Aún siento el frío del metal desgarrando mi piel y el dolor punzante en mi corazón; un dolor que no era por el acero, sino por algo más que aún no logro descifrar. En este limbo, donde no sé si estoy viva o muerta, mi único objetivo es salvar a mi hija y lograr que llegue a este mundo. Soy Amanda Leal, y esta es mi historia... una que apenas comienza con mi final.
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Capítulo XXIII: La amenaza de un cobarde
Punto de vista de Felipe
Golpeé el capó de la camioneta blindada con el puño cerrado, ignorando el dolor sordo que me recorrió el brazo.
La frustración me estaba carcomiendo las entrañas. El jefe estaba en una habitación de hospital con un disparo en el hombro porque yo, el encargado de su seguridad, no fui capaz de prever el ataque. Si el señor Andrés hubiera muerto en ese estacionamiento, la culpa me habría perseguido hasta el último de mis días.
Llevaba más de doce horas sin pegar el ojo, metido en el centro de monitoreo del Hospital Central y coordinando a mis hombres en las calles, pero estábamos rebotando contra una pared de humo. El tirador era un profesional. No había dejado huellas dactilares, los casquillos recuperados eran de un calibre común y corriente sin marcas de registro, y el vehículo de escape había aparecido calcinado en un terreno baldío a las afueras de la ciudad hacía apenas dos horas.
—¡Maldita sea! —exclamé entre dientes, pasándome las manos por el rostro cansado.
La pantalla del computador frente a mí repetía una y otra vez la grabación de las cámaras de seguridad del estacionamiento. El ángulo no ayudaba; el maldito asesino sabía exactamente dónde estaban los puntos ciegos. Solo se veía una silueta oscura, un destello y luego la rápida huida.
La doctora Amanda tenía razón: esto apestaba a los Maldonado. Don Francisco tenía los bolsillos lo suficientemente profundos como para contratar a la peor escoria del bajo mundo, de esa que no deja rastros ni habla aunque los arrastren al contenedor de basura. Pero saberlo no me bastaba; necesitaba pruebas, un nombre, una maldita dirección para ir y cobrársela en persona.
El sonido de mi teléfono celular me sacó de mis pensamientos. Era el jefe de seguridad de la entrada principal del hospital.
—Jefe Felipe, tenemos un problema en recepción —comunicó la voz al otro lado de la línea—. El señor Miguel Maldonado está aquí. Exige subir a la habitación del señor Ferrer para constatar que el jefe está vivo. Dice que como directivo del hospital tiene derecho a saber qué pasó en sus instalaciones.
Una sonrisa amarga y peligrosa se dibujó en mi rostro. El maldito infeliz tenía el descaro de presentarse en el lugar de los hechos, probablemente enviado por su padre para confirmar si el trabajo se había completado.
—No lo dejen subir. Voy para allá abajo ahora mismo —ordené, guardando el teléfono en mi saco y acomodando la pistola en mi fonda.
Si no podía encontrar al tirador en las calles, entonces obligaría a los Maldonado a cometer un error en su propio terreno. Miguel Maldonado iba a aprender por las malas que la seguridad de las empresas Ferrer no se dobla con un apellido, y que la paciencia se me había terminado por completo.
Punto de vista de Amanda
Una de las enfermeras de confianza de Andrés entró apresurada a la habitación de recuperación, interrumpiendo el silencio sepulcral en el que nos encontrábamos.
—Doctora Arismendi, disculpe —susurró con visible nerviosismo—. El jefe de seguridad, Felipe, está en el vestíbulo principal. El señor Miguel Maldonado armó un escándalo para subir y la situación se está saliendo de control.
Miré a Andrés, quien apenas lograba mantener los ojos abiertos por el analgésico, pero su mandíbula se tensó de inmediato al escuchar ese nombre. Le di un suave apretón en la mano sana, transmitiéndole toda la seguridad que ahora me sobraba.
—Quédate aquí y descansa. Yo me encargo —le dije, depositando un tierno beso en su frente antes de ponerme de pie.
Me acomodé la bata médica, recordando lo sucedido en el estacionamiento. Bajé por el ascensor privado directa al vestíbulo principal. En cuanto las puertas se abrieron, la voz arrogante de Miguel inundó el lugar, discutiendo acaloradamente con Felipe, quien se mantenía como una roca bloqueando el acceso a los pasillos internos.
—¡Soy miembro del maldito consejo directivo de este hospital! —gritaba Miguel, apuntando a Felipe con el dedo—. ¡Tengo todo el derecho de saber qué clase de atentado ocurrió en mis instalaciones y el estado del señor Ferrer! Quítate de mi camino si no quieres que te corra hoy mismo.
—En este hospital usted ya no corre a nadie, señor Maldonado —sentencié, dando pasos firmes y elegantes hacia el centro del vestíbulo.
Todos los presentes se giraron a mirarme. Miguel guardó silencio de golpe, recorriendo mi silueta con esos ojos desorbitados que mezclaban rabia y una enfermiza fascinación. Felipe dio un paso atrás, cediéndome el control, pero manteniéndose alerta a mi lado.
—Victoria... —pronunció Miguel, dando un paso al frente—. Qué bueno que apareces. Dile a este gorila que...
—Para usted soy la doctora Arismendi, Directora General y socia mayoritaria —lo interrumpí con una voz tan gélida que hizo eco en las paredes del vestíbulo—. Su presencia aquí es una falta de respeto y una provocación. El señor Ferrer se encuentra bajo mi estricto cuidado médico y legal, y he ordenado el veto absoluto de su familia en este piso.
Miguel soltó una risa amarga, tratando de mantener su postura frente a los empleados que observaban la escena desde la distancia.
—¿Un veto? No puedes hacerme esto. Esto es un asunto corporativo, estamos investigando el incidente...
—El incidente está siendo investigado por las autoridades federales como un intento de homicidio calificado —lo corté de nuevo, dando un paso hacia él, acortando la distancia hasta que solo nos separaron un par de metros—. Y créame, Maldonado, la cuerda se va a romper por el lado más delgado. No sé qué vino a buscar realmente aquí, si a limpiar sus culpas o a confirmar el trabajo de su padre, pero se me está agotando la paciencia. Retírese ahora mismo de mi hospital antes de que ordene a la policía que lo arreste por obstrucción a la justicia.
Los murmullos entre las secretarias y enfermeras no se hicieron esperar. Ver al gran Miguel Maldonado siendo pisoteado y humillado públicamente por la nueva directora, en su propio centro médico, lo hizo perder los papeles por completo. El color de su rostro pasó de la soberbia a una palidez inyectada de pura furia.
Se dio cuenta de que en el tablero legal y corporativo yo lo tenía completamente acorralado. Entonces, decidió jugar la carta más baja, la más oscura y desesperada.
Miguel dio un paso rápido hacia mí, ignorando el amago de Felipe por sacar su arma. Se inclinó hacia mi rostro, con los ojos encendidos en una malicia maquiavélica, y con una voz tan baja y venenosa que solo yo pude escucharla, me dio su estocada final:
—Está bien, doctora... usted gana este asalto público —susurró, dibujando una sonrisa retorcida que me heló la sangre—. Quédate con el hospital y con tus acciones de mierda. Pero recuerda algo, Amanda... las leyes de este país son muy estrictas con los fraudes de identidad. ¿De verdad crees que Andrés Ferrer podrá proteger a esa niña cuando el Estado se entere de que la hiciste pasar por suya con papeles falsos? Disfruta tu victoria corporativa mientras puedas, porque me voy a encargar legalmente de quitarte a Mía. Voy a arrancarte a esa niña de los brazos y esta vez no habrá ningún Ferrer que pueda salvarte de volver a perder a tu hija.
Dio un paso atrás, acomodándose el saco del esmoquin con una tranquilidad aterradora, y me dedicó una última mirada cargada de triunfo antes de dar la vuelta y caminar hacia la salida principal, dejándome estática en mitad del pasillo, con el corazón congelado y el fantasma del peor de mis temores golpeándome el pecho con fuerza.
Andrés debes hablarle más directo
te quiero te amo seamos una familia y un matrimonio real, necesita palabras más directas porque ella solo ve tu venganza y ella siendo una pieza 🤦🤦
ya va siendo hora 🫣🫣🫣
dos meses
que perro traidor 😡😡😡
espero que cuando te quites la venda de los ojos solo sea para ver la felicidad de Amanda