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Contrato Con El Diablo

Contrato Con El Diablo

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor-odio / Amor prohibido
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Para salvar a su familia de la quiebra, Elena Moretti firma un contrato matrimonial de doce meses con Alessandro Rossi, el CEO más frío y despiadado de Milán.
Él es poder, oscuridad y venganza hecha hombre.
Ella solo es una pieza en un juego que comenzó hace cinco años.
Obligada a vivir bajo el mismo techo del hombre que odia, Elena descubrirá pronto que detrás de esos ojos grises se esconde un secreto devastador: Alessandro no la eligió por casualidad. Lo ha planeado todo para hacerle pagar.
Entre noches ardientes, malentendidos que rompen el alma y verdades que pueden destruirlo todo, el odio se convierte en una pasión peligrosa.
Pero cuando la venganza se mezcla con el deseo… ¿quién de los dos perderá el control primero?
Un matrimonio de conveniencia.
Un amor prohibido.
Una verdad que podría aniquilarlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 – La llamada de la medianoche

Elena se quedó mirando la pantalla del teléfono nuevo durante varios minutos, como si las palabras pudieran cambiar si las leía suficientes veces.

«Bienvenida al juego, Elena.

Si quieres saber la verdad sobre esa noche, ven sola al viejo almacén del puerto mañana a medianoche.

Ven sola… o tu esposo morirá como Sofia casi muere.»

El número era desconocido. Ningún nombre. Solo esa amenaza directa.

Su primer impulso fue correr a contárselo a Alessandro. Pero algo la detuvo. ¿Y si era una trampa? ¿Y si la persona que le escribía sabía algo que ni siquiera Alessandro conocía? ¿Y si era la oportunidad de demostrar su inocencia?

Se sentó en la cama, con la espalda contra el cabecero. Fuera, la mansión estaba en completo silencio. Solo se escuchaba el viento moviendo las ramas de los árboles del jardín.

Pasaron las horas. Elena no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía la foto de Sofia acusándola, la mirada fría de Alessandro y ese abrazo inesperado que aún sentía en su piel.

A las tres de la mañana, escuchó pasos en la habitación contigua. La puerta comunicante se movió ligeramente, como si alguien estuviera probando el picaporte de nuevo. Elena contuvo la respiración. La cerradura estaba puesta, pero sabía que no detendría a Alessandro si realmente quería entrar.

Los pasos se alejaron. Otra vez.

A la mañana siguiente, bajó al comedor con ojeras. Alessandro ya estaba allí, leyendo el periódico mientras tomaba café. Se veía impecable, como siempre.

—Dormiste mal —afirmó sin preguntar. Era una constatación.

—No pude dormir —admitió ella, sentándose frente a él.

Él dobló el periódico y la miró fijamente.

—¿Hay algo que quieras contarme?

Elena dudó. El mensaje quemaba en su mente. Pero decidió callar… por ahora.

—No. Solo estoy cansada.

Alessandro no insistió, pero su expresión decía que no le creía del todo. Desayunaron en silencio. Después, él se levantó.

—Tengo reuniones toda la mañana. Volveré por la tarde. No salgas de la mansión sin avisarme.

—¿Soy tu prisionera? —preguntó ella con ironía.

—Eres mi esposa —respondió él, acercándose—. Y en este momento, eso es más peligroso de lo que imaginas.

Antes de irse, se inclinó y depositó un beso rápido y posesivo en su frente. Elena se quedó congelada. No fue un beso romántico… fue una marca. Como si estuviera diciendo “mía” sin palabras.

El resto del día Elena lo pasó investigando por su cuenta. Usó su laptop para buscar noticias antiguas sobre el incendio en la villa de Alessandro. Había muy poca información: “Incendio accidental cobra la vida de Sofia Bianchi, prometida del empresario Alessandro Rossi”. Nada más. Como si alguien hubiera borrado todo rastro.

Por la tarde, decidió explorar la mansión. En la biblioteca del segundo piso encontró algo interesante: un álbum de fotos antiguo escondido detrás de unos libros. En una de las páginas había una foto de Alessandro mucho más joven, sonriendo junto a Sofia. Parecían felices. Elena sintió una punzada extraña en el pecho. ¿Celos? No podía ser.

Cerró el álbum bruscamente.

Cuando Alessandro regresó al atardecer, la encontró en el jardín, sentada junto a la piscina. Se acercó en silencio y se sentó a su lado.

—Hoy recibí los resultados de unas pruebas —dijo de pronto—. Sofia está estable, pero su memoria es confusa. Dice que está segura de que eras tú… pero también menciona una máscara y que la voz no coincidía del todo.

Elena lo miró esperanzada.

—¿Eso significa que me crees?

Alessandro suspiró.

—Significa que hay algo más grande detrás de todo esto. Alguien está jugando con nosotros.

La noche cayó rápidamente. Elena estaba nerviosa. Faltaban pocas horas para la medianoche. Tenía que decidir si iba o no al almacén del puerto.

A las once y media, mientras Alessandro estaba en su despacho atendiendo una llamada importante, Elena tomó una decisión. Se puso ropa oscura, zapatillas cómodas y salió por la puerta trasera de la mansión. Uno de los guardias de seguridad estaba distraído. Logró escabullirse y tomó uno de los autos más discretos que había en el garaje.

Conducir sola por las calles de Milán de noche le provocaba terror, pero siguió adelante. El viejo almacén del puerto estaba abandonado, rodeado de contenedores oxidados y niebla baja.

Estacionó a una cuadra de distancia y caminó el resto del camino. El lugar estaba en completo silencio. Solo se escuchaba el agua golpeando contra los muelles.

—Aquí estoy —dijo en voz alta, con la voz temblando—. ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

De las sombras salió una figura. Un hombre alto, con capucha. No podía verle el rostro.

—Elena Moretti… o debería decir, Elena Rossi ahora.

—¿Quién eres? —preguntó ella, retrocediendo un paso.

—Alguien que sabe la verdad. Tu padre no actuó solo esa noche. Había alguien más. Alguien muy cercano a Alessandro.

—¿Qué quieres decir?

El hombre dio un paso adelante.

—Sofia no era la víctima principal. El objetivo era Alessandro. Tú solo fuiste… el peón perfecto.

De repente, se escucharon pasos detrás de Elena. Se giró asustada.

Era Alessandro.

Su expresión era de pura furia.

—¿Qué demonios haces aquí? —rugió.

El hombre encapuchado maldijo y salió corriendo hacia la oscuridad. Alessandro lo persiguió, pero el desconocido desapareció entre los contenedores.

Alessandro regresó jadeando. Agarró a Elena por el brazo con fuerza, pero sin lastimarla.

—¿Estás loca? ¡Te dije que no salieras sola!

—¡Recibí un mensaje! —gritó ella—. ¡Decía que si no venía sola, te matarían!

Alessandro se quedó quieto. Su rostro cambió.

—Muéstrame el mensaje.

Elena le enseñó el teléfono. Él leyó en silencio. Luego lo guardó en su bolsillo.

—Esto cambia todo —murmuró.

La llevó de vuelta al auto sin decir una palabra más. Durante el trayecto de regreso, el silencio era asfixiante.

Cuando llegaron a la mansión, Alessandro la llevó directamente a su despacho. Cerró la puerta con llave.

—Desde ahora, duermes en mi habitación —anunció.

—¿Qué? ¡No!

—No es una petición, Elena. Alguien quiere matarnos. Y hasta que descubra quién es, no voy a perderte de vista.

La tomó de la mano y la llevó al ala principal. Su habitación era enorme, masculina, con una cama king size y tonos negros y grises. Alessandro le señaló el baño.

—Cámbiate. Hay ropa limpia en el armario.

Elena obedeció, demasiado exhausta para discutir. Cuando salió con un camisón de seda, Alessandro ya estaba en la cama, sin camisa, revisando su laptop.

—Duerme —le dijo sin mirarla—. Mañana hablaremos.

Elena se metió en la cama, manteniendo la mayor distancia posible. Pero en medio de la noche, sintió que Alessandro se movía. Su brazo la rodeó por la cintura y la atrajo hacia su pecho.

—No luches contra esto —murmuró él en la oscuridad—. Por ahora… solo déjame protegerte.

Elena se tensó, pero poco a poco se relajó contra su cuerpo cálido. Por primera vez en días, se sintió segura.

Sin embargo, mientras cerraba los ojos, no podía dejar de pensar en las palabras del hombre encapuchado:

«Alguien muy cercano a Alessandro…»

¿En quién podía confiar?

A la mañana siguiente, Elena despertó sola en la cama. Alessandro ya no estaba. Sobre la almohada había una nota:

«Tengo una reunión urgente. No salgas de la mansión.

Regresaré pronto.

P.D.: Anoche dormiste tranquila entre mis brazos.»

Elena se sonrojó violentamente. Tomó el teléfono (el que Alessandro le había dado) y vio que tenía un nuevo mensaje.

Esta vez era de Alessandro:

«Confía en mí, Elena. Vamos a descubrir la verdad juntos.»

Pero debajo de ese mensaje, había otro de número desconocido:

«Demasiado tarde.

La próxima vez no escaparás tan fácilmente.»

Elena dejó caer el teléfono sobre la cama.

El juego se estaba volviendo mortal.

Y ella ya no sabía si Alessandro era su protector… o parte del peligro.

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