Una mujer atrapada en un matrimonio que dejó de hacerla feliz conoce a otra mujer que despierta en ella un amor inesperado, obligándola a enfrentarse a sus miedos, sus secretos y a las consecuencias de elegir entre la vida que construyó y el amor que jamás se atrevió a imaginar.
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Capítulo 23 El hombre detrás de la puerta
La risa volvió a escucharse.
Más cerca.
Victoria sintió que se le erizaba la piel.
No era una risa desconocida.
La había escuchado de niña.
En aquella casa.
En los pasillos.
En las noches en que despertaba llorando sin saber por qué.
—No… —susurró.
Lucía se acercó.
—¿Qué pasa?
Victoria negó lentamente.
—Yo conozco esa risa.
Daniel la miró.
—Entonces ya empezó.
—¿Qué empezó?
Daniel no respondió.
Otra risa.
Esta vez detrás de la pared.
Ja… ja… ja…
Isabel comenzó a retroceder.
—Tenemos que salir.
Victoria la miró.
—¿Quién está ahí?
—No preguntes.
—¡¿Quién?!
Isabel la miró con terror.
—El hombre que todos llamaron muerto.
Sebastián levantó el arma.
—¿Julián?
Isabel negó.
—No.
Victoria sintió un escalofrío.
—Entonces, ¿quién?
La mujer tragó saliva.
—Tu hermano.
Sebastián quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
—Mi hermano murió.
—Eso fue lo que te hicieron creer.
Sebastián dio un paso hacia ella.
—¿Dónde está?
Isabel señaló la pared.
—Detrás de esa puerta.
Victoria miró el muro.
Había una puerta que antes no estaba.
O quizá siempre había estado allí.
Una cerradura oxidada.
Y debajo…
marcas de uñas.
Muchas.
Victoria se acercó.
—Él estuvo encerrado aquí.
Isabel asintió.
—Durante años.
—¿Quién lo encerró?
Isabel miró a Arturo.
—Él.
Arturo sonrió.
—No fui yo.
Victoria se volvió hacia él.
—Entonces dime quién.
Arturo guardó silencio.
—¡Dímelo!
—Tu madre.
Elena comenzó a llorar.
—No.
Victoria se giró.
—¿Tú?
—No tuve opción.
—Siempre tienen una excusa.
Elena negó desesperadamente.
—Si no lo hacía, lo mataban.
Victoria apretó los puños.
—¿Quién?
Elena no contestó.
Desde detrás de la puerta se escuchó un golpe.
¡BAM!
Todos se sobresaltaron.
Otro.
¡BAM!
—¡Ábranme!
Victoria se quedó sin aire.
Era una voz masculina.
Joven.
Agotada.
Pero viva.
Sebastián se acercó.
—¿Quién eres?
La respuesta tardó unos segundos.
—¿De verdad no me reconoces?
Sebastián cerró los ojos.
—No…
La voz respondió:
—Soy yo.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Tu nombre?
Silencio.
Después:
—El que me quitasteis.
Sebastián retrocedió.
—No.
Victoria lo miró.
—¿Qué significa eso?
Sebastián comenzó a temblar.
—No lo sé.
—Mientes.
—Victoria…
—¡Tú sabes quién es!
Sebastián se cubrió el rostro.
—Yo lo dejé aquí.
Elena gritó:
—¡Sebastián!
Victoria lo miró horrorizada.
—¿Tú?
—No quería.
—¿Qué hiciste?
—Tenía diecisiete años.
—¡¿Qué hiciste?!
Sebastián lloró.
—Me dijeron que si no lo hacía, te matarían.
Victoria quedó paralizada.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Quién te lo dijo?
Sebastián miró a Arturo.
—Él.
Arturo negó.
—No fui yo.
Sebastián gritó:
—¡Sí fuiste tú!
Arturo levantó el arma.
—Cuidado.
Daniel se interpuso.
—No vuelvas a apuntarle.
Arturo lo miró.
—¿Todavía quieres hacerte el héroe?
Daniel respondió:
—No.
Hizo una pausa.
—Quiero terminar esto.
Arturo sonrió.
—Entonces termina conmigo.
Daniel levantó el arma.
Victoria se interpuso.
—¡No!
—Apártate.
—No.
—Victoria, él mató a tu madre.
Elena quedó inmóvil.
—¿Qué?
Victoria miró a Daniel.
—¿Qué acabas de decir?
Daniel respiró profundamente.
—Arturo ordenó que la mataran.
Elena comenzó a llorar.
—No fue así.
Victoria la miró.
—¿Entonces cómo fue?
Elena respondió:
—Me dieron por muerta.
—¿Quién?
—La misma noche del accidente.
Victoria sintió un vacío.
—Pero tú sobreviviste.
—Sí.
—¿Y por qué te escondiste?
Elena miró a la puerta.
—Porque alguien quería asegurarse de que nunca pudiera contar lo que vi.
Victoria se acercó.
—¿Qué viste?
Elena señaló a Arturo.
—A él.
Arturo sonrió.
—Eso no prueba nada.
—Lo vi manipular los frenos.
El silencio fue absoluto.
Daniel cerró los ojos.
Victoria sintió que todo se detuvo.
—¿Arturo?
Elena asintió.
—Sí.
Arturo negó.
—Miente.
—Yo estaba allí.
—No.
—Te vi.
Arturo levantó el arma.
—Y yo te vi a ti.
Elena retrocedió.
—¿Qué quieres decir?
—Que tú también estabas allí cuando cambiaron los frenos.
Victoria miró a su madre.
—¿Es verdad?
Elena no respondió.
Victoria sintió que el pecho se le cerraba.
—Mamá…
—Sí.
—¿Tú estabas con él?
Elena lloró.
—No para ayudarte a morir.
—Entonces, ¿para qué?
—Para salvarte.
Victoria soltó una risa amarga.
—Todos dicen lo mismo.
Detrás de la puerta se escuchó otro golpe.
—¡Victoria!
La voz del hombre volvió.
—¡No les creas!
Victoria giró.
—¡¿Quién eres?!
—¡Abre!
Victoria tomó la llave.
Daniel la agarró del brazo.
—No.
—Suéltame.
—Es una trampa.
—Puede ser mi hermano.
—Precisamente.
Victoria lo miró.
—¿Qué sabes?
Daniel no respondió.
—¡¿QUÉ SABES?!
—Sé que ese hombre no es quien crees.
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
Daniel miró a Isabel.
—Porque él no sobrevivió al accidente.
Isabel comenzó a llorar.
—No.
Daniel continuó:
—El hombre detrás de esa puerta murió esa noche.
Victoria miró a Isabel.
—¿Entonces quién está ahí?
La mujer se quedó pálida.
—No lo sé.
Un silencio terrible.
Después, la voz detrás de la puerta volvió a hablar.
—Sí sabes.
Isabel comenzó a temblar.
—No…
—Diles quién soy.
—No.
—Diles.
Victoria se acercó.
—Isabel.
La mujer la miró.
—Es tu hermano.
—¿Entonces por qué Daniel dice que murió?
Isabel cerró los ojos.
—Porque Daniel lo vio morir.
Victoria miró a Daniel.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Entonces?
Daniel respiró profundamente.
—Porque el hombre que murió no era tu hermano.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Qué?
Daniel señaló a Isabel.
—Era su doble.
Nadie habló.
Mateo dejó caer lentamente el arma.
—Dios…
Victoria miró a Isabel.
—¿Tenían un doble?
—No.
—Entonces explícame.
Isabel lloraba.
—No era un doble.
—¿Qué era?
La mujer tardó en responder.
—Era alguien creado para parecerse a él.
Victoria sintió un frío profundo.
—¿Quién?
Isabel levantó la mirada.
—Un hijo que Arturo tuvo antes.
Arturo palideció.
—Cállate.
Victoria lo miró.
—¿Tú tienes otro hijo?
Arturo apretó los dientes.
—No.
Isabel gritó:
—¡Sí!
Arturo levantó el arma.
—¡Basta!
Disparó.
Pero esta vez Sebastián se lanzó sobre él.
El disparo se perdió en el techo.
Todos comenzaron a gritar.
—¡Corran! —gritó Mateo.
Daniel tomó a Victoria.
—¡Ahora!
Victoria no se movió.
—¡Mi hermano!
—¡No hay tiempo!
La puerta comenzó a abrirse sola.
Muy lentamente.
Crrrreeeeec…
Todos quedaron mirando.
Una mano apareció por la abertura.
Después un rostro.
Victoria dejó de respirar.
El hombre salió de la oscuridad.
Era joven.
Demasiado parecido a Sebastián.
Pero tenía una cicatriz atravesándole el rostro.
Sebastián lo miró.
—No…
El desconocido sonrió.
—Hola, hermano.
Sebastián retrocedió.
Victoria sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—¿Eres tú?
El hombre la miró.
—Sí.
—¿Quién eres?
Él dio un paso hacia ella.
—Soy el que tú olvidaste.
Victoria sintió un golpe de memoria.
Una habitación.
Una niña.
Dos niños.
Una promesa.
“Nunca le digas a nadie que existo.”
Victoria se llevó las manos a la cabeza.
—Yo te conozco.
El hombre sonrió.
—Por fin.
Daniel apuntó hacia él.
—Aléjate de ella.
El hombre lo miró.
—Tú no tienes derecho a protegerla.
—Baja el arma —ordenó Daniel.
—¿Sabes qué fue lo último que me dijo Victoria antes de que me encerraran?
Daniel no respondió.
El hombre miró a Victoria.
—Me dijo que nunca dejaría que nadie nos separara.
Victoria comenzó a llorar.
—¿Qué te hicieron?
El hombre se acercó.
—Me quitaron diez años.
Arturo levantó el arma.
—Y ahora te voy a quitar los que te quedan.
Disparó.
Pero el hombre se movió.
La bala alcanzó a Elena.
—¡MAMÁ!
Victoria corrió hacia ella.
Elena cayó al suelo.
Y mientras todos gritaban, la mujer del asiento trasero se acercó al oído de Victoria.
—Ahora tienes que elegir.
Victoria levantó la mirada.
—¿Qué?
La mujer señaló dos puertas.
Una llevaba hacia la salida.
La otra…
hacia el corazón de la casa.
—Si sales, tu madre puede vivir.
Hizo una pausa.
—Si entras ahí, descubrirás quién ordenó realmente el accidente.
Victoria miró a Elena.
Después a Lucía.
Luego al hombre que decía ser su hermano.
Y finalmente a la puerta oscura.
La casa volvió a temblar.
Una explosión sacudió el techo.
Victoria tomó una decisión.
—Lucía, quédate con mi madre.
Lucía negó.
—No.
—Por favor.
—No voy a dejarte otra vez.
Victoria le sostuvo el rostro.
—Esta vez necesito hacerlo sola.
Lucía la besó.
Fue un beso breve.
Desesperado.
—Entonces vuelve.
Victoria asintió.
—Voy a volver.
Se giró.
Entró por la puerta oscura.
Y antes de que desapareciera en las sombras, escuchó una última frase detrás de ella.
La voz de Daniel.
—Victoria…
Ella se detuvo.
—¿Qué?
Daniel estaba llorando.
—El hombre que provocó el accidente…
Hizo una pausa.
—No fue Arturo.
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Entonces quién?
Daniel levantó la mirada.
—Fue alguien que tú amabas.
La puerta se cerró.
Y Victoria quedó sola en la oscuridad.
Entonces una luz se encendió frente a ella.
Y en una silla, esperando desde hacía diez años…
estaba la persona que menos esperaba encontrar.