, y para cuando Fabiola decidió que ya era hora de irnos, yo no habría podido explicar qué habíamos resuelto. Me acompañó hasta mi casa cerca de las dos y esperó a verme entrar.

Subí despacio, agarrada del barandal. Mi madre dormía. Las rosas seguían en la mesa; Lucía les había cambiado el agua y quitado las hojas de abajo.

Me acosté vestida.

El convenio estaba en el escritorio. No necesitaba abrirlo para recordar las cifras. Con ese sueldo podía ayudar a mi papá sin sacar otra cuenta de una deuda para tapar la anterior. Podía tener experiencia en estrategia, presentar resultados, pedir el siguiente empleo con algo más que un promedio y una recomendación que nunca llegaba.

Y podía verlo al volver a casa.

Ese pensamiento llegó con tanta facilidad que intenté corregirlo. Verlo era parte del acuerdo. Vivir juntos evitaría preguntas de su familia. No hacía falta que significara nada más.

Pero había pasado toda la semana preguntando por el puesto y ninguna vez por la distribución de los cuartos.

Miré la hora: tres y siete. Sabía que estaba tomada. También sabía que llevaba días aplazando una respuesta que el mezcal no había inventado. Busqué su número antes de encontrar otra razón para esperar.

Contestó al segundo timbre.

—¿Renata?

—Acepto.

No oí nada durante unos segundos. Después, el roce de una tela al otro lado.

—¿Ha estado bebiendo?

—Sí. Pero esto lo pensé antes.

—Mañana hablamos.

—Mañana tenemos la cita. Quería decirle que voy a ir.

Me quedé mirando la sombra del ventilador en el techo. Si él hubiera hecho una broma, quizá me habría dado una excusa para enfadarme y colgar. No la hizo.

—Tome agua —dijo.

—No me cambie el tema. Lo del puesto, ¿va en serio?

—Está en la versión que revisó.

—Eso no me garantiza que después me deje trabajar.

—Va a presentar los proyectos. A responder por ellos también.

—No quiero que me ponga ahí para tenerme sentada junto a usted.

—Eso ya lo hablamos, Renata.

Era cierto. Lo habíamos hablado más de una vez. Lo que quería que me garantizara no cabía en una descripción de puesto.

—Y a mis papás no les decimos todavía.

—De acuerdo.

—No voy a hacerlos pasar por una boda para explicarles un divorcio un año después.

Lo dije con firmeza, como si ya pudiera ver ese momento sin que me doliera.

Damián esperó a que terminara. Luego me preguntó si había llegado sola y si había comido. Mencionó el caldo de doña Cuca y por fin hice la pregunta que llevaba pendiente desde el hospital.

—¿Desde cuándo conoce tan bien la fonda?

—La encontré una vez que volví por trabajo.

—Queda bastante lejos de sus oficinas.

—Y usted está bastante lejos del vaso de agua que le pedí que tomara.

Me levanté para ir por él. Lo tuve al teléfono mientras llenaba el vaso, hablándole bajo para no despertar a mi madre. Esa intimidad sencilla, poder volver al cuarto con su voz al oído, era más peligrosa que las promesas impresas. Yo sí sabía lo que significaba echarla de menos.

Antes de colgar, me preguntó otra vez:

—¿Quiere casarse conmigo?

Pude contestar hablando del convenio. No lo hice.

—Sí.

Ya de vuelta en la cama le mandé un mensaje para que no quedara solamente en una llamada de madrugada.

«Mañana. Nueve de la mañana. Registro Civil».

«Ahí voy a estar», respondió.

Un minuto después llegó otro:

«Duerme, Rena».

Puse la alarma a las ocho. Mientras buscaba el cargador recordé que, al cumplirse doce meses, tendríamos que pedir el divorcio. No bastaba con llegar a una fecha. Tendría que volver a sentarme frente a él y decirle que me iba.

Dejé el teléfono junto a la almohada. Por esa noche me permití pensar solamente en llegar.

No oí la alarma.

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