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¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Maestro-estudiante / Amor platónico / Completas
Popularitas:15k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

...Valentina...

Tres días. Llevaba tres días viviendo con Martín Herrera y todavía no me acostumbraba.

No me acostumbraba a encontrar el desayuno listo a las siete y media —café recién hecho, tostadas con aguacate y un pedazo de fruta cortada con la precisión de un cirujano—, con una nota adhesiva en el refrigerador que decía cosas como: «Hay jugo en la jarra. No es de sobre.»

No me acostumbraba a escuchar sus pasos en el pasillo a las once de la noche, el sonido de una taza posándose en la mesa, las páginas de un libro pasando despacio.

Y definitivamente no me acostumbraba a verlo salir de su habitación en ropa de estar en casa —pantalón de algodón gris, camiseta oscura que le marcaba los hombros—, sin los lentes, con el pelo todavía húmedo, pareciendo una persona completamente distinta al profesor severo del Aula 203.

Parecía un novio.

Un novio perfecto que cocinaba, limpiaba y olía increíble.

«Basta, Valentina. Concéntrate.»

Esa tarde, cuando volvió del supermercado, me llamó desde la cocina.

—Valentina, ven un momento.

Salí de mi cuarto como un resorte —demasiado rápido, lo sé, pero es que cuando él dice mi nombre con esa voz baja y tranquila, mis piernas se mueven solas.

Lo encontré en la cocina, sacando cosas de las bolsas. Y entre los vegetales y el arroz, sacó un recipiente de plástico transparente. Lo abrió.

Mangos. Cortados en cubos perfectos, brillantes, despidiendo ese aroma dulce y tropical que me hizo salivar al instante.

—¿Mangos? —parpadeé.

Él acomodó un tomate en la barra sin mirarme.

—Al final del semestre pasado, antes de los exámenes, te escuché hablar con una amiga en el pasillo. Dijiste que se te antojaba un mousse de mango pero que nunca encontrabas uno bueno.

Se giró a lavar los vegetales. Su perfil era calmado, como si lo que acabara de decir fuera absolutamente normal.

—Eran de buena pinta en el mercado. Los compré.

Mi cerebro dejó de funcionar.

Eso fue hace tres meses. Tres meses. Yo le dije eso a Mariana en un pasillo lleno de gente, entre un mar de estudiantes que iban y venían con sus exámenes bajo el brazo. Fue un comentario al vuelo, algo que ni yo misma recordaba.

¿Él lo escuchó? ¿Lo guardó en su memoria durante tres meses?

El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.

—Gracias, profesor. Tiene… muy buena memoria —logré decir, con la voz más fina que un hilo.

Él respondió con un «mm» grave y siguió cocinando.

Me apoyé en el marco de la puerta y lo miré cocinar. El delantal azul oscuro le daba un aire ridículamente doméstico. Sus manos se movían con eficiencia: cortaba, mezclaba, ajustaba el fuego. La luz amarilla de la cocina le suavizaba los rasgos, y el vapor le difuminaba el perfil como en una pintura.

Veinte minutos después, tres platos en la mesa. Ensalada fresca, pasta con salsa de tomate casera y una sopa que olía a hierbas finas.

Probé la pasta y casi se me salieron las lágrimas.

—¡Está delicioso! —no pude evitar exclamar, y él, sentado frente a mí, me sirvió sopa sin decir nada. Solo una sombra de sonrisa.

—Come más. Estás muy delgada.

Me puso más pasta en el plato antes de que pudiera protestar.

Comimos en silencio. Solo el tintineo de los cubiertos y el ruido de los autos afuera. Yo masticaba despacio, tratando de no mirarlo, pero fallando cada treinta segundos. Él comía con esa elegancia suya —espalda recta, movimientos lentos—, y cuando tomaba agua, su garganta se movía ligeramente, y yo sentía como si alguien me lanzara piedritas al estómago.

—¿Qué te pasó en la mano? —dijo de pronto.

Bajé la vista. En la base del pulgar izquierdo tenía un corte superficial, ya con costra, que me hice al desempacar.

—¡Nada! ¡Un rasguño! —escondí la mano bajo la mesa.

Él extendió la suya. Palma abierta, dedos largos, esperando.

—Déjame ver.

No fue una pregunta.

Le di la mano con el corazón en la garganta. Él la tomó con cuidado, giró mi muñeca hacia la luz y examinó el corte. Sus dedos estaban tibios y secos, y sostenían los míos con una firmeza tan delicada que sentí que me iba a desmayar.

Sin decir nada, se levantó, fue al baño y volvió con un botiquín. Se sentó frente a mí —no, se arrodilló frente a mí, una rodilla en el suelo—, me apoyó la mano en su muslo y comenzó a limpiar el corte con yodo.

—Quédate quieta. Arde un poco.

¿Un poco? Podría haberme rociado alcohol industrial y no habría sentido nada. Todo mi sistema nervioso estaba concentrado en el punto donde su piel tocaba la mía.

—No era necesario, profesor, de verdad…

—Tienes las manos de alguien que sabe trabajar con hierbas —murmuró, sin levantar la vista—. He notado que aplicas presión con los dedos de una forma muy específica. ¿Tu familia tiene tradición herbolaria?

Me quedé helada. ¿Cómo sabía eso?

—Mi abuelo —dije, casi sin pensar—. Tiene una botica. Me enseñó desde chiquita.

Él colocó la curita sobre el corte, alisó los bordes con el pulgar y me soltó la mano.

—Listo. —Se puso de pie—. Ten más cuidado.

Me quedé mirando la curita. Él la había puesto perfectamente alineada, sin una sola arruga. Como todo lo que hacía.

Al día siguiente, decidí que no podía seguir siendo una inútil. Si él cocinaba el desayuno, yo iba a hacer la cena.

Error.

No sé en qué momento el arroz se pegó al fondo de la olla formando una costra negra, ni cómo los frijoles se convirtieron en una sustancia con la textura del cemento. El humo activó el detector y el departamento entero olía a desastre.

Cuando Martín llegó de la universidad, me encontró parada frente a la estufa, con el pelo recogido en un moño chueco, la cara llena de hollín y una espátula en la mano como si fuera un arma.

—No preguntes —le dije.

Él miró la olla. Miró la sartén. Miró el desastre generalizado.

Y entonces hizo algo que jamás esperé: se rio.

No fue una carcajada. Fue una risa breve, baja, casi contenida, como si se le hubiera escapado sin permiso. Le brillaron los ojos y las comisuras se le alzaron de verdad, y por un segundo dejó de ser el Profesor Herrera y fue solo… Martín.

—Déjame ver qué se puede rescatar —dijo, arremangándose.

En quince minutos transformó mi arroz carbonizado en un arroz frito con huevo que sabía increíble. Usó mis frijoles cemento como base para una salsa que no tenía derecho a estar tan rica. Sirvió los platos y me miró con esa media sonrisa suya.

—La próxima vez avísame antes de incendiar la cocina.

Le lancé un trapo de cocina a la cara. Lo atrapó en el aire sin pestañear.

Esa noche, mientras lavaba los platos —insistí, era lo mínimo—, me quemé la punta del dedo con agua caliente. Más por torpeza que por otra cosa.

Él me la revisó otra vez. Esa vez no se arrodilló, solo tomó mi mano, examinó la quemadura y aplicó una crema.

—Mencionaste que tu abuelo tiene una botica —dijo, mientras cerraba el botiquín—. ¿Alguna vez le ayudaste a preparar remedios?

—Desde los ocho años —respondí, sin entender a dónde iba—. ¿Por qué?

—Noté que tienes un cuaderno con ilustraciones de plantas. Estaba entre tus libros cuando los ordenaste.

Me paralicé. ¿Cuándo vio eso? ¿Se fijó en mis cosas con tanta atención?

—Es… un cuaderno viejo, del abuelo. Tiene dibujos de hierbas y recetas caseras. Lo cargo a todos lados.

Él asintió, sin agregar nada. Pero sus ojos se quedaron un segundo sobre los míos, como si estuviera archivando esa información en algún lugar importante de su mente.

Esa noche, antes de dormir, revisé mi celular. Tenía un mensaje de él.

«¿Qué quieres cenar mañana? Puedo pasar por el mercado.»

Debajo, otro:

«Vi que tu cuaderno de hierbas tiene las cubiertas sueltas. ¿Quieres que te consiga una encuadernación?»

Me tapé la cara con la almohada y grité en silencio.

¿Quién hace eso? ¿Quién se fija en las cubiertas sueltas de un cuaderno ajeno?

Un hombre que cocina, que cura heridas arrodillándose, que recuerda un antojo de hace tres meses, que nota un cuaderno de plantas entre una pila de libros.

¿Qué clase de compañero de departamento era Martín Herrera?

...Martín...

Cerré la puerta de mi cuarto. Me senté frente a la computadora.

Abrí la carpeta encriptada. La misma de siempre: contraseña de dieciocho caracteres, la fecha de aquel día de septiembre combinada con sus iniciales.

Dentro, un archivo de texto. Mi diario. Lo escribo desde hace cuatro años, y ella no tiene idea de que existe.

Hoy escribí:

«Día 3.

Le preparé mangos. Recordé lo que dijo en mayo, en el pasillo, después de los exámenes. Ella lo olvidó. Yo no.

La herida en la mano está cerrando bien. Cuando le puse la curita, apretó los dientes para no quejarse y aun así me dio las gracias. Su abuelo le enseñó bien a no perder la amabilidad cuando algo duele.

Decoré su cuarto con cojines amarillo pastel porque en tercer semestre la vi comprarse una funda de ese color para el celular. Nunca preguntó por qué los cojines combinan con sus gustos. Mejor así.

Intentó cocinar. Quemó el arroz. Cuando llegué, tenía hollín en la mejilla izquierda y los ojos brillantes de frustración. Me reí. No debí. Pero no pude evitarlo.

Mañana iré al mercado temprano. Quiere probar un postre nuevo, pero no me lo ha dicho. La escuché mencionarlo mientras hablaba con Mariana en la sala.

Su cuaderno de hierbas necesita encuadernación. Lo arreglaré sin que parezca que estoy pendiente.

Todo esto apenas empieza.»

Cerré el archivo. Guardé. Encripté.

Apagué la pantalla y me recosté en la silla.

Afuera, en la sala, escuché sus pasos descalzos yendo al baño. El sonido del agua. Después, silencio.

Miré el techo.

Cuatro años de distancia calculada. De saludarla con la misma cortesía que a cualquier alumna, de no mirarla un segundo más de lo debido, de guardar cada recuerdo en una caja de madera como un enfermo.

Ahora estaba al otro lado del pasillo, durmiendo a diez pasos de mí.

Y ella no tenía la menor idea.

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Cristina Gomez
Gracias porque muy pocas veces me sorprende darme cuenta que sonrío mientras leo y está vez me pasó.
Vanessa Soto Garcia
que hermosa novela ☺️
Cristina Gomez
que hermosa novela,este el tipo de amor que todas buscamos y muy pocas logramos encontrar.
Vanessa Soto Garcia
😂😂😂😂😂😂
Helizahira Cohen
Es bonita, diferente pero se me hizo muy larga, la voy a terminar porque esta muy bien narrada
Helizahira Cohen
Es bonita pero muy lenta y veo que es larga
Helizahira Cohen
pero ya que avance
Helizahira Cohen
ya pueden hablar, no son profesor y alumna, ambos lo quieren
Alesi Mendiola
Que tierno un hombre que recuerde asta el mas mínimo detalle
Flor Perez: en donde encuentro un profesor así 🤭🤭🤭
total 1 replies
Sofy Solis
🥰🥰🥰 Qué lindo que es él!!!
Tere Jimenez
gracias por compartir tu novela hermosa un poquito larga pero muy hermosa espero sigas escribiendo tan hermoso muchas bendiciones y muchos éxitos más
Tere Jimenez
hermoso final felicidades
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