Annie Williams, una joven de 23 años, disfruta de la vida sencilla que ha construido en su pequeño apartamento. Aunque sus padres poseen una enorme fortuna y le han pedido incontables veces que regrese a vivir con ellos, Annie se niega. No quiere una existencia rodeada de lujos; prefiere ganarse las cosas por sí misma y vivir bajo sus propias reglas.
Al otro lado del océano, Omar Moretti, un atractivo empresario italiano de 28 años, viaja a Estados Unidos para cerrar uno de los negocios más importantes de su carrera. Antes de partir, le encargó a su secretaria reservar una habitación de hotel, pero un imperdonable descuido dejó a Omar sin alojamiento al llegar al país.
NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 23
El cielo se había oscurecido de golpe cuando salieron a comprar unas cosas que faltaban, y de repente la lluvia cayó con fuerza, empapándolos en segundos. Corrieron a refugiarse bajo el alero de un edificio cercano, riendo entre dientes mientras se sacudían el agua del pelo, pero la risa se fue apagando poco a poco cuando se quedaron solos, el uno frente al otro, con el sonido de la lluvia como único fondo.
El agua le resbalaba por la frente a él, bajando por sus mejillas, y Annie tuvo el impulso de limpiárselo con la mano. Lo hizo muy despacio, y él se quedó inmóvil, con los ojos fijos en los suyos, respirando suavemente.
—Tienes frío —dijo él, tomando sus manos entre las suyas para calentarlas—. Estás temblando.
—No es por la lluvia —susurró ella, sin apartar la vista—. Es por ti. Por cómo me miras ahora. Porque siento que estás a punto de decirme algo que cambiaría todo.
Omar tragó saliva, apretando sus manos con más fuerza. El corazón le latía tan fuerte que temió que ella lo oyera.
—Es que… hay cosas que llevo tiempo guardando. Cosas que si las digo en voz alta, ya no habrá vuelta atrás. No podremos fingir más. No podremos escondernos detrás de nada.
—¿Y si no queremos volver atrás? —preguntó ella, acercándose un poco más, hasta que sus hombros se rozaron—. ¿Y si ya no queremos escondernos? Yo… yo creo que sé lo que vas a decir. Y yo siento lo mismo.
Él abrió la boca para hablar. Las palabras estaban ahí, en la punta de la lengua, claras y verdaderas: Te amo. Te amo más que a nada en este mundo. Pero de golpe el miedo lo atenazó: miedo a que ella no lo dijera igual, miedo a romper lo que habían construido, miedo a ser tan vulnerable. Se le quebró la voz, y terminó diciendo algo muy distinto, casi sin sentido:
—Creo… creo que va a llover mucho más. Deberíamos buscar un taxi.
Annie se quedó helada. La luz en sus ojos se apagó un instante, y bajó la mirada, sintiendo cómo el frío le calaba los huesos de golpe.
—Sí —respondió muy bajito—. Un taxi. Claro.
Pero no se movieron. Siguieron bajo el alero, escuchando la lluvia, con las manos todavía unidas pero sin apretar ya con la misma fuerza. Ambos sabían que habían estado a un paso de cruzar la línea. Ambos sabían que el otro había querido decir lo mismo. Pero el miedo había sido más rápido.
—Lo siento —murmuró él al fin, con la voz cargada de culpa—. No quise… no quise cerrar la puerta. Solo… me asusté.
—Yo también —admitió ella, levantando la vista de nuevo, con los ojos brillantes por las lágrimas y el agua—. Yo también tuve miedo de que al decirlo, se desvaneciera como la lluvia. Estaba tan segura… y en el último segundo, dudé.
Omar le acarició la mejilla con el pulgar, muy suave.
—No te preocupes. No tenemos prisa. Las palabras estarán ahí mañana. Y pasado. Y siempre. Hasta que seamos lo bastante valientes para decirlas.
Ella asintió, apoyando la cabeza en su hombro, y él la rodeó con el brazo para protegerla del viento. La lluvia seguía cayendo, pero ya no importaba. Sabían que lo que casi se dijeron era verdad, y que tarde o temprano encontrarían el valor para pronunciarlo sin miedo.
Se quedaron así un buen rato, escuchando cómo la lluvia golpeaba contra el suelo, sin soltarse, como si el contacto fuera lo único que les diera valor. Omar jugaba despacio con sus dedos, entrelazándolos y desentrelazándolos, como si quisiera encontrar la forma correcta de decir lo que le quemaba por dentro.
—Sabes —empezó él muy bajito—, antes de llegar aquí, creía que el amor era algo que se veía en las películas: grandes declaraciones, regalos costosos, momentos perfectos sin errores. Pero contigo todo es distinto. Todo es torpe, complicado, lleno de miedos… y sin embargo, es lo único real que tengo.
—Yo también lo imaginaba diferente —respondió ella, mirando cómo una gota de agua resbalaba por su manga—. Pensaba que cuando quisiera a alguien, lo sabría decir sin dudar. Que no me costaría nada abrir el corazón. Pero contigo… cada palabra me pesa una tonelada. Porque es demasiado importante. Porque si te digo lo que siento, te entrego todo. Y tengo miedo de que no sepas qué hacer con todo esto.
Él levantó su rostro con suavidad, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Sé exactamente qué hacer —le dijo con una sinceridad que hizo temblar su voz—. Lo cuidaría como si fuera lo más frágil del mundo. Lo protegería de todo mal. Lo haría crecer cada día más. Solo que… tengo miedo de no estar a la altura. De que yo no sea suficiente para ti.
—¿Cómo no vas a ser suficiente? —exclamó ella, con los ojos llenos de asombro—. Eres todo lo que quiero. Eres el único que me ha visto tal como soy, con mis manías y mis silencios, y no ha intentado cambiarme. Eres más de lo que jamás soñé.
Casi se besan entonces. Casi se dicen todo lo que callaban. Pero un coche pasó rápido, salpicando agua cerca de ellos, y el ruido los devolvió a la realidad. Se separaron un poco, con la respiración agitada, sabiendo que estaban tan cerca… y que todavía faltaba un poquito de valor.
—Mañana —prometió él, besando su frente suavemente—. Mañana lo diremos. Sin lluvia, sin ruido, sin miedo.
—Mañana —repitió ella, apoyándose de nuevo en su pecho—. Estaré esperando.