Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Fiebre
La primera noche en Monterrey, Valentina armó el arpa plegable en el salón de la suite y tocó a las once.
Alejandro salió de su habitación con pantalón de dormir y una camiseta negra que le marcaba los hombros. Se sentó en el sillón, cerró los ojos, y no dijo nada. Valentina tocó la pieza de Aurora durante veinte minutos. Cuando terminó, él ya tenía la respiración lenta y los labios entreabiertos.
Le puso una manta encima. Fue la primera vez que lo cubría fuera de la residencia, en una ciudad que no era la suya, con las montañas de la Sierra Madre al otro lado de la ventana y el zumbido del aire acondicionado reemplazando al tic-tac del reloj del estudio.
Se fue a su habitación. Cerró la puerta con cerrojo. Se acostó y se durmió pensando que ocho metros de salón eran demasiados y demasiado pocos al mismo tiempo.
…
El jueves amaneció nublado. La segunda reunión fue más técnica que la primera: contratos, cláusulas de penalización, porcentajes de participación. Valentina tradujo durante cuatro horas. A la una, Alejandro la mandó a almorzar con Bruno mientras él terminaba una llamada privada.
Comieron en un restaurante de cabrito cerca del hotel. El aire de Monterrey era distinto al de la Ciudad de México: más seco, más denso, con un olor a carbón y a carne asada que se le pegaba a la ropa. Valentina se comió medio cabrito con tortillas de harina y una limonada mineral que le supo a verano.
—¿Está bien, señora? —preguntó Bruno, que llevaba dos días sin decir más de diez palabras.
—Estoy bien. Solo cansada.
No era solo cansancio. Desde la mañana le dolía la garganta y sentía una presión detrás de los ojos que no se iba con el café ni con el ibuprofeno que había tomado antes de la reunión. El aire acondicionado del hotel estaba demasiado fuerte y ella había dormido destapada.
A las cinco de la tarde, la tercera reunión terminó. Valentina recogió los folders, cerró la laptop, y se levantó de la silla. El suelo se le movió bajo los pies.
—¿Mariana? —Alejandro la miró desde el otro lado de la mesa.
—Estoy bien. Me levanté muy rápido.
En el elevador, se apoyó contra la pared y cerró los ojos. Le ardía la frente. Las manos le temblaban con un escalofrío fino que le recorría los brazos. Alejandro le puso el dorso de la mano en la frente.
—Tienes fiebre.
—Es el aire acondicionado. Se me pasa con un té.
—Tienes fiebre —repitió, con el tono de quien no acepta réplicas.
La suite estaba fría. Valentina fue directo a su habitación, se quitó los tacones —el tobillo ya casi no le molestaba, pero la fiebre le había devuelto la sensibilidad— y el vestido, se puso la pijama, y se metió a la cama. Las sábanas le parecieron de hielo. Se tapó con la colcha y empezó a temblar.
Diez minutos después, la puerta se abrió sin que nadie tocara.
Alejandro entró con una bolsa de farmacia en una mano y un vaso de agua en la otra. Detrás de él, Bruno cargaba una charola con una taza humeante.
—Siéntate.
Valentina se incorporó. Alejandro le puso un termómetro digital en la boca. Esperó quince segundos.
—Treinta y ocho punto siete. —Sacó una caja de la bolsa—. Paracetamol. Dos pastillas cada ocho horas. Y esto. —Le pasó un sobre de suero oral—. Disuélvelo en el agua.
Valentina tomó las pastillas con un trago de agua. Las manos le temblaban tanto que el vaso le repiqueteó contra los dientes. Alejandro se lo quitó de las manos y se lo sostuvo mientras ella bebía.
—El té es de manzanilla con miel —dijo Bruno, dejando la charola en el buró—. El restaurante del hotel lo preparó.
—Gracias, Bruno.
Bruno salió. Alejandro se sentó en la orilla de la cama. Valentina se recostó contra las almohadas y cerró los ojos. El escalofrío era constante ahora, una vibración que le recorría el cuerpo desde los hombros hasta los tobillos.
—Necesitas sudar la fiebre —dijo Alejandro.
Se levantó, fue a su habitación, y volvió con la cobija de cachemira que él traía en su propia maleta, gris oscura, con su olor impregnado en las fibras. Se la puso encima a Valentina, ajustándola alrededor de los hombros.
El peso de la cobija la aplastó contra el colchón con una presión que se parecía al abrazo de alguien que no sabe abrazar. El olor a su colonia le llenó la nariz: madera, vetiver, y algo cítrico que ya no sabía si era perfume o si era él.
—Duerme —dijo.
—¿Y la reunión de mañana?
—Se cancela.
—No puedes cancelar una reunión con inversionist—
—Ya la cancelé. Duerme.
Valentina abrió los ojos. Alejandro estaba sentado en la silla del escritorio, con la laptop abierta, como si planeara quedarse ahí toda la noche. La luz de la pantalla le iluminaba la cara desde abajo, acentuándole la mandíbula y los pómulos.
—No tienes que quedarte.
—No me estoy quedando. Estoy trabajando. Tu habitación tiene mejor internet.
La mentira era tan transparente que Valentina no tuvo fuerza para señalarla. Cerró los ojos. El calor de la cobija empezó a ganarle al frío de la fiebre. La manzanilla con miel le había dejado un sabor dulce en la lengua que se mezclaba con la amargura del paracetamol.
Se durmió.
…
Se despertó a las tres de la mañana empapada en sudor. La fiebre había cedido, pero la había dejado húmeda, temblorosa y con la garganta áspera, como si hubiera tragado el polvo del camino. Tanteó el buró buscando el vaso de agua. No lo encontró.
Una mano le acercó el vaso a los labios.
Alejandro estaba sentado en el mismo lugar, con la laptop cerrada y un libro en las manos. No se había ido.
Valentina bebió. El agua estaba tibia, como si alguien la hubiera cambiado recientemente para que no estuviera fría.
—¿Qué hora es? —murmuró.
—Las tres.
—¿No dormiste?
—No tengo sueño.
Otra mentira. Tenía ojeras nuevas que no estaban ahí ayer. Valentina le devolvió el vaso y se recostó.
—Alejandro.
—Mmm.
—¿Por qué haces esto?
El silencio duró cinco segundos. Valentina contó cada uno.
—Porque mañana necesito a mi traductora en condiciones.
La respuesta era razonable y fría, y también era mentira. Nadie se queda despierto hasta las tres de la mañana en la silla del escritorio de un hotel por una traductora.
Valentina cerró los ojos. La cobija de cachemira le pesaba sobre el cuerpo con el calor de él todavía atrapado en las fibras. Las últimas palabras que escuchó antes de dormirse fueron un murmullo que podía haber sido real o podía haber sido la fiebre:
—Porque no me gusta verte temblar.
Cuando despertó por la mañana, Alejandro ya no estaba en la silla. La cobija seguía sobre ella. En el buró había un vaso de agua fresca, dos pastillas de paracetamol y una nota escrita en la letra angular que ya conocía:
"Tómate las pastillas. La reunión se reprogramó para el lunes. Nos vamos a las 12. A.Q."
Valentina se tomó las pastillas, se terminó el agua y se quedó mirando las iniciales al final de la nota. A.Q. Alejandro Quirós. Dos letras que no significaban nada y que le hicieron arder los ojos más que la fiebre de anoche.