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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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7. Échate (+18)
Valentín la tomó del brazo. No del codo, no de la muñeca. Del brazo, justo donde los moretones del vestido de novia habían estado cubiertos por maquillaje. La guió hacia la cama sin una palabra, con la misma firmeza con la que habría guiado a un caballo por el cabestro.
Las sábanas blancas olían a lavanda y a algo más antiguo, a madera de cedro, a las noches anteriores en las que Valentín había dormido solo en esa cama mientras.
- “Échate”, ordenó él.
Monica se sentó en el borde del colchón. La tela de las sábanas le pegó en los muslos desnudos, fría como un chorro de agua. Se echó hacia atrás, apoyando la cabeza en los almohadones, y el pelo se le extendió por la funda blanca.
Valentín se quitó los calzoncillos. La erección saltó libre y se pegó al abdomen, y Monica la vio de cerca por primera vez en su vida. Larga, gruesa, con las venas marcadas bajo la piel oscura y la punta más clara, hinchada y brillante. El vello de la base era negro y denso, y le cubría el bajo vientre en un triángulo que se conectaba con el del pecho por una línea fina que corría por el centro del abdomen.
Él se subió a la cama. El colchón se hundió bajo su peso, y el cuerpo de Monica se inclinó hacia el de él como si la gravedad hubiera cambiado de centro. Valentín se arrodilló entre sus piernas, le abrió los muslos con las dos manos, un movimiento seco, sin suavidad, las palmas planas contra la cara interna de los muslos, y se inclinó sobre Monica.
La boca le cayó sobre el cuello. No besó, presionó. Los labios se abrieron sobre la piel y los dientes mordieron con una presión que no llegaba al dolor pero que le comunicó a Monica que podían llegar, que ese era el límite actual y que él decidía cuánto más allá.
Monica cerró los ojos. Las manos de él bajaron por sus costados, le agarraron las caderas y la acercaron con un tirón. Sus nalgas se deslizaron por las sábanas y su femineidad se abrió contra el bajo vientre de Valentín, y el calor de la piel de él le golpeó la intimidad, y la masculinidad dura se aplastó entre los dos cuerpos, caliente y pesado contra el estómago de Monica.
Él no se detuvo. La boca bajó del cuello a la clavícula, y de ahí al seno izquierdo. Tomó el pezón entre los labios y tiró de él con fuerza, y Monica arqueó la espalda con un sonido que se le escapó de la garganta sin permiso, algo entre un jadeo y un gemido que la avergonzó. Las manos de Valentín le apretaron las caderas más fuerte, y los dedos se le clavaron en la carne blanda, y Monica supo que al día siguiente tendría moretones nuevos junto a los viejos.
La boca de Valentín se abrió contra el pezón, y Monica sintió la lengua, áspera y caliente, girando en círculos lentos alrededor de la aureola mientras los dientes mordían con una presión creciente. El otro seno quedó bajo la palma de su mano derecha, y él lo amasó con una aspereza que no tenía nada de cariño, apretando el pezón entre el índice y el pulgar hasta que Monica soltó otro sonido, más agudo.
- “Calla”, dijo él contra su piel, sin levantar la boca.
Monica se mordió el labio inferior. El sabor metálico de la sangre le llenó la punta de la lengua.
Valentín se incorporó. Se sentó sobre los talones entre las piernas de Monica y la miró desde arriba con esos ojos oscuros que no revelaban nada. Pero el pecho le subía y bajaba con más fuerza, y la masculinidad le palpitaba con cada latido, y una gota de líquido le colgó de la punta antes de caer sobre el vientre de Monica con un contacto tibio que la hizo contraerse.
Él la vio contraerse. Y algo en su mandíbula se apretó. Los músculos maseterios se le marcaron bajo la barba, y Monica entendió que ese gesto, esa pérdida de control microscópica en su cara, era lo más cerca que Valentín Marín estaría de admitir que la deseaba hasta el punto de no respirar bien.
La mano de Valentín bajó. Monica la vio descender por su propio cuerpo: sobre el esternón, sobre el vientre, sobre el monte de Venus. Los dedos se abrieron entre su femineidad, y la punta del medio resbaló por la hendidura ya mojada con una lentitud que contrastaba con todo lo anterior.
Monica se tensó. Los músculos de los muslos se le contrajeron y las rodillas intentaron cerrarse, pero los codos de Valentín las mantuvieron abiertas sin esfuerzo.
- “Estás mojada”, dijo él, con la misma voz con la que habría dicho «la factura está pagada».
Los dedos exploraron. El medio se deslizó hacia la entrada, y Valentín empujó con la punta, y Monica sintió la presión, extraña e intrusa, de algo que no era suyo abriéndose camino. Él no la penetró con el dedo. Solo probó la resistencia, la humedad, la temperatura. Y luego sacó el dedo y se lo llevó a la boca.
Se lo chupó sin bajar la mirada de Monica. La lengua le salió y le limpió el dedo con un movimiento lento, y Monica vio cómo las pupilas de Valentín se dilataban, cómo el iris negro casi desaparecía bajo el negro más profundo de la pupila, y supo que ese gesto, ese chuparse el dedo impregnado de Monica, no era parte de la frialdad calculada. Era deseo absoluto.